Los atentados del 11 de septiembre de 2001 marcaron un punto de inflexión en la política mundial. Como explicábamos los marxistas, uno de los peores efectos de aquella brutal acción, junto a la muerte de centenares de trabajadores inocentes, era queLos atentados del 11 de septiembre de 2001 marcaron un punto de inflexión en la política mundial. Como explicábamos los marxistas, uno de los peores efectos de aquella brutal acción, junto a la muerte de centenares de trabajadores inocentes, era que iba a ser utilizada por el imperialismo y los capitalistas para lanzar una ofensiva reaccionaria a escala mundial. Ocho meses después, la "guerra contra el terrorismo" anunciada por George W. Bush continúa. Cada día aparecen nuevas estrellas invitadas acompañando al escurridizo Bin Laden en el papel de "personificación del mal" y nuevos pueblos inocentes son elegidos por el imperialismo estadounidense para desplegar contra ellos su poder militar.

Todos los objetivos oficiales proclamados por el imperialismo estadounidense, los gobiernos de la UE y sus demás aliados (castigar a los supuestos culpables del atentado contra las Torres Gemelas, democratizar Afganistán, acabar con el terrorismo y estabilizar el planeta) han demostrado ser una cortina de humo. Afganistán sigue sumido en la barbarie y dominado por los señores de la guerra pagados por EEUU para luchar contra los talibanes. Constantemente surgen conflictos internos por el control de distintas zonas entre los líderes mafiosos tayikos, pashtunes, uzbekos, etc. que se saldan de forma violenta. Generalmente, a costa de víctimas inocentes.

Desorden mundial

La propia guerra contra los talibanes y Al-Qaeda no ha acabado. La dureza de la batalla de Shar-i-Kot da una idea de la situación real. Los talibanes se retiraron a las montañas y mantienen un ejército considerable. El conflicto se ha convertido en una guerra de guerrillas enquistada en el sur del país que se irá complicando además con el estallido de nuevos enfrentamientos entre los caudillos de las distintas etnias y facciones y entre las distintas potencias regionales. Rusia, Irán, Pakistán, India y EEUU apoyan a una u otra mafia afgana en su disputa por controlar los recursos del área. La intervención imperialista, lejos de estabilizar Afganistán, está intensificando los conflictos étnicos y provocando una espiral de violencia que tenderá a agudizarse, desestabilizando toda la zona, empezando por el vecino Pakistán.

Pero la política del imperialismo no sólo desestabiliza Asia Central. Hoy utilizan como puching-ball al débil Afganistán, mañana podrían intervenir contra Irak: un enemigo más fuerte y con un riesgo de desestabilización mucho mayor para el mundo árabe y musulmán. En un futuro incluso podrían verse obligados a intervenir militarmente en su propio patio trasero. El Plan Colombia, la ruptura de la negociación con las FARC y la ofensiva militar del ejército colombiano son un aviso.

Como en toda guerra, diversos intereses y objetivos (tanto internos como externos) alimentan el creciente intervencionismo militar estadounidense: desviar la atención de los trabajadores americanos de la crisis del capitalismo, la explotación y la injusticia que padecen hacia un enemigo exterior; los intereses de las multinacionales por controlar el petróleo y otras materias primas (en especial su objetivo de no depender tan directamente del petróleo de Oriente Próximo); los beneficios de la industria armamentística... Incluso intentan que el programa de rearme y el incremento de los presupuestos militares pueda ayudar a reactivar la economía. Pero el objetivo primordial de la guerra "contra el terrorismo" es dejar claro, en un contexto de creciente inestabilidad, volatilidad y agudización de la lucha de clases en todo el mundo, quién sigue mandando en el mundo y amedrentar a todo el que ose desafiar el orden mundial imperialista existente.

Sin embargo, cualquier guerra tiene una dinámica propia y tanto la defensa de estos intereses políticos y económicos como la propia retórica en que se han embarcado puede obligar a EEUU a intervenir incluso en conflictos que inicialmente no entraban en sus planes (ya lo están haciendo en Filipinas, se habla de Somalia o Yemen y podría haber más), así como hacer que algunos de esos antagonismos locales se extiendan y puedan desestabilizar zonas enteras del planeta (el caso más claro es el de las repercusiones que puede tener el conflicto palestino, o una nueva intervención contra Irak, en el mundo árabe).

Muchos estrategas de la burguesía han expresado su preocupación ante una guerra en la que no hay enemigo ni estrategia definidos y en la que una victoria definitiva es imposible. El poder militar americano —por muy grande que sea— no puede estabilizar el planeta. Cada conflicto que creen cerrar con sus bombas y misiles se reabre al poco tiempo agravado. Lo vimos en los Balcanes con Bosnia y Kosovo convertidos en protectorados, Macedonia a punto de estallar y las tensiones entre Serbia y Montenegro. Lo vemos en Afganistán y Palestina y podemos volver a verlo en Irak o Líbano.

La necesidad de la revolución mundial

El problema es que toda esta inestabilidad mundial y violencia surgen directamente del sufrimiento, humillación y barbarie a las que son condenados miles de millones de seres humanos por el funcionamiento mismo de este sistema. Algunos burgueses, supuestamente más "inteligentes" que Bush, plantean una solución muy "sencilla", y en ello coinciden con muchos dirigentes reformistas del movimiento obrero. Para "acabar con las bases del terrorismo" y estabilizar el planeta hay que distribuir más justamente la riqueza, mejorar las condiciones de vida de las masas de estos países en guerra y solucionar mediante el diálogo contenciosos como el de Palestina, Cachemira, etc.

El problema es que esto sólo es posible acabando con el capitalismo y construyendo un mundo socialista. En un sistema basado en el máximo beneficio individual y la propiedad privada de los medios de producción las relaciones económicas entre los distintos pueblos se basan inevitablemente en el dominio de los más poderosos sobre todos los demás y conducen al control de la economía mundial por un puñado de multinacionales. Cualquier intento de alterar este orden imperialista es contestado, además, con la "diplomacia de los cañones" por EEUU, ya sea bajo su propia bandera o utilizando las de la ONU o la OTAN.

Pero esto sólo puede generar mas inestabilidad, violencia y barbarie. La política de aplastar y humillar a distintos pueblos en todo el mundo (especialmente a los árabes, y en general al mundo musulmán) sólo provoca más odio contra el imperialismo estadounidense. Únicamente las ideas internacionalistas del marxismo pueden hacer que este odio no se exprese en acciones desesperadas y atentados terroristas, o en el crecimiento de ideas reaccionarias y distintos fundamentalismos religiosos, sino encauzarlo hacia una transformación revolucionaria de la sociedad que una a los trabajadores por encima de las divisiones nacionales y erradique las causas de la guerra y la barbarie que se extienden por todo el planeta.