Las movilizaciones contra la guerra que se vienen sucediendo desde el mes de febrero, han marcado un punto de inflexión en toda la historia mundial y también en la del Estado español. No se puede encontrar ninguna comparación posible con esta marea hLas movilizaciones contra la guerra que se vienen sucediendo desde el mes de febrero, han marcado un punto de inflexión en toda la historia mundial y también en la del Estado español. No se puede encontrar ninguna comparación posible con esta marea humana de millones de personas que manifiestan en los cinco continentes su oposición a la carnicería imperialista.

Es imposible entender lo que está ocurriendo sin valorar que, en la década de los noventa, la clase trabajadora y la juventud de todo el mundo ha sufrido en sus carnes una ofensiva brutal por parte de la burguesía. El boom económico de la década pasada o, como los teóricos del capital lo denominaron, nuevo paradigma económico se sustentó en una extorsión salvaje de la fuerza de trabajo: prolongación de las jornadas laborales, incremento de los ritmos de trabajo, reducción de salarios, precarización del empleo a una escala desconocida, privatizaciones masivas de empresas públicas, recortes de gastos sociales. Es decir un trasvase constante de plusvalía de la clase obrera a los bolsillos de los grandes capitalistas y los monopolios. Este proceso se dio con la aquiescencia de los dirigentes reformistas de los sindicatos y los partidos tradicionales de la izquierda, que colaboraron puntualmente en esta política de “modernización” y “realismo”. Durante años las trompetas de Jericó sonaron para los capitalistas: parecía que su victoria era completa y definitiva. Derribado el muro de Berlín, con el estalinismo enterrado, la amenaza de la revolución se suponía desterrada para siempre. Eso es lo que parecía.

Tan solo los marxistas dimos una explicación coherente a lo que estaba sucediendo. No era la primera vez que acontecimientos de esta naturaleza se producían. Sin embargo el topo de la historia continuaba realizando su trabajo, de forma discreta pero constante. Tras la aparente calma que se vivía en la superficie de la sociedad se estaban fraguando contradicciones colosales. Ahora tenemos la respuesta a todos estos años de ataques y pérdida de derechos. La oleada revolucionaria en América Latina, las huelgas generales que movilizan a millones de trabajadores en Europa, y el enfrentamiento interimperialista por cada pedazo del mercado mundial, con su consiguiente reguero de inestabilidad política, diplomática y finalmente militar, es la mejor prueba de lo que decimos.

Frente a las opiniones de los escépticos, de los quemados, de los que han abandonado vergonzantemente las filas de la lucha por una sociedad mejor, la irrupción de las masas en la escena ha cambiado de arriba abajo la situación. ¡Que tremenda lección! Nadie lo esperaba y menos que nadie los imperialistas y la burguesía. El péndulo ha girado a la izquierda con una fuerza atronadora y esto sólo es el principio.

Hecatombe para la derecha

León Trotsky señaló que la revolución es la irrupción de las masas en la política, decididas a tomar en sus manos su propio destino. Las movilizaciones antiguerra que han congregado a millones de trabajadores y sus familias, a millones de jóvenes, a capas de la población que jamás habían participado antes en demostraciones de este tipo, son un anticipo de cómo será la revolución. Y esto que decimos no es ninguna frase para la galería. Sectores de la clase dominante han percibido las graves consecuencias de estos acontecimientos y miran con preocupación sombría el futuro.

La guerra es un negocio para los capitalistas y una escuela muy seria para las masas, solía decir Lenin. Esta guerra de rapiña ha conmocionado la conciencia de millones pero, además, ha revelado el auténtico funcionamiento del capitalismo, siempre oculto por una muralla de prejuicios e instituciones aparentemente democráticas y prejuicios.

Esta guerra ha puesto de manifiesto que la opinión de millones de personas no valen nada cuando los intereses de la burguesía están en juego. El desprecio, la mentira, el engaño y la demagogia se han convertido en la divisa de la clase dominante en general y de la española y del PP en particular. ¿Se puede ser más cínico que Aznar y sus ministros cuando se declaran contrarios a la guerra y al tiempo ponen todos los medios para que la maquinaria bélica estadounidense asesine impunemente miles de mujeres, niños y hombres inocentes en un país hundido por décadas de conflictos bélicos y bloqueo económico? ¿Por qué se escandalizan Aznar o Rajoy cuando millones de gargantas les llaman asesinos?

La derecha ha mostrado su auténtica naturaleza. Los herederos políticos de la dictadura franquista habían tratado el país como su cortijo privado y ahora están recibiendo una lección que no van a olvidar. Años de ataques a los trabajadores, a los estudiantes, a los jornaleros, de decisiones que han recortado brutalmente los derechos democráticos, tienen su continuidad en su posición servil ante el imperialismo norteamericano.

Algunos se preguntan las auténticas razones que han llevado a Aznar y el PP a esta posición en la guerra. En realidad hay varios factores de peso. Lógicamente Aznar tiene afinidades ideológicas muy estrechas con la derecha del Partido Republicano de George W. Bush. Son las famosas convicciones que han esgrimido tanto en estos días. Por otro lado, como suele suceder en la historia, el aparato político del PP se ha elevado tanto por encima de la sociedad que ha perdido el contacto real con ella. Pensaban sinceramente que su postura iba a ser comprendida o cuando menos tolerada por la mayoría. Este error de fondo también lo cometieron con la huelga general del 20-J. Miden a los trabajadores y a los jóvenes por la mediocre oposición que ofrecen los dirigentes reformistas de la izquierda, sin entender que los auténticos sentimientos de la clase obrera no tienen nada que ver con la oposición de terciopelo que venían practicando los sindicatos y el PSOE. También existen otros motivos: Aznar y la burguesía española están enfrentados a Francia por el control de los recursos energéticos del Magreb y piensan, equivocadamente, que una oscilación hacia EEUU les puede garantizar protección en esta lucha por los mercados del norte de África. También creen, y esto si que es patético, que recibirán compensaciones económicas importantes con la reconstrucción de Iraq que pudieran paliar la perdida de los fondos de cohesión que reciben de la UE. Por último, los deseos de Aznar de entrar en la historia, o llevar a España a la primera división de las naciones como ha señalado este estadista sin par, también juegan un papel.

En cualquier caso toda esta estrategia va a servir para lo contrario a lo que fue diseñada. Conducirá al PP a una hecatombe electoral y a una crisis brutal en las filas de la derecha y de la burguesía. Algunos ven esto claro, como el presidente del gobierno navarro y dirigente de UPN (Unión del Pueblo Navarro), Miguel Sanz, que ha participado en concentraciones contra la guerra; como Pedro J. Ramírez, director de El Mundo, que se ha convertido milagrosamente, de la noche a la mañana, en un pacifista extremadamente crítico con el gobierno; y otros como Pastor Ridruejo, ideólogo del PP que ha declarado su disconformidad con esta estrategia. La crisis del PP, contenida a duras penas por la dirección nacional, se acelerara en las próximas semanas, con más voces críticas y más deserciones de concejales.

La derecha está aislada, contestada y es combatida en la calle. Todos los esfuerzos del PP por desviar la atención con campañas estridentes reclamando solidaridad por las “agresiones a sus sedes” o el boicot a sus actos electorales, olvidando la represión policial de las manifestaciones que ha dejado cientos de heridos; o con intentos todavía más demagógicos de presentar mociones en los ayuntamientos a favor de la ilegalización de Batasuna, no les van a servir. El desplome electoral es una perspectiva que cada vez cobra más fuerza como la traducción inevitable de este clamor popular.

Luchar contra la guerra imperialista, luchar por el socialismo

La guerra imperialista contra Iraq marca un antes y un después. Ésta es la auténtica cara del capitalismo: la extrema violencia ejercida contra un pueblo indefenso. Miles de toneladas de explosivos van a arrasar Iraq dejando un saldo de decenas de miles de muertos. Pero el odio contra el invasor, lejos de remitir, crecerá como demuestra la heroica resistencia del pueblo iraquí frente a la maquinaria militar del imperialismo.

La guerra también está enseñando a toda una generación que detrás del entramado parlamentario, electoral, institucional, se esconde otro poder, el auténtico, el que decide las cosas serias que afectan a la vida de millones. La fachada de la democracia burguesa, que en realidad esconde una férrea dictadura del capital, ha recibido un duro golpe en el desierto iraquí.

La lección es clara: si queremos acabar con las guerras, inevitables bajo el capitalismo, la tarea es luchar contra el sistema que las genera. Hoy es la guerra imperialista en Iraq, pero todos los días es la guerra no declarada contra los trabajadores, los parados, los millones de niños obligados en los países pobres a trabajar para las multinacionales, los pueblos devastados de todo el mundo. Es la guerra de clases que deja a su paso miles de millones de pobres, de marginados y desheredados.

Nuestro pacifismo no tiene nada que ver con las declaraciones filisteas a favor de un orden internacional que es el de los capitalistas, o en defensa de una ONU que es una hoja de parra tras la que esconden sus intereses los imperialistas. Nuestro pacifismo es socialista y tiene un lema: Si quieres la paz, lucha por el socialismo. Si quieres la paz, hay que desarmar a la burguesía y eso supone el derrocamiento revolucionario del capitalismo, para poner bajo control democrático de los trabajadores las palancas decisivas de la sociedad, de la economía, de la política y de la cultura. Sólo expropiando a los grandes monopolios, a la banca y los terratenientes, para establecer una auténtica democracia obrera basada en una economía planificada socialista terminaremos con esta pesadilla belicista, y los pueblos tendrán auténtica libertad. En la lucha contra la guerra es más necesario que nunca levantar la bandera del socialismo internacionalista, la única bandera que puede traer la fraternidad a los pueblos y un mundo en paz.

¡Únete a los marxistas de El Militante para luchar por una sociedad sin guerras: la sociedad socialista!