Tras más de cinco meses ocupando las calles de forma heroica, el levantamiento popular hongkonés ha forzado al gobierno de Carrie Lam a dar marcha atrás con la retirada definitiva de la ley que desencadenó las protestas el pasado 9 de junio. Desde entonces este gran movimiento que ha movilizado hasta 2 millones de personas de una población total de 7,6 millones, se ha convertido en la mayor crisis política que ha sacudido Hong Kong desde la insurrección anticolonial de 1967 y el desafío más serio para el régimen de Beijing desde la revuelta de Tiananmen. 

En los últimos días las protestas se han intensificado después de que un joven manifestante, que se encuentra en estado crítico, resultara herido de bala por los disparos de un policía. Decenas de miles de personas han participado en vigilias y distintos actos de protesta contra la brutal represión desplegada por el régimen hongkonés.

 La combatividad y dimensión de este movimiento ha cogido por sorpresa a las élites y autoridades hongkonesas y chinas. En sus cálculos confiaban con aplastar rápidamente las movilizaciones callejeras por la vía de la represión salvaje como han hecho en el pasado reciente. Pero se han topado con un estado de ánimo entre las masas, que por su experiencia de lucha estos meses, ha ido radicalizándose, ganando confianza y audacia. El gobierno no ha dudado en rearmar la represión declarando en la práctica el estado de emergencia y recurriendo a la legislación draconiana de la era colonial británica. Las imágenes son sobrecogedoras, más de 2.000 detenidos bajo amenaza de más de 10 años de cárcel, y centenares de heridos, algunos de ellos por armas de fuego a manos de la policía. Pero la prohibición del derecho a reunión y manifestación ha sido contestada con la resistencia a abandonar las calles y una escalada de movilizaciones, ocupaciones y huelgas sin precedentes. Un día crítico fue el boicot a la festividad nacional de la República Popular China del 1 de octubre, con una manifestación no autorizada que colapsó el centro de la ciudad con 1,7 millones de personas durante toda la jornada.

Ante el fracaso de la represión, el gobierno ha tratado de usar la carta de la negociación. Pero las pretensiones del ejecutivo títere de Beijing de alentar a la desmovilización con alguna concesión, como el anuncio de la retirada temporal de la ley de extradición a inicios de septiembre para llamar a una mesa de diálogo, se han visto frustradas por la determinación de las masas. Ya no es una reivindicación suficiente para el movimiento que después de comprobar su fortaleza ganando el pulso a la brutal represión del estado, se siente con capacidad de ir más allá apuntando la naturaleza antidemocrática y autoritaria del régimen hongkonés y chino. Cómo muestra de ello ha sido el lema más coreado en las manifestaciones desde septiembre: “cinco demandas, ni una menos”, haciendo alusión a las reivindicaciones que se han ampliado durante estos meses. Un reflejo del hartazgo generalizado.

La entrada en acción de la clase obrera un cambio cualitativo en la situación

Un acontecimiento determinante que transformó la envergadura y combatividad del movimiento fue la huelga general del 5 de agosto. Como la propia Carrie Lam tuvo que admitir en unas declaraciones posteriores a la jornada de paro “la situación está llegando a un punto de no retorno”. Y es que esta huelga histórica, la primera en convocarse desde 1925, no sólo impulsó el potencial de este movimiento con nuevas y mayores fuerzas en el momento en que la represión se intensificó.

Sectores claves de la economía paralizaron la actividad en los transportes, construcción, finanzas, medios de comunicación, compañías aéreas e incluso entre trabajadores de la administración pública para los que realizar acciones contra el gobierno está penado con el despido y años de cárcel. Aunque la juventud estudiantil sigue siendo la columna vertebral de las protestas, el efecto de la huelga ha dejado una honda huella en la conciencia empujando a que los métodos de lucha de la clase trabajadora se abran paso entre un sector del movimiento para retar al régimen.

Los estudiantes de instituto y universidad boicotearon el inicio de curso con una huelga de 48 horas con protestas organizadas en más de doscientas escuelas, los trabajadores de hasta 13 hospitales públicos en la ciudad han organizado paros coordinados de una hora con concentraciones diarias durante el mes de agosto y parte de septiembre En el hospital Queen Mary llegaron a convocar una huelga de 24 horas contra la represión y los pasados dos y tres de septiembre una huelga parcial se extendió entre diferentes sectores. Algo posible sólo por la iniciativa desde abajo del movimiento superando el freno burocrático de sus direcciones. La principal central sindical, la HKFTU, fiel al Partido Comunista Chino y al régimen burgués de Beijing, se ha situado del lado de la criminalización de las protestas actuando como estabilizadores del gobierno.

Por otro lado, el segundo principal sindicato –HKCTU- supedito políticamente a la oposición burguesa, ha tratado de impedir una estrategia independiente a la orientación institucional de los pandemócratas y el Partido Laborista - de corte liberal-, que están tratando de centrar la atención en un acuerdo con el gobierno y en las próximas elecciones municipales del 24 de noviembre. A pesar de esta enorme orfandad política en el movimiento obrero y en la izquierda, la batalla por responder organizadamente con la huelga política, haciendo frente a la ofensiva de despidos y tratando de empujar al HKCTU contra su voluntad a tres jornadas de huelga  muestran el potencial de lucha de la juventud y la clase trabajadora hongkonesa que va muy por delante de la hoja de ruta que trata de marcar la oposición burguesa.

A diferencia de las protestas de los paraguas amarillos del 2014, el último movimiento por los derechos democráticos, no sólo los estudiantes de las capas medias y la pequeña burguesía han impulsado la batalla. En ese momento las ilusiones en las reformas democráticas encontraron una base para descarrilar el movimiento por la vía institucional. Una tregua que el gobierno hongkonés usó para descabezar las organizaciones que estuvieron activas en la calle reforzando su aparato estatal represivo. Pero este nuevo estallido es una respuesta también al fracaso que ha supuesto la estrategia parlamentaria de los pandemócratas y el partido laborista para dar salida a las aspiraciones democráticas y parar frenar la deriva cada vez más autoritaria del ejecutivo. Su influencia está mucho más mermada en el actual movimiento reflejando el avance en la conciencia de estos últimos años. Una situación que coincide con un colapso en las condiciones de vida y en el empobrecimiento cada vez más agudo de la juventud y la clase trabajadora hongkonesas.

La rabia y radicalización desatadas en este movimiento, que ha acorralado a la administración de Carrie Lam y también ha empezado a señalar a algunos magnates que sustentan al gobierno y que mantienen sus negocios bajo la protección del aparato del PCCh, no sólo son la demostración de la oposición al carácter antidemocrático del gobierno. Sino también el reflejo de la polarización social que recorre la sociedad y que se ha asentado durante décadas en los cimientos del capitalismo hongkonés. Esto es lo que explica que la lucha contra una ley se haya convertido tan rápidamente en un levantamiento de este calado capaz de poner al gobierno en jaque.

Un paraíso para los ricos y un infierno para los trabajadores

Hong Kong es el tercer centro financiero del mundo, sólo por detrás de Nueva York y Londres, cuenta con la mayor concentración de multimillonarios del globo. Tan sólo la riqueza de los diez individuos más ricos de la ciudad representa la mitad de todo el PIB de la región gracias a su fuerte control oligopólico sobre la vivienda, los servicios públicos, telecomunicaciones, puertos e importaciones. El legado del éxito de esta plutocracia ha sido hundir a la clase trabajadora en la miseria y degradar las condiciones de vida de las capas medias. Las cifras oficiales sobre los indicadores de bienestar desvelan que la desigualdad actual en Hong Kong es la mayor en cincuenta años. Según Healy Consultants Hong Kong tiene el entorno más atractivo del este de Asia para atraer inversión extranjera por su política de bajos impuestos y sobre todo por su excedente de población con bajos salarios y prolongadas jornadas laborales.

Un 20,1% de la población vive bajo el umbral de la pobreza, un 40% de hogares vive con bajos ingresos y 1,4 millones tratan de sobrevivir con 500 dólares al mes en una de las ciudades más caras del mundo. A pesar de los subsidios del gobierno, el alza desorbitada de los precios de la vivienda y la caída de los salarios, son incapaces de acabar con las condiciones subyacentes de pobreza. Este es el combustible social que alimenta la falta de confianza en el gobierno y para la irrupción del movimiento de masas de estos meses.

El régimen de Beijing en la encrucijada

Esta rebelión social no sólo ha sido un estorbo para el gobierno local, también ha supuesto un revés para los planes e intereses inmediatos de China en la región. Hong Kong es el principal socio comercial de China continental y el primer destino para sus empresas que quieren operar fuera del continente. En 2018 más del 60% de las 354 empresas que hicieron una oferta pública inicial de acciones en China, decidieron hacerlo en Hong Kong. La excolonia controla el 73% de las salidas a bolsa y vende el 60% de los bonos chinos. Para el gigante asiático este es el horizonte para otras áreas de influencia como Taiwán, exportando su modelo de “un país, dos ciudades”.

Las aspiraciones del capitalismo chino en la región son integrar a Hong Kong como centro comercial y financiero en el proyecto “Gran Bahía”. Un área metropolitana bajo su influencia en la que se encontrarían otros centros como Macao, Cantón o Shenzhen que en su conjunto se calcula que tendrían un PIB equiparable al de Brasil. Para tan grandes expectativas, ya se está trazando un megaproyecto como el puente más largo del mundo sobre el mar que uniría Hong Kong, Zuhai y Macao, que abriría un plan de inversión masiva hacia el exterior. Por si fuera poco, Hong Kong es el principal puerto para la exportación de manufacturas chinas hacia el oeste del continente y además un centro estratégico en la disputa con EEUU por el control de los mares del sur. De toda esta situación y en un contexto marcado por una pugna cada vez mayor por el control de un mercado mundial que se contrae, que el PCCh tenga que recurrir a medidas como la “Ley de Extradición” para someter bajo su control férreo la región.

El impacto económico de las movilizaciones, con una contracción del 3,2% del PIB en el tercer trimestre, la peor caída desde la crisis económica del 2008, ha sido un factor para que Beijin tuviera que aceptar dar marcha atrás. Pero sin duda otro factor que ha vislumbrado síntomas de debilidad del régimen de Xin Jinping, incapaz de intervenir militarmente a pesar del desplazamiento de tropas en la frontera, ha sido la propia situación interna del país. La  cúspide de la burocracia del PCCh no es ajena a que se erige sobre un polvorín social. Estos dos últimos años han sido testigos de un repunte de luchas obreras en China. Un estallido de varias huelgas “interprovinciales”, con paros y protestas simultáneas de trabajadores hasta en diez de las 30 provincias que configuran China. En estas luchas las reivindicaciones laborales han estado muy vinculadas a la necesidad de los derechos políticos para hacer frente a la represión. Los peligros de que el desafío hongkonés se levantara como un referente para la clase trabajadora del gigante asiático ha sido una amenaza seria a evitar durante estos meses para la burocracia y los magnates del PCCh. 

 El régimen capitalista chino enfrenta un escenario por delante nada alentador. Un horizonte económico marcado por la recesión y la guerra comercial. A diferencia del anterior estallido de la crisis económica de 2008, China tuvo un margen para hacer concesiones y asegurar una situación interna de relativa calma. Pero su economía está hoy en una posición muy diferente a hace una década, muy acusada por la sobreproducción. En este sentido, la necesidad de seguir peleando por su dominio en el mercado mundial  lejos de cerrar la crisis política abierta en Hong Kong, va a seguir avivándola sembrando mayor inestabilidad.

Aunque fruto de la ausencia de una dirección de izquierdas que dote al movimiento por los derechos democráticos en Hong Kong de un programa y una estrategia para derrocar al gobierno, las movilizaciones estén acusando una caída, este movimiento ha marcado un capítulo de la lucha de masas en la región. Además la falta de esta alternativa ha permitido también que dentro del movimiento tengan cierto eco las ideas de la oposición y los intereses del imperialismo norteamericano y británico, que tratan de blandir los derechos democráticos para su propio interés. Pero la dimensión y la virulencia de este estallido ha sido producto de la desigualdad y el malestar social entre la juventud y la clase trabajadora.

Esta explosión es parte del ascenso de la lucha de clases a nivel internacional que estamos viendo con numerosas rebeliones alrededor del globo. Buena muestra de ello fue la asamblea que juntó a más de mil personas en Hong Kong en apoyo a la lucha del pueblo de Catalunya.

En el próximo período la tarea más urgente para la clase trabajadora y la juventud hongkonesa es la de levantar una alternativa revolucionaria capaz de unir sus demandas y aspiraciones con las de la mayor y más poderosa clase obrera del mundo, la china, para acabar con el poder de la misma clase que les oprime y explota por igual. Una fuerza que sería imparable.


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