Tras las insurrecciones en Argelia y Sudán, las masas iraquíes estallaron el pasado 1 de octubre colocando al gobierno de Adel Abdel Mahdi contra las cuerdas. Apenas dos semanas después, el día 17, dio comienzo el mayor levantamiento que se recuerda en décadas en el Líbano, que ha culminado de momento en la dimisión del primer ministro Hariri. Los históricos acontecimientos de Argelia, Sudán, Iraq, Libano, Túnez… anuncian un segundo y grandioso acto de la Primavera Árabe, una revolución en marcha contra el capitalismo y el orden imperialista.

En un intento de banalizar lo ocurrido en Libano, los medios de comunicación burgueses han puesto el foco en que el punto de partida de las protestas fue un “impuesto sobre las llamadas por Whatsapp”, sin explicar nada más. Si bien este surrealista impuesto ha sido muy real y contribuyó a que el polvorín social estallase, lo que estamos viendo es un movimiento revolucionario clásico que hunde sus raíces en unas causas también muy clásicas.

El saqueo de la economía por la oligarquía

Líbano está al borde del colapso económico tras décadas de políticas capitalistas en beneficio de la oligarquía y el imperialismo, y una corrupción crónica que ha dejado el 60% de la riqueza nacional en manos de 2.000 familias. La deuda pública alcanza el 150% del PIB, lo que equivale a 75.800 millones de euros. La libra libanesa mantiene un cambio fijo con el dólar desde 1997 y está sobre la mesa una devaluación. 

Para hacer frente a esta situación el imperialismo ofreció una inyección de 10.000 millones de euros a cambio de un plan de recortes sociales. El primer ministro Saad Hariri se puso rápidamente a ello, declarando el “estado de emergencia económica” y anunciando “las medidas más austeras de la historia de Líbano”.

La realidad concreta para las masas es que el 30% de la población vive bajo el umbral de la pobreza y la tasa de paro es del 25%; el 1% más rico acapara el 58% de la riqueza, mientras que el 50% más pobre tiene menos del 1%. El estado de las infraestructuras es lamentable: los cortes de electricidad son diarios y abarcan hasta doce horas, y la población sufre a las mafias que hacen negocio con el agua y electricidad, a su vez ligadas a diferentes grupos políticos y religiosos; hay sistemas muy deficientes de transporte, de tratamiento de basuras y aguas residuales, y lo mismo ocurre con los sistemas de sanidad pública o pensiones.

En este contexto el Gobierno anunció la famosa “tasa Whatsapp”, tan sólo unos días después de hacerse público que el primer ministro Hariri había gastado 16 millones de dólares en regalos a una modelo sudafricana con la que mantuvo una relación. Todo esto en un país en el que el Estado paga intereses de hasta un 10% a bancos y prestamistas por sus créditos. Fue la gota que colmó la paciencia de las masas contra la cleptocracia que gobierna Líbano.

Cuestionamiento del régimen sectario

Desde que comenzaron las protestas una idea dominó la conciencia de los cientos de miles que tomaron las calles: el cuestionamiento de todo el régimen político sectario establecido hace décadas por el imperialismo, y su identificación como el culpable de la actual situación. La revolución ha ligado rápidamente el rechazo a los recortes y la reivindicación de unas condiciones de vida dignas con el propio régimen como la causa de fondo.

El Estado libanés es un monstruo erigido en el proceso de descolonización. Su constitución de 1926 y su Pacto Nacional de 1943 (año de la independencia de Francia) consagraron la división religiosa del país, dividiendo la representación parlamentaria entre musulmanes y cristianos y, dentro de estos dos bloques, entre las 18 confesiones diferentes reconocidas. A su vez, los principales cargos del Ejecutivo quedaron repartidos sobre una base sectaria: presidente cristiano, primer ministro sunita y presidente del parlamento chiíta. Este reparto se hizo sobre la base de un censo de 1932, que es el que se mantiene vigente. El acuerdo de Taif de 1989 –también auspiciado por el imperialismo–, que puso fin a 15 años de guerra civil libanesa, no tocó este sistema.

Muchos de los dirigentes parlamentarios actuales son miembros de las mismas familias que dominaban las diferentes agrupaciones políticas en 1943. Un proceso que ha dado lugar a una casta política parásita y corrupta que saquea a manos llenas la riqueza del país.

Un movimiento revolucionario que refleja cambios profundos en la conciencia

Las movilizaciones que se están desarrollando no tienen precedentes, ni en la extensión geográfica ni en lo que reflejan en cuanto a la transformación de la conciencia. Se calcula que han participado en torno a un 30% de la población libanesa por todo el país: una muestra de ello fue la cadena humana de 171 kilómetros de norte a sur convocada el 28 de octubre. Las protestas, paros, manifestaciones, cortes de carreteras, etc., se llevan a cabo de forma ininterrumpida desde el 17 de octubre.

 “El pueblo quiere la caída del régimen”, la histórica consigna de la primavera árabe es también la principal reivindicación de la revolución libanesa. Y precisamente esta consigna es la que ha unido a trabajadores, pobres, jóvenes desempleados, mujeres…, de todas las confesiones en un único movimiento. Es la primera vez que esto ocurre. En los últimos años se han producido luchas importantes en Líbano. Pero o bien las diferentes organizaciones conseguían imponer su línea sectaria (como Hezbolá en 2006-08) o quedaban aisladas en Beirut (como el levantamiento de 2015 por la recogida de basuras).

En el último año, fruto de la situación económica cada vez más difícil y también de la influencia de los procesos en otras partes del mundo, se han desarrollado movilizaciones en Líbano que rompían con el sectarismo. En diciembre de 2018, al calor de los “chalecos amarillos” franceses, se produjeron manifestaciones similares en Líbano, que culminaron en la convocatoria de una huelga general el 4 de enero de este año.

Esta rebelión también ofrece muchas lecciones a debates recurrentes acerca de la “baja conciencia revolucionaria”, “el papel de la clase obrera” o su supuesta “debilidad”. Líbano es un país urbano, el 90% de la población vive en ciudades, y desde hace meses asistimos a luchas obreras en ascenso que en el actual contexto se han extendido y pueden convertirse en la punta de lanza del movimiento. El movimiento obrero ha jugado un papel central en las huelgas generales convocadas el 21 de octubre y el 4 de noviembre, y en los numerosos paros que se han producido en diferentes sectores en el transcurso de estas semanas.

Este es el país de la división sectaria más refinada, organizada legalmente a lo largo de décadas. Y la única fuerza que ha sido capaz de poner todo ese entramado en tela de juicio ha sido la movilización de masas, armada con los métodos de lucha clásicos de la clase obrera: la huelga, las asambleas, la paralización del país hasta conseguir la caída del régimen.

Líbano, punto clave del enfrentamiento entre las potencias

Hace apenas unas semanas se producía el último intercambio de misiles entre Israel y Hezbolá. Líbano ha sido durante décadas escenario de los enfrentamientos entre las diferentes potencias regionales y un punto clave también para el imperialismo estadounidense. Al igual que en Iraq, el movimiento de masas ha encendido las alarmas a todos los implicados y todos van a intentar sacar partido de lo que está ocurriendo: EEUU, Israel y Arabia Saudí intentarán socavar la fuerza de Hezbolá –la principal fuerza organizada en Líbano, fortalecida por la guerra en Siria– y por extensión de Irán. Incluso Rusia, con un papel cada vez más destacado en Oriente Medio, puede intentar rentabilizar esa posición que ha ganado en la zona.

Por otro lado, todos están interesados en la formación rápida de un nuevo gobierno, no quieren ver bajo ningún concepto una victoria del movimiento revolucionario. Es algo que pudieron evitar en 2011 y que intentarán evitar ahora.

Retroceso del Gobierno y dimisión de Hariri

Después de una semana de protestas, Hariri ofreció un paquete de medidas para “satisfacer a la población”: reducción del 50% de los sueldos a los ministros, una ley “para devolver el dinero público robado” y cuestiones similares. Algo que llegaba tarde y que nadie se creía. Unos días después, el 29, Hariri presentó su dimisión. Esto, en lugar de poner fin a las protestas, fue recibido en las manifestaciones por la consigna principal del movimiento: “¡Todos significa todos!”, no habrá tregua hasta la caída de todo el régimen.

En este momento el gobierno está en funciones hasta que se forme uno nuevo. Aún no está claro quién lo encabezará. A pesar de todo el entramado sectario del gobierno y el aparato del Estado, había un Gobierno prácticamente de unidad nacional. Lo sintomático es la resistencia a la convocatoria de nuevas elecciones y a la renuncia de Hariri, en primer lugar de Hezbolá. La organización chií, aliada de Irán, sostuvo su influencia en el pasado presentándose como la “organización de los pobres chiítas”. Sin embargo, en el momento en que estalló el movimiento revolucionario, su dirigente Nasralá ha sido el más beligerante en llamar públicamente a abandonar las protestas, incluso sus milicianos se han enfrentado a los manifestantes mostrando el carácter reaccionario de la organización y dejando en evidencia que sus posiciones no son más que demagogia populista.

Una alternativa revolucionaria para luchar por el socialismo

Si bien la clase obrera ha jugado un papel central, el movimiento muestra debilidades que es necesario superar. El hecho de que ninguna de las organizaciones tradicionales haya dirigido, ni siquiera apoyado, las movilizaciones han hecho más difícil al Estado controlarlas, y es un síntoma de la falta de autoridad de un sistema político podrido. Pero, a la vez, esto debe abrir paso a la construcción de una fuerza política revolucionaria genuina, armada con el programa del marxismo internacionalista. Cuanto más tarde en levantarse más margen de maniobra tendrán los adversarios de la revolución en descarrilar la lucha de las masas.

La experiencia del primer estallido de la Primavera Árabe es muy clara al respecto. La enorme fuerza del movimiento revolucionario que derribó en escasos veinte días la dictadura de Mubarak en Egipto en 2011 fue insuficiente para derrocar el sistema capitalista en que se sustentaba, que sí fue capaz de recuperarse y aplastar la revolución con el golpe de Al Sisi.

La oligarquía libanesa, sus diferentes variantes sectarias, y el imperialismo van a maniobrar de todas las formas posibles para descarrilar la lucha del pueblo libanés. Tienen experiencia y organizaciones preparadas para ello. Está por ver qué ocurre con el nuevo Gobierno, cómo se desarrolla, quién lo encabeza, pero ya tienen un objetivo claro: aplastar el levantamiento por todas las vías posibles.

La solidaridad internacionalista con el pueblo del Libano es más necesaria que nunca. Y la primera tarea es contribuir a que esta rebelión cuente con un partido revolucionario, basado en la clase obrera, la juventud y los oprimidos, la única fuerza que se ha demostrado capaz de poner patas arriba el régimen capitalista libanés. Un partido que sea capaz de ponerse al frente de la población para derrocar a la oligarquía, que logre la expulsión del imperialismo y la expropiación de las palancas fundamentales de la economía bajo el control democrático de la población. De esta manera, un gobierno de los trabajadores podría comenzar la transformación socialista de la sociedad y tendría un efecto formidable en todo Oriente Medio y el mundo árabe, unificando la lucha de los oprimidos de Libano, Iraq, Sudán o Argelia.


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