El 14 de abril, en una operación conjunta con Francia y Reino Unido, Trump ordenó un nuevo bombardeo en Siria en respuesta a un supuesto ataque químico del régimen de Assad en la sitiada ciudad de Duma. A pesar de la retórica utilizada, que en los días previos hizo temer incluso un enfrentamiento directo entre EEUU y Rusia, la realidad ha sido bastante diferente.

Después de semanas de declaraciones contradictorias de Trump —pasó de anunciar una retirada inmediata de sus tropas en Siria a amenazar con una guerra a Rusia e Irán—, el castigo se limitó al lanzamiento de misiles sobre tres objetivos vinculados al programa de armas químicas sirio. Una acción anunciada a bombo y platillo durante días, que permitió que el régimen sirio desalojara las instalaciones susceptibles de ser bombardeadas, desarrollada con conocimiento de Rusia para evitar que hubiera ningún contacto con sus tropas y que no ha tenido ninguna repercusión sobre el terreno.

Hipocresía del imperialismo

Esta acción ha tenido mucho de puesta en escena. Los tres autores tienen razones domésticas: en Gran Bretaña, May está empantanada con el Brexit, Macron se enfrenta a una oleada huelguística y se ha desplomado en las encuestas y en EEUU aumentan las protestas sociales y a Trump se le suceden los abandonos de colaboradores y los escándalos judiciales (en el último, días antes del bombardeo, el FBI entraba en casa de su abogado personal).

En lo que se refiere a la propia ­Siria, Rusia e Irán han conseguido apuntalar el régimen de Assad y ahora están a la ofensiva, derrotando a diferentes grupos integristas en los que se basó el imperialismo occidental estos años. Parece evidente que Trump, Macron y May han intentado desviar la atención en sus respectivos países, aprovechando de paso para recuperar algo de iniciativa en el conflicto sirio. Para ello han utilizado la excusa de un supuesto ataque químico del régimen. Aún no hay pruebas concluyentes de su existencia, pero a estas alturas de la guerra, aunque haya existido, eso no sería lo fundamental. Sin ir más lejos, el bombardeo occidental se llevó a cabo el día que llegaba a Siria la misión de la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas para investigar el incidente.

El imperialismo ha demostrado una y otra vez que le trae sin cuidado lo que ocurra con los civiles sirios o con los civiles iraquíes, como se ha comprobado en la “liberación” de diferentes partes de Siria e Iraq del dominio del Estado Islámico. Como en Vietnam, fueron destruyendo una ciudad tras otra “para poder salvarlas”.

Ninguna potencia imperialista se ha preocupado de los millones de refugiados creados por guerras en las que han sido parte activa; tampoco han hecho nada por la población de Yemen —que, fruto de la agresión saudí, enfrenta el mayor brote de cólera del mundo o que depende en dos terceras partes de ayuda alimentaria del exterior—, salvo vender munición al ejército saudí y colaborar en los bombardeos; y, como en los últimos 70 años, han mirado para otro lado mientras francotiradores israelíes asesinaban a sangre fría a palestinos desarmados.

Además la derrota del “califato” del Estado Islámico (que no la desaparición del grupo) ha desnudado las verdaderas intenciones de cada actor en Oriente Medio y ha puesto en evidencia esa mentira que era “la guerra contra el terrorismo”.

Tensiones entre Rusia y EEUU…

El fracaso de la intervención de EEUU en Iraq marcó el inicio del declive de su influencia en toda la zona. Rusia vio el conflicto sirio como una oportunidad de recuperar su papel en la escena internacional, para empezar en Oriente Medio, pero sobre todo para conseguir una palanca que multiplique sus fuerzas en escenarios más críticos: Ucrania, Crimea, el Báltico, la retirada de las sanciones…

La respuesta de EEUU ha sido señalar en su nueva directiva de defensa a Rusia y China como sus dos principales enemigos. La retórica incendiaria de Trump sobre el militarismo, el América Primero y demás no está frenando al nuevo imperialismo ruso encarnado por Putin, que se ha adaptado mejor a la inestabilidad en las relaciones internacionales: está “rentabilizando” su intervención militar, combinándola con la diplomacia hasta el punto de que ahora mismo Rusia ha tejido alianzas, de una forma u otra, con todos en Oriente Medio, incluido Israel. Por otro lado, la política errática de Trump en las últimas semanas acerca de Siria resume a la perfección su posición. La pregunta que se repite entre analistas y altos mandos militares norteamericanos es “¿qué estrategia tenemos en Siria y en Oriente Medio?”.

… y entre las diferentes potencias regionales

Ante este nuevo equilibrio de poder en Oriente Medio, las diferentes oligarquías regionales han explotado esa situación en su propio beneficio. Irán ha extendido y consolidado su influencia en estos años: Iraq, Líbano, Yemen, Siria… Arabia Saudí no ha tenido éxito en frenar a Irán en ninguno de esos escenarios, ya sea a través de guerras o financiando todo tipo de grupos integristas reaccionarios.

Turquía ha pasado en pocos meses de ser uno de los principales apoyos del frente anti Assad a acercarse a Rusia e Irán. Erdogan está jugando al mismo juego que Putin, intentando maximizar sus posiciones, pero se mantiene entre dos aguas (Rusia y EEUU) y antes o después tendrá que decidirse por uno los dos.

El papel de Israel cobra cada vez más importancia. En el último periodo ha mostrado abiertamente su alianza con Arabia Saudí frente a Irán y ha incrementado sus acciones militares: más de cien misiones de bombardeo en territorio sirio sobre objetivos iraníes o de Hezbolá (todas con conocimiento de Rusia) y las mayores maniobras militares que ha realizado nunca —con vistas a un conflicto en Líbano, que podría ser el siguiente paso de la guerra si esta desborda las fronteras sirias—. El último giro a la derecha de Trump, colocando como secretario de Estado y asesor de Seguridad Nacional a dos halcones anti-Irán no hace sino echar más gasolina a esta situación.

Todos estos choques entre potencias mundiales y regionales tienen su escenario principal en Siria. Más allá de declaraciones belicistas, parece claro que ni el imperialismo norteamericano ni el ruso quieren un enfrentamiento directo ni una guerra regional de incalculables consecuencias. Todos quieren avanzar en su dominio de diferentes zonas de Oriente Medio sin una guerra abierta pero, una vez llegados a este punto, cualquier incidente podría hacer saltar todo por los aires.

Sólo el pueblo salva al pueblo

La primavera árabe mostró hace ahora siete años el camino para resolver los problemas de Oriente Medio: la movilización revolucionaria de los trabajadores, la juventud y los campesinos pobres, por encima de fronteras, que fue capaz de derribar en pocas semanas a un dictador tras otro, algunos con tres décadas en el poder a sus espaldas con respaldo del imperialismo.

El pueblo sirio soporta ahora la losa de la contrarrevolución y la guerra, pero en países cercanos como Irán, Turquía o Egipto existe una poderosa clase obrera. En ellos (y en otros como Iraq o la propia Arabia Saudí) se han desarrollado en el último periodo importantes movimientos de masas y todos se ven afectados por divisiones importantes en sus oligarquías y aparatos estatales.

La vieja consigna “socialismo o barbarie” es hoy tan cierta o más que hace cien años. Los trabajadores, aliados con los pobres y oprimidos de la región, deben unir sus fuerzas a un movimiento contra la guerra en Occidente; esta fuerza, armada con una política socialista es la única salida a la pesadilla a la que se enfrentan Siria y Oriente Medio.