La perspectiva de una recuperación consistente, a corto plazo, de la economía mundial ha sido desmentida por la realidad. Los decepcionantes datos económicos estadounidenses, sumados al nuevo fiasco japonés y a un estancamiento persistente que Europa no es capaz de superar, pintan un paisaje desolador para el capitalismo en los próximos años. Abandonadas las pretensiones de una salida coordinada de la recesión, nos adentramos en una nueva fase de la crisis en la que las diferentes burguesías nacionales —acuciadas por las dificultades financieras y la intensificación del conflicto entre las clases a nivel doméstico— se dejan seducir por la idea del sálvese quien pueda intentando exportar la crisis al vecino.

 

La perspectiva de una recuperación consistente, a corto plazo, de la economía mundial ha sido desmentida por la realidad. Los decepcionantes datos económicos estadounidenses, sumados al nuevo fiasco japonés y a un estancamiento persistente que Europa no es capaz de superar, pintan un paisaje desolador para el capitalismo en los próximos años. Abandonadas las pretensiones de una salida coordinada de la recesión, nos adentramos en una nueva fase de la crisis en la que las diferentes burguesías nacionales —acuciadas por las dificultades financieras y la intensificación del conflicto entre las clases a nivel doméstico— se dejan seducir por la idea del sálvese quien pueda intentando exportar la crisis al vecino.

La actual guerra de devaluaciones competitivas entre las divisas, la proliferación de los acuerdos bilaterales, el incremento de los aranceles o la amenaza de conflictos militares en zonas estratégicas como Asia, es la expresión de que la contradicción que supone la coexistencia de intereses nacionales antagónicos dentro de una misma y sola economía mundial, se vuelve insoportable en períodos de crisis. Y, es precisamente en este proceso de creciente confrontación en las relaciones internacionales, cuando las armas económicas que el peculiar capitalismo chino ha forjado durante las décadas de boom muestran su enorme potencia y su efecto desestabilizador del precario equilibrio mundial.El tono sombrío que domina el panorama económico de las potencias más veteranas sigue contrastando con el crecimiento del PIB de China que, con un incremento superior al 10% en 2010, sigue brillando con luz propia. El régimen chino, disponiendo de las grasas acumuladas gracias a muchos años de abultado superávit comercial, aplicó en los primeros compases de la crisis un plan de salvamento que, a diferencia de sus homólogos occidentales, no fue destinado a tapar los agujeros de la banca privada, sino a la inyección de grandes cantidades de dinero en la economía productiva. Después de un turbulento año 2008 y gracias a una inversión de casi medio billón de euros destinada fundamentalmente a infraestructuras y sectores decisivos de la industria, consiguieron revertir el aumento explosivo del paro y los cierres de fábricas.

El papel del Estado

Aún así, la abundancia de inversión de capital no es la única explicación a esta deslumbrante recuperación. La cúpula burocrática del PCCH, epicentro de la naciente burguesía china#, culminó con éxito la contrarrevolución capitalista a través de la destrucción de las conquistas que sostuvieron durante décadas al Estado obrero deformado: la nacionalización y planificación de la economía, el monopolio del comercio exterior y el control de los precios. En la actualidad, a pesar del importante porcentaje de la economía que permanece bajo titularidad estatal, la producción de mercancías está orientada a la obtención de plusvalía destinada al enriquecimiento individual, tanto de la naciente clase capitalista china como de las multinacionales extranjeras con grandes inversiones en el país. No obstante, esta realidad no entra en contradicción con el hecho de que la emergente burguesía china conserve una parte de la herencia estatal del anterior régimen para defender sus intereses en el mercado mundial contra el resto de las potencias capitalistas, y en el mercado interno frente a la penetración de competidores extranjeros. Manteniendo una economía férreamente centralizada con un potente sector estatal —nos referimos tanto a la gran industria como a los recursos naturales y la banca— han garantizado por ejemplo, que las medidas anticrisis fueran llevadas a la práctica de forma rápida, contundente y con mejores resultados que en otras partes del mundo. Si, además, completamos este cuadro con el carácter autoritario del régimen, indispensable para someter a la clase obrera —carente de derechos políticos y sindicales— a una brutal explotación, obtenemos el perfil económico y político de un sistema de capitalismo de Estado.

Son muchos los capitalistas occidentales que demagógicamente denuncian al régimen chino por favorecer el desarrollo de las industrias de capital nativo#, envolviéndose para ello en la defensa de la libre competencia. Como es habitual, la burguesía de EEUU y Europa no tienen el menor reparo en practicar el mayor de los cinismos, pero sus lamentos no pueden ocultar que, en estos momentos, todas las grandes potencias están recurriendo a diferentes medidas para proteger sus mercados internos a través de devaluaciones, subvenciones a empresas nacionales o incremento de aranceles. En todos los casos el estado nacional, es decir, la superestructura política de la sociedad burguesa, se pone al servicio de los intereses estratégicos de la clase dominante. Es más, ni siquiera estamos ante un acontecimiento novedoso en la historia del capitalismo. León Trotsky en un artículo, de enero de 1926, titulado Sobre la cuestión de las tendencias en el desarrollo de la economía mundial en el que abordaba el enfrentamiento de las grandes potencias económicas en los años veinte, señalaba: “…En otras palabras, vemos aquí no el libre o el semilibre juego de las fuerzas económicas que estábamos acostumbrados a analizar en el período de preguerra, sino fuerzas estatales resueltas y concentradas que irrumpen en la economía, y esto está amenazando con interrumpir o está interrumpiendo, los ciclos regulares o semiregulares, si es que estos llegan a notarse. Por consiguiente uno no puede avanzar sin tomar en cuenta factores políticos”. Lo que tenemos que subrayar es que la intervención de estas fuerzas estatales, lejos de ser un factor de reequilibrio del capitalismo como pretenden los economistas keynesianos, no pueden resolver las contradicciones fundamentales del sistema y además introducen, en condiciones específicas como las actuales, un mayor caos y descontrol. El aumento exponencial de la deuda pública soberana y un mayor enconamiento de la lucha interimperialista, son algunas de sus consecuencias.

El dragón se vuelve más voraz

Lo que realmente está detrás de las quejas de los grandes monopolios occidentales es su preocupación ante un desafío que les resulta muy difícil afrontar: competir con éxito en el mercado mundial frente al poder económico y el potente Estado del que dispone la burguesía china.

Ya en tiempos de boom la audacia de la expansión imperialista china provocó muchas fricciones. No olvidemos que el desarrollo económico del gigante asiático se produjo en un momento en el que el planeta ya estaba repartido —aunque este reparto fuera inestable y cambiante— entre las grandes potencias. La contracción del mercado mundial provocada por la recesión no ha hecho más que alimentar la necesidad de expansión exterior de la llamada fábrica del mundo, y este fenómeno ha azuzado el enfrentamiento político. Prácticamente, ninguna de las grandes economías ha dejado de sentirse amenazada por esta ofensiva. Junto a la reactivación de viejos contenciosos con Japón — que pugna por la soberanía de las islas Senkaku— o el enfrentamiento armado entre las dos Coreas, el desafío que desde hace años representa el avance chino en América Latina y África está gestando nuevos conflictos. La lucha se extiende también a Asia Central con Rusia, debido a los contratos que empresas chinas han arrebatado a Gazprom en Kazajistán y Uzbekistán. En Europa Oriental con Alemania, provocado por las inversiones del dragón rojo en Polonia, Rumanía y Hungría. Dentro de la propia Unión Europea los dirigentes franceses y alemanes han levantado la voz para advertir del peligro chino a raíz de la compra de deuda española, griega y portuguesa por parte del gigante asiático, llegando incluso a comparar estas transacciones económicas con la llegada de un “portaviones” que sirve como base para la penetración de una mayor cantidad de mercancías chinas.

Dicho esto, es en Asia donde actualmente se encuentra el punto más caliente de enfrentamiento entre los dos grandes colosos: EEUU y China. El conflicto militar entre las dos Coreas demuestra como el grado de tensión que existe entre ambas potencias puede, en un momento dado, encontrar una vía de resolución a través de una confrontación armada. El capitalismo estadounidense, presionado por las gravísimas dificultades que encuentra en casa, ha dado un giro hacia una política exterior aún más agresiva. Detener el avance chino es un objetivo prioritario, tal como declaró el presidente Obama en su discurso al Congreso del pasado mes de enero cuando comparó a China con la URSS de los años sesenta. En este sentido, y siendo consciente de que la pequeña Corea del Sur no es suficiente para detener a su oponente, los americanos buscan un aliado más poderoso en India. La clase dominante de este gigantesco país con 1.000 millones de habitantes, parece aceptar encantada esta invitación a conformar una alianza antichina. No es ninguna casualidad que las hostilidades militares entre las Coreas coincidieran con un viaje de Obama a este país, durante el cual el presidente estadounidense se mostró favorable a la entrada de India en el Consejo de Seguridad de la ONU. Semejante reconocimiento fue agradecido por sus anfitriones con el desplazamiento de 36.000 soldados indios a su frontera con China. A la vez, estas maniobras que el imperialismo norteamericano se ve obligado a hacer aumentan la inestabilidad en una zona del mundo de por sí bastante frágil, provocando un enorme descontento en sus viejos aliados pakistaníes que tan importante papel han jugado en la criminal aventura estadounidense en Afganistán e Iraq.

El carácter reaccionario de la teoría de la ‘multipolaridad’

Al calor de esta nueva redistribución de las áreas de influencia económica del mundo, algunos intelectuales supuestamente progresistas pretenden convencernos de las ventajas de un mundo multipolar. Al parecer, los pueblos de los países económicamente más dependientes se beneficiarán si el dominio asfixiante de EEUU se debilita por el avance chino, lo que de paso, según estos mismos teóricos, podría permitir una cierta recuperación de la influencia internacional de la vieja y debilitada Europa, actualmente marginada de la toma de decisiones más importantes. Realmente, esta “aportación” no es más que una variante de la vieja teoría de un capitalismo con rostro humano aplicada al terreno de las relaciones internacionales. En relación a la civilizada Europa, poco hay que decir tras constatar, una vez más, su implicación con las dictaduras árabes y su vergonzosa reacción frente a la revolución protagonizada por las masas en Túnez, Egipto o Libia. Y en lo que se refiere al supuesto carácter progresista del imperialismo chino basta recordar las condiciones en que vive y trabaja la clase obrera del país o el carácter opresor de su expansión internacional. El ejemplo de la penetración china en África es paradigmático. En Zambia, los administradores de nacionalidad china de una mina ordenaron disparar contra los trabajadores en lucha, provocando 13 heridos de bala. En Níger, la comunidad tuareg rebautizó la explotación minera Somina como Guantánamo, debido a las brutales condiciones de explotación. En Mozambique la empresa China Henan Internacional Cooperation Group es acusada de prácticas similares. En Kenia una compañía china encargada de la construcción de infraestructuras fue acusada por varias poblaciones locales de provocar una grave sequía al adjudicarse el uso exclusivo del único pozo de agua en la zona. En Malí y Madagascar encontramos denuncias similares. No, los imperialistas chinos no son ni mejores ni peores que los estadounidenses, sólo defienden sus intereses recurriendo a aquellos métodos que consideran más eficaces.

China no es inmune a las contradicciones del capitalismo

Para obtener un análisis equilibrado necesitamos situar las medidas adoptadas por el régimen chino, que en las condiciones antes descritas le han otorgado ventajas evidentes, junto a toda una serie de debilidades que, de no ser resueltas o atenuadas, están incubando serias dificultades para el futuro del gigante asiático.

Es importante destacar que el plan de estímulo que reactivó la economía en 2009 no ha resuelto el problema de fondo: la sobrecapacidad productiva instalada. La intervención económica estatal ha sostenido, durante un período de tiempo, la producción de los sectores nacionales más afectados por la crisis, aplazando la expresión de este problema en forma de paro. Sin embargo, a pesar de que los recursos de ese plan estatal se han agotado ya, los dirigentes chinos no se deciden todavía a aplicar un nuevo paquete de estímulo, preocupados como están por el crecimiento de las tendencias inflacionistas y especulativas. Porque lo cierto es que los aprietos económicos de 2008 obligaron al régimen a recurrir a un tipo de recetas que, junto a sus positivos resultados iniciales, ya demostraron sus efectos perniciosos a largo plazo cuando fueron aplicadas por otras potencias occidentales.

Entre dichas medidas se sitúa el recurso excesivo al crédito que, al tener como telón de fondo una crisis de sobreproducción que aleja una parte de las inversiones del sector industrial, ha alimentado el crecimiento de la burbuja inmobiliaria y bursátil hasta alcanzar dimensiones francamente preocupantes. Casi una quinta parte de los créditos que los bancos chinos concedieron en 2009 y 2010 fueron a parar al sector inmobiliario. Si bien la inversión extranjera se recuperó el año pasado, creciendo un 17,4% respecto a 2009, un 20% se orientó también a este sector. Otro dato que ha encendido las luces de alarma es el crecimiento de un 5,1% de la inflación en 2010, una media, no olvidemos, que enmascara que los alimentos básicos incrementaron sus precios en casi un 11%.

Estos desequilibrios han llevado a los dirigentes chinos a imprimir un nuevo giro en su política económica a finales de 2010. Por una parte, se ha limitado el volumen de dinero en circulación y endurecido el crédito, incrementando las reservas de la banca y elevando los tipos de interés (tan sólo en las primeras seis semanas de 2011 en dos ocasiones). Pocos resultados prácticos están dando de momento estas medidas si tenemos en cuenta que el pasado mes de enero la inflación volvió a situarse en torno al 5% y el precio de las propiedades no baja. A su vez, para aliviar la presión que puede provocar un estallido de la burbuja inmobiliaria, se ha limitado la compra de viviendas y oficinas a nativos y a extranjeros, así como la concesión de suelo para nuevas construcciones. Pero si la política expansiva ha demostrado ya sus riesgos, un recorte excesivo puede provocar resultados igual de preocupantes. El sector inmobiliario ha sido uno de los motores del crecimiento en los últimos años, sin olvidar que el arrendamiento de terreno a largo plazo se ha convertido en una fuente de ingresos vital para las administraciones locales.

¿Sustituir exportaciones por consumo interno?

Por otra parte, el superávit comercial, aspecto decisivo en las finanzas chinas, sigue sufriendo una continua reducción debido a la contracción de la demanda mundial:

Evolución superávit comercial chino:
· 2008: 295.000 mill. dólares
· 2009: 196.000 mill. dólares
· 2010: 183.000 mill. dólares

La balanza comercial del capitalismo chino no ha sido capaz de recuperar, al menos por el momento, la forma de clara curva ascendente del período de boom, demostrando como hay un antes y un después de la gran recesión también para China.

Teóricamente, la dificultad que implica no poder vender en el exterior el mismo porcentaje de la producción que antes de la crisis podría paliarse con un incremento del consumo doméstico. En este sentido, el gobierno chino lleva tiempo hablando de incrementar los gastos en sanidad y educación para aligerar las cargas económicas que pesan sobre las masas y aumentar así su poder adquisitivo. Se trata de un objetivo harto complicado, puesto que no podemos olvidar que una de las claves de la competitividad de las manufacturas chinas son los bajos salarios. China sigue siendo un país en el que la mayoría de los trabajadores y campesinos tienen unos ingresos muy modestos, cuando no rozan el umbral de la pobreza. Incluso la noticia de que China había superado a Japón como segunda economía mundial en 2010 dejaba traslucir esta debilidad, todavía estructural, del capitalismo chino. Según cifras del FMI, el PIB chino alcanzó el pasado año los 5,75 billones de dólares, frente a los 5,39 billones del PIB japonés. Pero, junto a este dato se añadía otro: la diferencia en el PIB per cápita de ambos países sigue siendo abismal: en China es de 4.500 dólares, frente a los 40.000 de Japón. Sin descartar que se pudiera aumentar la capacidad de consumo de algunos sectores de las capas medias, la cuestión es si esta mejora serviría por sí sola para cubrir la pérdida de ingresos del exterior#.

Estos son los factores que nos obligan a considerar con cautela la perspectiva de que China pueda superar a corto plazo a EEUU como potencia hegemónica. Se trata de un proceso dinámico, inacabado, en el que no sólo cuentan las fortalezas y debilidades del propio capitalismo chino, sino de las decisiones que el resto de potencias adopten. Parece evidente que el imperialismo norteamericano no va a dejarse arrebatar sin pelea su posición privilegiada. Cuenta para ello con el 20% del PIB mundial (alrededor de 14,5 billones de dólares), una renta per cápita superior a los 45.000 dólares, el control sobre la divisa que domina el conjunto de la economía mundial, y es la primera potencia militar del planeta.

El avance chino acelera la decadencia de EEUU y Europa

Parece arriesgado por tanto hacer afirmaciones tajantes con los datos que tenemos en la actualidad, lo cual no impide constatar que esta perspectiva sin ser todavía inevitable, es hoy más probable que ayer. No está demás recordar el viejo dicho popular de que en el país de los ciegos, el tuerto es el rey. El pasado mes de enero podíamos leer en un artículo de la BBC4#: “…Hasta hace poco, el milagro chino estaba basado casi exclusivamente en la producción masiva de productos de consumo baratos, como juguetes y ropa. Pero el gigante asiático está empezando a poner en jaque a sus competidores europeos y estadounidenses en sectores claves como telecomunicaciones, producción de paneles solares, trenes de alta velocidad y redes eléctricas, entre otros bienes duraderos…”. La empresa de telefonía China Unicom acaba de firmar un acuerdo con Telefónica, a través del que consigue una cartera de clientes que representa el 10% de la población mundial. En lo que respecta a un sector puntero como son los trenes de alta velocidad, sector que hasta 2007 dominaba con holgura Alemania, China ha conseguido superar a los germanos, compitiendo de igual a igual con compañías como Siemens.

A la vez, el imperialismo chino está utilizando su riqueza financiera para firmar acuerdos económicos bilaterales. Las cifras son abrumadoras: en 2009 y 2010 el régimen prestó más dinero a países en vías de desarrollo que el propio Banco Mundial. Es este un aspecto de enorme trascendencia, ya que evidentemente el objetivo no es ayudar al desarrollo de economías más débiles, sino por el contrario, obtener de estos países tanto materias primas baratas como ventajas para las exportaciones de sus manufacturas. Emulando la actuación de sus predecesores, Gran Bretaña y EEUU, el imperialismo chino necesita ampliar sus áreas de dominio económico. Culminar con éxito esta tarea le podría proporcionar estabilidad social dentro de sus fronteras y aumentar la potencia de su mercado doméstico, pero EEUU y Alemania no le allanarán el camino, todo lo contrario. En el artículo de Trotsky al que anteriormente hacíamos referencia, éste explica como el desplazamiento que Gran Bretaña estaba sufriendo a manos de EEUU estaba recortando las bases materiales sobre las que el imperialismo británico podía hacer concesiones, alimentando la lucha de clases. Y este recordatorio sirve para la actualidad: la pérdida de cuota en el mercado mundial por parte de EEUU o Europa frente a China, azuzará irremediablemente la lucha de clases en estos países.

Y es que, efectivamente, los factores económicos influyen en la lucha de clases y viceversa. Buena prueba de ello es el extraordinario levantamiento de las masas árabes, que entre otras muchas y decisivas consecuencias está provocando un alza del precio del petróleo, materia prima clave que puede prolongar el estancamiento de la economía mundial. En este sentido, la rapidez con la que los dirigentes del PCCH han censurado cualquier referencia a la revolución tunecina y egipcia es más que un síntoma de debilidad. La clase obrera china ya ha empezado a calentar motores. En 2009 asistimos a varias luchas victoriosas contra la privatización de empresas públicas y, en 2010, a la movilización de trabajadores del sector privado que, en muchos casos, consiguieron victorias parciales. La naciente burguesía china es consciente de las terribles condiciones de explotación y opresión a las que condenan a las masas, y éstas, antes o después, más tarde o más temprano, abrirán una etapa de lucha generalizada por sus derechos.

1. Gracias a Wikileaks conocemos que el antiguo primer ministro, Li Peng, y su familia controlan el sector eléctrico; el miembro del Comité Permanente del Politburó, Zhou Yongkang, y sus socios el petrolero; la familia de Chen Yun, líder comunista de la época de Mao, el sector bancario; Jia Quinglin, presidente de la Conferencia Consultiva del Parlamento, el sector inmobiliario en Pekín; el yerno de Hu Jintao la página web sina.com, una de las más importantes, y la esposa del primer ministro, Wen Jiabao, el de las piedras preciosas.

2. Denuncias acerca de la facilidad de acceso al crédito y a la adjudicación de contratos del plan de estímulo para las empresas chinas en detrimento de aquellas con mayor participación extranjera. A la vez, los dirigentes chinos, utilizan el sector estatal para aumentar la competitividad de su tejido productivo. En 2009, se impulsó la innovación de la industria automotriz a través de la asociación de 16 empresas estatales, marginando de dicho proyecto a la empresa BYD propiedad de Warren Buffet.

3. El crecimiento económico ha acentuado el carácter exportador de China: el consumo doméstico ha pasado de un 49% del PIB en 1990 al 35% en 2008.

4. “La nueva fase del milagro chino”, María Esperanza Sánchez, BBC, 21/ 01/ 11.