El pasado 11 de noviembre moría en París a los 75 años, Yasir Arafat. Encarcelado en su cuartel general de la Mukata durante los últimos tres años, sin poder mover un dedo sin permiso israelí, humillado sistemáticamente y finalmente muerto lejos de sEl pasado 11 de noviembre moría en París a los 75 años, Yasir Arafat. Encarcelado en su cuartel general de la Mukata durante los últimos tres años, sin poder mover un dedo sin permiso israelí, humillado sistemáticamente y finalmente muerto lejos de su patria entre fundadas sospechas de haber sufrido un envenenamiento, su situación era una triste metáfora de la sufrida por su pueblo durante décadas.

Desde entonces muchos han sido los análisis realizados, pero en los medios de comunicación se ha impuesto una tesis que podemos resumir con la portada de El País del día 12: “La muerte de Arafat abre nuevas vías para la paz en Oriente Próximo”. La evidente irracionalidad de este titular no ha sido óbice para que analistas, editores, tertulianos y demás mercenarios de la pluma hayan continuado cacareando como loros semejante sandez. También la bolsa de Tel-Aviv acogió la noticia con subidas del 10%.

Dicha interpretación no hace sino hacerse eco de las tesis sionistas que responsabilizan a los propios palestinos de su situación de opresión. Esta tesis sólo tiene un objetivo: favorecer que el sustituto sea alguien del gusto de Israel y USA, alguien dispuesto a llevar hasta el final el camino iniciado en Oslo por el propio Arafat, el camino que conduce a la renuncia definitiva de los derechos democráticos nacionales del pueblo palestino.

El proceso de paz de los 90

Arafat ha muerto como mártir de su pueblo. Las muestras de afecto hacia su líder y dolor por su muerte vistas en su entierro reflejan que todavía gozaba de una importante base de apoyo. Sin embargo, el callejón sin salida en el que actualmente se halla el pueblo palestino es, en buena parte, responsabilidad directa del propio Arafat. No tenemos espacio para analizar el conjunto de su trayectoria política, por eso nos detendremos más en lo acontecido en la última década, cuando la incapacidad de la dirección de la OLP para conseguir la liberación nacional y social de su pueblo ha sido más evidente.

El llamado proceso de paz de los 90 estaba abocado desde el principio a la actual situación. Iniciado tras el fin de la Guerra del Golfo, en su origen confluyeron varios factores. El imperialismo americano inauguraba su escenificación del “nuevo orden mundial” y presionaba a Israel para apaciguar un conflicto de décadas que amenazaba con hacer estallar el proyecto de estabilización bajo su control de una zona clave para EEUU. Por otra parte, la burguesía israelí buscaba dar una salida a la primera Intifada iniciada en 1987 que llevaba a una continua sangría de recursos para mantener el control militar de territorios que, en casos como el de Gaza, tenían escaso valor. Así mismo la Intifada provocaba una crisis permanente por la simpatía que despertaba en el interior de la sociedad israelí. De otro lado, Israel buscaba también el reconocimiento de los países árabes y con ello jugosos beneficios para una burguesía que aspira a dominar la región mediante el comercio en mercados hasta entonces vedados por cuestiones políticas.

El otro factor decisivo que marcó el inicio del proceso fue la bancarrota política y económica de la OLP. Política, pues tras varios años de Intimada, al no ser capaz de dar una dirección consecuente al movimiento su desprestigio aumentaba en el interior de los territorios ocupados. Económica, pues al haber apoyado a Iraq en la guerra del Golfo se quedó sin los suculentos fondos que recibía de los reaccionarios regímenes árabes, como el de Arabia Saudí. Arafat protagonizó una huida hacia delante firmando unos acuerdos que le permitieron, a un terrible precio, ofrecer ilusión a una cansada población palestina.

En estas condiciones lo que en los medios de comunicación se nos presentó como una negociación entre iguales no fue sino la aplicación progresiva del programa que el imperialismo USA e Israel han trazado para la zona, ante la impotencia de una claudicante Autoridad Palestina (AP) (gobierno de la autonomía concedida a partir de 1993).

Hacia el abismo

Mientras Israel (tanto con gobiernos laboristas como del Likud) continuó con su política de asentar colonos en Cisjordania y de cerrar sus fronteras a los trabajadores palestinos, hundiendo la economía palestina, la AP se dedicó a centrar todas sus esperanzas en la mediación del imperialismo USA y Clinton. Esta estrecha visión llevó inevitablemente a que todo saltase por los aires. Las ilusiones que las negociaciones generaron en 1991 se agotaron entre la población palestina. Las críticas aumentaron hacia una AP envuelta en casos de corrupción y enriquecimiento de sus miembros y que para más inri se había convertido en la policía del imperialismo encarcelando a los sectores críticos con los acuerdos.

Por eso cuando se llegó a la discusión sobre el estatuto final en Camp David (julio de 2000), Arafat no pudo firmar. Su firma hubiera sido su sentencia de muerte ante una población harta de humillaciones. La generosa oferta de Clinton y el antiguo primer ministro laborista Barak, consistía en reconocer una ficción de “Estado” palestino independiente. Sería un Estado compuesto por cuatro pedazos de territorio de Cisjordania (entre el 80% y el 90% del total del territorio) más Gaza. Un Estado sin continuidad territorial entre sus partes, donde las comunicaciones entre ellas estarían sometidas al control israelí. Este Estado no compartiría fronteras con ningún país vecino, es decir estaría totalmente rodeado por Israel. La mayoría de asentamientos serían anexionados a Israel, quedando para debate que hacer con 40.000 colonos que quedarían dentro del “Estado palestino”. En esta generosa propuesta no había ninguna concesión sobre Jerusalen y una negativa en redondo a que pudieran volver los refugiados, con el compromiso de compensaciones económicas para algunos de ellos.

Como vemos, el Estado palestino que estaría dispuesto a reconocer la burguesía israelí no sería más que un conglomerado de guetos separados por colonias, carreteras y tropas israelíes.

Con este panorama tarde o temprano tenía que estallar la tormenta. La pobreza, rabia y humillación acumuladas por la población palestina estallaron en la segunda Intifada tras la provocación que el líder del Likud, Sharon, organizó en la Explanada de las Mezquitas en septiembre de 2000.

La segunda Intifada

Desde entonces cuatro años de lucha y represión han transcurrido. Sharon, amparado en la cruzada antiterrorista de Bush, puso sus cartas sobre la mesa. Aniquilar cualquier poder de la Autoridad Palestina, descabezar la Intifada, sembrar la desmoralización mediante la represión salvaje, seguir incorporando a Israel tierras de los territorios ocupados mediante el levantamiento de un vergonzoso muro de separación y acabar con Arafat buscando un sustituto que estuviese dispuesto a traicionar las legítimas aspiraciones palestinas.

Sin embargo estos planes han chocado con la voluntad de resistencia del pueblo palestino.

La muerte de Arafat no elimina ningún obstáculo. La segunda Intifada se dio no gracias a Arafat sino a pesar suyo. Si por él hubiese sido se hubiera continuado el camino de la negociación sin lucha. Israel le exigía en público el desarme de la intifada, pero le dejaba en la práctica sin ninguna autoridad o poder real para hacerlo. Arafat era el Bonaparte patético de la situación, oscilando continuamente entre los sectores partidario de mantener la Intifada y los liquidacionistas. Sus vínculos con el movimiento le hacían comprender que plegarse sin más a los designios USA significaría ponerse la soga al cuello, política y personalmente. Por esto Arafat no era de fiar para Israel, como cínicamente señalaba Simon Peres en su artículo Sobre Arafat “mantuvo vivos para el pueblo palestino sueños y esperanzas que no tenían cabida en este mundo. No abrió el camino para el proceso doloroso pero necesario por el que tiene que pasar toda persona y nación, el de dejar atrás los sueños de grandeza que solo traen desdicha...” (El País, 12 de noviembre).

En otras palabras, la burguesía israelí era consciente de que el historial de Arafat, sus raíces entre el movimiento, hacía muy difícil que aceptase las vergonzosas condiciones que le proponían como solución final a décadas de conflicto.

¿Y ahora qué?

El pequeño problema de Sharon es que la muerte de Arafat no resolverá absolutamente nada. Al contrario. No hay ni un solo líder palestino con la autoridad que tenía Arafat. La batalla por su sucesión se ha abierto. El candidato de Al Fatah a las programadas elecciones de enero es Mahmud Abbas, más conocido como Abu Mazen. Fue primer ministro de la ANP durante cuatro meses y el encargado de sentar las bases par la aplicación de la Hoja de Ruta, fracasando estrepitosamente. En nuestro periódico de septiembre de 2003 hacíamos la siguiente valoración: “es el hombre de la CIA y el imperialismo en el gobierno palestino. Su misión es la de desarmar la Intifada y preparar el terreno para vender las aspiraciones nacionales y democráticas del pueblo palestino. Esto lo entiende bien la población. Arafat mantiene un 27% de popularidad, el jeque Yasim, de Hamas, un 25%, Barguti, líder de Al-Fatah y la Intifada encarcelado, un 20% y Abu Mazen un pírrico 3%”.

No hay motivo para cambiar una sola coma. Abu Mazen es el candidato moderado que buscaban Israel y el imperialismo. Sin embargo su margen de maniobra es mínimo. Su apoyo entre la población es muy reducido, con lo cual, si finalmente ganase se encontraría con la misma contradicción con la que se encontró Arafat en julio de 2000. La paz que ofrece Israel es la paz de los cementerios, una paz a cambio de concesiones inasumibles para el conjunto del pueblo palestino.

El hecho de que Marwan Barguti, máximo dirigente de Al-Fatah en Cisjordania, encarcelado a perpetuidad en una cárcel israelí por su papel de dirección en la Intifada, anunciase su candidatura a las presidenciales (aunque finalmente fuese obligado a retirarla), refleja la desconfianza hacia Abu Mazen de los sectores que están protagonizando la lucha contra Israel. Ya veremos que ocurre, ni siquiera es seguro que Israel deje que las elecciones se celebren.

Lo que la trayectoria política de Arafat deja meriadianamente claro es que la liberación nacional del pueblo palestino jamás vendrá de negociaciones, supuestamente amparadas por el imperialismo USA o europeo, y de un programa exclusivamente nacionalista. La lucha por la liberación nacional va de la mano de la lucha por la liberación social. En el marco del capitalismo lo máximo a lo que los palestinos pueden aspirar es a un estado títere, (sobre una cuarta parte del territorio de la Palestina histórica) sin control de sus fronteras, con una economía dependiente del imperialismo y la burguesía israelí, con cuatro millones de compatriotas sin volver jamás del exilio. Ni Mazen, ni menos aún los reaccionarios de Hamas, pueden ofrecer una salida. Es tarea de la izquierda sacar las lecciones del fracaso de Arafat y dotar a la Intifada de una perspectiva socialista. De lo contrario la pesadilla puede continuar décadas.