A continuación publicamos una versión de la octavilla distribuida en las calles de Túnez el pasado 14 de enero, ligeramente editada y extendida, con motivo del sexto aniversario del revolucionario derrocamiento del dictador Ben Ali.

“¿Cómo esperáis que me gane la vida?” lloraba Mohamed Bouazizi, a sus 27 años de edad, cuando se roció con gasolina, antes de prenderse fuego el 17 de diciembre de 2010, desencadenando un movimiento de revueltas masivas en contra de la corrupta dictadura del presidente Zine al Abidine Ben Ali, quién fue derrocado menos de un mes después, el 14 de enero de 2011.

Seis años después, un gran número de jóvenes tunecinos aún no tienen cimientos decentes sobre los cuales construir un futuro. Un nuevo estudio llevado a cabo por el Foro Tunecino para Economía y Derechos Sociales (FTDES en inglés) ha revelado que el 45.2% de los jóvenes tunecinos entre 18 y 34 años quiere emigrar a Europa, y 1.000 tunecinos han muerto mientras hacían el camino desde 2011.

Estas cifras lo dicen todo sobre la completa bancarrota de los políticos actualmente en el gobierno para garantizar trabajo y dignidad, las demandas más sentidas del levantamiento popular de 2010-2011. La tan nombrada persistencia del peligro yihadista es, ante todo, la expresión de un sistema económico que vomita y margina a grandes sectores de la juventud, cuya rabia y frustración son después canalizadas y explotadas en una dirección reaccionaria por grupos fundamentalistas, como Daesh.

Ofrecer un trabajo a todos los jóvenes tunecinos asestaría un golpe mucho mayor a este tipo de organizaciones que cualquiera de las amplias operaciones “anti-terroristas” llevadas a cabo por el Estado. Estas son muchas veces utilizadas como una excusa para estigmatizar a barrios enteros y sirven como justificación para perpetuar un clima de terror policial y abuso de personas que no son terroristas.

Nuevos presupuestos

A pesar de las promesas de igualdad social y de “sacrificio compartido”, los presupuestos para 2017, adoptados por el parlamento en diciembre, confirman la trayectoria general asumida por Chahed desde el inicio de su gobierno, y también por todos los gobiernos desde 2011: buscar el dinero en los bolsillos de quienes menos tienen, para seguir enriqueciendo a los más ricos.

Mientras se culpa regularmente de las malas condiciones de las finanzas públicas a las “exageradas” demandas de los trabajadores, la realidad es que las grandes corporaciones nunca han pagado tan pocos impuestos como hoy día, y son recompensados con una nueva variedad de regalos fiscales extra por año nuevo, en nombre de “ el incentivo a la inversión”, a pesar de que estas ventajas fiscales ya han demostrado una y otra vez tener poca o ninguna incidencia en el nivel de inversiones (las cuales están en mínimos históricos) mientras que tienen una brutal incidencia en las fortunas acumuladas por los super-ricos, al igual que profundizan el empobrecimiento del resto de la sociedad.

Mientras tanto, las demandas de los desempleados, los pobres y los trabajadores asalariados, así como las desesperadas quejas de las regiones del interior, siguen siendo ampliamente ignoradas.

No es de extrañarse, en estas condiciones, que la popularidad del actual gobierno y de la presidencia esté cayendo en picado. Sólo en 2016, la satisfacción con la presidencia de Essebsi ha disminuido notablemente desde el 51.3% en abril hasta el 41.9% en octubre, y después a un 32.7% en diciembre. La autoridad política del primer ministro continúa en una dirección similar.

Mientras tanto, el número de huelgas y movimientos sociales se ha disparado, teniendo el último año el número más alto registrado desde 2011 (casi 1.000). Las últimas semanas hemos visto decenas de miles de trabajadores de la construcción, parteras, trabajadores de guarderías, profesores de educación secundaria, y muchos más llevando a cabo acciones reivindicativas. Un informe del Ministerio de Asuntos Sociales también muestra un aumento en el índice de participación en estas huelgas. Una capa creciente de trabajadores se da cuenta de que éste es el único camino a seguir para garantizar un futuro para ellos y para sus familias.

Un gobierno contrarrevolucionario

Este gobierno, a pesar de sus pretensiones, ha fallado totalmente a la gente. Esto no es sorprendente, porque en primer lugar nunca ha tenido la mínima intención de satisfacer las demandas de la revolución. Organizado en las dependencias del poder, con el apoyo de las potencias occidentales, este gobierno fue esencialmente construido para tratar de bloquear estas demandas, las cuales nunca dejaron de plantearse los últimos seis años. La represión estatal contra los activistas sociales y políticos y la criminalización de los conflictos de clase responde directamente a este objetivo, como demuestra la proliferación de juicios políticos contra personas que han estado involucradas en sentadas, huelgas y manifestaciones.

Pero la asfixia de la lucha será más sencilla si cada sector, cada comunidad, cada compañía, cada localidad lucha por su cuenta. Nuestro enemigo se está preparando para una confrontación más amplia, y nosotros también tenemos que estar preparados. Lo que necesitamos es una lucha generalizada y coordinada a nivel nacional contra este gobierno.

La contundente huelga general que tuvo lugar el jueves, en Meknassi, en la gobernación de SidiBouzid, muestra el camino. Es a través de estos métodos que expulsamos a Ben Ali, a pesar de que a la élite dominante le gustaría que lo olvidásemos. El papel de la clase trabajadora en nuestra revolución está siendo sistemática y conscientemente minimizada por los portavoces y comentaristas de la clase dominante, porque ésta teme la repetición de un levantamiento colectivo de la clase trabajadora que irrumpa en el futuro.

Lo mismo que en Egipto. El periodista Peter Speetjens estaba en lo cierto al señalar que, “Hoy, todos conocemos las heroicas imágenes de egipcios, jóvenes y mayores, ocupando la Plaza Tahrir, resistiendo a la policía e incluso a ataques con camellos, mientras exigían al presidente Hosni Mubarak que dejase el cargo y que se pusiera fin a 30 años de estado de emergencia. Mucho menos conocidos son los doctores, conductores de autobús, trabajadores textiles y miles y miles de obreros que se pusieron en huelga y paralizaron el país”.

Asimismo, la movilización de la clase trabajadora en Túnez a través de acciones masivas de huelga son el único arma que puede hacer retroceder a la contrarrevolución, ahora bajo la forma de coalición de “unidad nacional” de Chahed. La mera amenaza de la huelga general por parte de los líderes sindicales el 8 de diciembre de 2016 fue suficiente para forzar al gobierno a retirar sus planes de congelar la inversión en el sector público por un año.

Pero también es necesario unir las palabras a acciones, para crear una correlación de fuerzas seria en favor de nuestro movimiento. El contenido del nuevo presupuesto, y de los nuevos planes de austeridad que, sin duda, vendrán el año próximo, justifica más que simples amenazas. Hoy en día necesitamos 10, 20, ¡30 Meknassi a lo largo del país! Las condiciones para ello existen, mientras el viento de revuelta se avecina en todas partes.

La izquierda, la UGTT y varios movimientos sociales deberían trabajar juntos y desarrollar un plan de acción conjunta que culmine en una huelga general nacional por trabajos, salarios y desarrollo regional. Los comités locales de acción popular, como los que ya existen en algunas zonas, tienen que extenderse por todo el país y coordinar sus acciones a nivel local, regional y nacionalmente.

Más allá de la necesidad de una ofensiva y coordinada estrategia para las luchas populares, se necesita un debate más extenso sobre la alternativa política que necesitamos. El hecho de que el Frente Popular, a pesar de todas las limitaciones de su dirección, las dudas y sus errores pasados, haya conseguido mantener una popularidad de en torno al 10% es un indicativo del potencial para la reconstrucción de una fuerza política revolucionaria de masas. Los militantes de base del Frente Popular, los sindicalistas de la UGTT y los activistas de movimientos sociales podrían jugar un papel fundamental a la hora de darle forma a un partido de masas de este tipo.

La imposibilidad de todos los gobiernos, desde Ben Ali, para satisfacer las demandas de las personas no es una mera cuestión de circunstancias; es una opción política consciente. Esta opción es la de servir los intereses de la clase capitalista, un puñado de compañías multinacionales y a las familias ricas de Túnez que controlan los sectores principales de la economía, y a quienes tienen una inmensa influencia sobre los partidos en el poder y sobre los representantes en la Asamblea. Esta élite quiere que la economía funcione únicamente en su beneficio. Por esta razón bloquea cualquier movimiento que vaya en la dirección de aliviar el sufrimiento, la pobreza, el desempleo, y los problemas sociales que existen y nacen de este sistema podrido.

Para romper con esta lógica, necesitaremos luchar por un gobierno que, a diferencia de los anteriores, esté preparado para tomar medidas respecto a las grandes fortunas que hoy “llevan la voz cantante”, para negarse a pagar una deuda ilegítima que enriquece con billones de dinares a los acreedores internacionales cómplices, y para nacionalizar, bajo control democrático de la población, los mayores bancos y compañías del país. Esto sentaría las bases para la planificación de la economía, de acuerdo con las necesidades de la mayoría, para empezar una gran inversión pública, desarrollar infraestructuras y servicios públicos, crear puestos de trabajo para los desempleados y acabar con la exclusión de la mayoría de las capas del país.

Construyamos sin más demora la lucha para un gobierno así: un gobierno democrático y socialista.