Las necesidades más acuciantes de la gran mayoría de la población siguen agravándose conforme se profundiza la crisis mundial del capitalismo. El desempleo contribuye en gran medida a ello. En EEUU (pese al incremento de 1.64 millones de empleos  en 2011), siguen sin recuperarse de los 8,5 millones de empleos que se perdieron durante la recesión de Diciembre 2007 a  Junio de 2009. Según declaraciones del presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, “La alta desocupación tendrá además un impacto negativo en las proyecciones del crecimiento de la economía estadounidense este año que oscilarán entre 2.2% y 2.7% del  (PIB)”. La cifra de desempleados de EEUU en los últimos años ha rondado él 9%. Sin embargo, esta cifra, ya de por sí alta,  no incluye a los trabajadores a tiempo parciales que buscan empleo a tiempo completo y a quienes desisten de buscar o están incluidos en algún programa de formación laboral. Incluyéndolos, el desempleo real oscilaría entre el 16,5% y el 20%.  En la UE las cifras siguen rompiendo records; España cierra el primer trimestre del año con 5.639.500 millones de desempleados, teniendo el índice de desempleo más alto en el sector industrial 21,52% y el empleo juvenil con un 52,01%. En América del sur, la tasa más alta de desempleo es la  de Colombia con 10,4%. Estas cifras alarmantes no solo  muestran el descenso de la  oferta de puestos de trabajo en las economías “modernas” y latinoamericanas, sino también  la podredumbre de un sistema económico que lejos de superar sus propias contradicciones las profundiza.

Esto se debe, a que la mejor solución dentro del capitalismo para acabar con la actual crisis es, en primer lugar, eliminar los sobrecostos laborales: despidos, deslocalizaciones, tercerización, reducción salarial, etc. En una palabra, que la crisis la paguen los trabajadores.

El actual papel que han jugado las direcciones sindicales en los países capitalistas, aceptando la idea de que no hay otra alternativa al capitalismo, es trágico y refleja un alto grado de degeneración ideológica. Aceptar esto es lo mismo que aceptar la explotación del hombre por el hombre. Según este argumento, si en los momentos de crecimiento los beneficios deben ser compartidos, en los momentos de crisis, las “pérdidas” y los “sacrificios” también, ya que no hay alternativa al sistema. Por eso, estos dirigentes sindicales, argumentando que “todos vamos en el mismo barco” hacen llamamientos a la burguesía a la “responsabilidad” y al “pacto social” para que los sacrificios a los que conduce la crisis sean “compartidos” por trabajadores y empresarios. Tal es el caso de la dirección de UGT y CCOO en España, donde esta política criminal los ha conducido a la firma de pactos sociales y consensos con la burguesía nacional que han llevado al abaratamiento del despido y al aumento la edad de jubilación. Sin embargo, los capitalistas españoles han seguido manteniendo sus privilegios y beneficios, con el Estado acudiendo constantemente a su rescate. Mientras se escriben estas líneas, el gobierno español ha anunciado un recorte en sanidad de 10.000 millones de euros, garantizando con esto la inyección de otros 10.000 millones de euros al banco Bankia.

Para derrotar los ataques de la patronal ya no sirve este viejo sindicalismo posibilista. En un contexto donde el capitalismo no puede ofrecer ningún tipo de mejora en las condiciones de trabajo y de vida,  es necesario un sindicalismo con una perspectiva de lucha socialista, que “…defienda intransigentemente los intereses generales de la clase obrera, que unifique y extienda las luchas para así hacer más presión, que considere que la negociación sólo tiene sentido cuando se apoya en la movilización, que fomente la participación de los trabajadores en la toma de decisiones a través de las asambleas, que acabe con la dependencia económica del Estado y que favorezca la unidad de acción sindical”.

El desempleo en Venezuela y las tareas de la revolución

desempleo_2En Venezuela, la situación, aunque parece estable, no lo es. A los 1.068.321 (7,9%) millones de desempleados se les tendrían que sumar 297.694 jóvenes que anualmente pasan a formar parte de la oferta laboral. Existe una informalidad del 41,3%(cerca de los a 5.118.611 millones de personas) que no cuentan con ingresos regulares y las garantías del sistema de seguridad social. La revolución bolivariana ha traído consigo grandes avances en materia de educación, como el acceso masivo a la educación superior, que ha significado el aumento exponencial de la matrícula universitaria en 300% en un periodo de diez años. Estas cifras son ejemplares, pero no eliminan las contradicciones del capitalismo que siguen existiendo en la sociedad venezolana. Miles de jóvenes con estudios superiores trabajan en puestos que poco o nada tienen que ver con los estudios que cursaron. Para los capitalistas, la educación debe estar sometida al mercado laboral. La burguesía no necesita miles de ingenieros, ni médicos, arqueólogos, antropólogos, sociólogos, artistas o filósofos, ya que no generan ningún tipo de beneficios. La educación superior, para ellos, es un gasto inútil que sólo debe ser accesible a una pequeña capa de privilegiados suficientes para cubrir las necesidades que tienen en sus negocios privados. No importan las necesidades sociales, si no sus propios beneficios. El gasto del Estado en educación para estos elementos es como tirar el dinero a la basura. Mientras no se tomen medidas contundentes para acabar con el capitalismo, como la nacionalización de las grandes empresas y de la banca y la planificación de la economía, los miles de licenciados que la revolución ha producido estarán condenados a trabajar en puestos que le puedan generar un mínimo  beneficio o en la economía informal.

El pasado mes de febrero, Jorge Botti, presidente de Fedecamaras, hizo una serie de declaraciones sobre la nueva LOT, insistiendo en que las empresas venezolanas necesitan contar con un entorno favorable para la producción y la competitividad. “Si las empresas no producen lo suficiente, no estarán en capacidad de garantizar beneficios a sus empleados.  Nos anima el deseo de estimular y hacer crecer la producción nacional. Que los venezolanos produzcamos lo que necesitamos, lo cual generaría mayores fuentes de empleo”. El deseo de estimular la producción a nivel nacional por parte de los empresarios se ve reducido a buenas intenciones, porque actualmente la capacidad productiva no supera el 54,2%. Este bajo nivel de capacidad productiva en Venezuela se debe al papel parasitario de la burguesía nacional, que no es capaz de industrializar el país con tecnología avanzada, puesto que la mayor parte de sus ganancias las obtienen a través  del desabastecimiento, la especulación y las estafas inmobiliarias y bursátiles. “El modo de producción capitalista  es un sistema anárquico, incapaz de utilizar toda la capacidad productiva instalada, que permita proporcionar una vida digna a toda la humanidad”. El conmovedor discurso de Botti lo que en realidad busca es justificar las condiciones necesarias para que la tasas de ganancia no se vean afectadas; un instrumento legal que se ajuste a sus intereses, amparando medidas neoliberales como: abaratamiento del despido, aumento de la jornada laboral, tercerización, aumento en la edad de jubilación, congelación del salario mínimo y oposición a la legalidad de los consejos de fabrica, ya que suponen un peligro para el control por parte de los capitalistas de sus empresas. Estas estrategias de la burguesía no van a solucionar la cruda realidad  de la noche a la mañana. La revolución tiene todavía demasiado potencial como para que las presiones de la patronal sean plasmadas claramente en la nueva ley.

Por otro lado, al ser Venezuela una economía capitalista, esta no se encuentra blindada contra la crisis mundial. Una caída inesperada de los precios del barril de petróleo conduciría a una recesión en el país y los empresarios, con el fin de mantener sus tasas de ganancia, iniciarían una campaña de destrucción masiva de puestos de trabajo.

La solución al problema del desempleo no se puede llevar a cabo por la buena voluntad de los empresarios o mediante tediosas discusiones en la plenaria de la asamblea nacional. Todo lo contrario, solo con una lucha organizada de la clase obrera que impulse medidas revolucionarias para acabar definitivamente con el capitalismo. La  nacionalización de las grandes empresas del país y de toda la banca; la extensión  del control obrero; la disminución de la jornada laboral; el aumento de los salarios muy por encima de la inflación y una planificación democrática de la economía son las premisas que garantizarían que el desempleo se convirtiese en un amargo recuerdo.