El FSLN decidió enseguida que la economía se mantuviera mixta, sin dejar espacio a ningún debate entre campesinos y trabajadores sobre los asuntos mayores de la revolución. El dirigente sandinista y ministro del gobierno Jaime Wheelock declaró el 21 de agosto 1979 al diario francés Le Monde que se oponía contundentemente a: “...todos aquellos que quieren acelerar la evolución del régimen de Nicaragua”. En el mismo sentido iba la actuación del otro dirigente sandinista y ministro del interior Tomás Borge. El comandante Humberto Ortega declaró: “La reconstrucción nacional debe servir para pasar a una etapa superior del desarrollo político y social, sin la cual no podría haber en Nicaragua una futura sociedad democrática liberal o de otro tipo […]Nosotros definimos que [la reconstrucción nacional] es una etapa de la revolución democrático-popular” (diario Granma, 2 de septiembre de 1979).

El imperialismo podía relajarse: el peligro había pasado. Para asegurar el resultado burgués de la revolución, muchos dirigentes socialdemócratas de peso habían aterrizado en el aeropuerto de Managua: Felipe González del PSOE español a la cabeza (31 de julio), los ‘socialistas’ franceses, Mario Soares del Partido Socialista Portugués, la socialdemocracia sueca y belga, la SPD alemana, los dirigentes reformistas italianos del Partido Comunista, etc. La socialdemocracia internacional garantizó y organizó la recolección de préstamos en Europa para que Nicaragua pudiera cumplir con la deuda externa. Un ejemplo de internacionalismo reformista al servicio del gran capital. Enseguida llegó el reconocimiento de la OEA y detrás el dinero desde Venezuela, Costa Rica, Panamá, Europa; empezaron a llegar buques de comida y medicamentos desde los mismos EEUU.

Pocas semanas después de la huída de Somoza el imperialismo había comprendido claramente los mensajes amistosos del FSLN y suspiraba aliviado desde su posición de debilidad. Jimmy Carter dijo el 11 de septiembre de1979: “Estoy satisfecho con el gobierno nicaragüense”, mientras el Subsecretario de Estado Warren Christopher anunciaba el día siguiente al diario El Espectador de Bogotá: “El Gobierno del Presidente Jimmy Carter pidió al Congreso una ayuda de 11 millones de dólares para Nicaragua, al fin de reforzar la política moderada y pluralista de su nuevo gobierno revolucionario. La orientación del Gobierno, como se ha revelado por su política inicial, ha sido en general moderada y pluralista y no marxista o cubana”. El 28 de octubre de 1979 apareció hasta el fantasma-ONU con su resolución que exhortaba a la solidaridad económica con Nicaragua.

Como explicamos al principio del documento la revolución consiguió avances considerables en el terreno social. Pero a diferencia de la Revolución Cubana, gran parte de la economía fue dejada en manos de las multinacionales (como los colosos americanos General Mills y Exxon, el segundo más grande del mundo en aquellos años) y de la burguesía nicaragüense. El plan económico sandinista, llamado ‘Plan de Lucha’ explicaba: “Nos ponemos el objetivo de regular la participación en el desarrollo de nuestro país de los capitales extranjeros de otros Estados y de empresas privadas en el contexto de una economía mixta, la cual ofrece espacio al funcionamiento de las empresas de ambos sectores de propiedad popular y privados que respondan a los intereses del desarrollo nacional”. Hablando en plata, el ‘Plan de Lucha’ admitía el control imperialista de sectores muy importantes de la economía.

En resumidas cuentas: los Sandinistas habían golpeado a la burguesía arrebatándole buena parte del poder político, pero habían dejado en sus manos un arma decisiva para socavar las conquistas de la Revolución Nicaraguense. Mientras el gobierno subsidiaba a los privados recortandoles hasta los impuestos para obtener su benevolencia y cooperación, ellos boicoteaban la economía y apoyaban logisticamente a los Contras.

El sector público significó el 14% del PNB en 1977 y creció hasta el 41% en 1980 tras algunas expropiaciones, pero 6 años después de la revolución (en 1985) el país funcionaba al ritmo de tan sólo el 60% de la capacidad productiva. En 1981 los intereses sobre la deuda exterior se comieron el 40% de los ingresos de las exportaciones. La estrechez de la base productiva de un país tan pequeño como Nicaragua, con menos habitantes que las metrópolis de Caracas o La Habana, era una realidad que imponía una verdadera iniciativa revolucionaria como la expulsión de la burguesía y una federación económica y socialista con Cuba para poder empezar un desarrollo real. Pero Moscú y La Habana consideraron la Revolución nicaraguense como una cuestión interna de los Sandinistas y aprobaron sin reservas la política económica del FSLN.

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