La nueva operación de Chávez y las elecciones del 7 de octubre

Las elecciones primarias de la oposición venezolana celebradas el 12 de febrero marcan el inicio de la nueva batalla electoral entre revolución y contrarrevolución, que culminará en las presidenciales del 7 de octubre. Según la contrarrevolucionaria Mesa de la Unidad Democrática (MUD) participaron 3.059.000 de electores y el vencedor, Henrique Capriles Radonsky, habría conseguido un triunfo arrollador con más de 1.900.000 votos. Distintos dirigentes bolivarianos han denunciado que estos datos habrían sido inflados en al menos un millón de votantes, aprovechando la ausencia de máquinas captahuellas y otros mecanismos utilizados habitualmente para garantizar la limpieza de los procesos electorales. De hecho, ante el requerimiento de que se hiciesen públicos los cuadernos de votación, la MUD decidió quemarlos.

 

La derecha está a la ofensiva

Desde que la oposición anunció la realización de primarias para designar un candidato unitario que enfrente a Chávez el próximo 7 de octubre, no había que ser ningún lince para comprender que no lo hacían por amor a la democracia, sino para montar un gran show que anime a sus bases. Para ello eran objetivos evidentes una participación alta y una victoria arrolladora que infunda cierta aureola de líder a Capriles, por el que han apostado los sectores decisivos del imperialismo y la oligarquía venezolana. Éste, que participó en el golpe contrarrevolucionario de 2002, ha adoptado un discurso demagógico, llamando a la reconciliación, declarándose progresista y centrándose en los problemas sociales, intentando confundir a los sectores más desencantados de las masas.
Frente a esta ofensiva de la derecha la gran mayoría de dirigentes bolivarianos parecen más preocupados por cuántos votos de clase media movilizan los opositores y por ofrecer “garantías” a estos y tranquilizar a los empresarios que por responder a las demandas y necesidades de los millones de trabajadores, campesinos y jóvenes que apoyan al presidente Chávez y la revolución desde hace años. Entre estos, el descontento ante el mantenimiento de la economía en manos de los capitalistas y la actuación cada vez más abiertamente contrarrevolucionaria de la llamada “derecha endógena” (o quinta columna) es cada vez más amplio. Como muestran los resultados de las últimas convocatorias electorales y en particular de las legislativas de 2010 cuando, aunque el PSUV obtuvo más escaños, por primera vez la suma de todos los votos de los partidos contrarrevolucionarios logró superar a al PSUV y sus aliados.
Incluso si los contrarrevolucionarios de la MUD hubiesen movilizado realmente a tres millones de votantes en las primarias (algo que tampoco sería tan sorprendente ya que en diferentes elecciones han reunido más de cinco millones), el problema no es éste, sino cómo volver a movilizar a los más de 7 millones que votaron por Chávez en 2006, e incluso más, frenar la tendencia hacia la abstención en las zonas obreras y populares manifestada en las últimas convocatorias electorales.
Este objetivo sólo se puede lograr enderezando el rumbo de la revolución y basándose en la organización y movilización de la clase obrera para acabar con la burocracia: dando respuesta a las decenas de colectivos obreros, campesinos y populares que llevan meses exigiendo mejoras salariales que palien una inflación que terminó 2011 en un 27%, frente al 25% previsto, acumulando ya un 150% de aumento en los últimos tres años. O aprobando en todas las empresas públicas (la mayoría de las cuales llevan años sin discutir el convenio colectivo) contratos que garanticen los derechos y salarios. Acabando con la impunidad con que criminalizan las luchas obreras y populares y la organización sindical de los trabajadores no sólo ante los empresarios privados y multinacionales (como Mitsubishi, Toyota y otros muchos), sino también ante los gerentes de las empresas e instituciones del Estado, ofreciendo vivienda y empleo digno para todos, garantizando un verdadero control obrero… Si la revolución diera respuesta inmediata a las necesidades de su propia base poco importaría lo que hiciese la oposición, la victoria el 7 de octubre sería aún más arrolladora que en diciembre de 2006.

La clave está en resolver
los problemas de las masas

Pese al malestar y desánimo que genera entre las masas la actuación contrarrevolucionaria de la burocracia,  la revolución sigue teniendo un apoyo mayoritario y las masas siguen diferenciando entre Chávez —a quien siguen viendo masivamente como un líder honesto que las despertó a la vida política consciente— y la mayoría de quienes le rodean. Lo más probable es que incluso sectores que se abstuvieron en otras elecciones se movilicen el 7 de octubre y puedan garantizar una nueva victoria revolucionaria.
Un aspecto importante será la política que desarrolle el gobierno bolivariano en los próximos meses. Chávez ha lanzado nuevas misiones, incrementado el gasto social para este año y ha planteado un nuevo intento de regular el precio de algunos productos. Estas medidas pueden ayudar a la victoria pero mientras se mantenga el capitalismo y la burocracia, cada medida que  intente responder a las masas seguirá viéndose limitada y saboteada, y no podrá resolver de manera definitiva sus problemas.
El debate acerca de la Nueva Ley Orgánica del Trabajo (LOT) marcará un jalón importante para el futuro de la revolución. Chávez prometió recuperar derechos de los trabajadores perdidos después de que la CTV (el sindicato en manos de la contrarrevolución) aceptase un pacto con la burguesía en los años 90, que significó un retroceso histórico en pensiones y otros aspectos, y que en doce años de revolución todavía no se han restablecido. También ha planteado acabar con la tercerización [utilización de empresas subcontratadas]. Pero esto sólo es posible mediante una lucha decisiva contra la burocracia y los empresarios. El Estado, a través de las empresas públicas, alcaldías, gobiernos regionales y ministerios, es el “empleador” con más trabajadores en precario.
Los trabajadores venezolanos piden desde hace años participar en la elaboración de esta ley y que ésta signifique un cambio drástico en las condiciones laborales, la incorporación inmediata de todos los tercerizados a las plantillas y el fin del empleo precario en el sector público y privado, la reducción de la jornada laboral sin rebaja salarial, la inclusión del control obrero en la ley y que ésta suponga un paso decisivo para acabar con una economía y un Estado capitalistas, y construir una economía y sociedad socialistas dirigidas por los trabajadores y los demás sectores oprimidos. Pero, hasta ahora, cada vez que la presión de las bases ha planteado estos objetivos, la dirección bolivariana ha vacilado y finalmente se ha quedado a medio camino, intentando contentar a trabajadores y empresarios.
Durante los últimos meses varios dirigentes chavistas, incluido el propio Chávez, han hecho declaraciones en el sentido de que una de las reivindicaciones más sentidas como la reducción de jornada laboral a 6 horas sin salarial (algo que se incluía en la reforma constitucional de 2007) es imposible y hay que aumentar la productividad “trabajando más”. Tanto esto como la tendencia creciente del gobierno a calificar protestas y luchas que expresan el descontento e impaciencia de las bases (cortes de tráfico, huelgas en empresas públicas, etc.) como contrarrevolucionarias, representa un grave error. Ceder a la presión de los sectores derechistas del movimiento bolivariano y de los empresarios significaría un nuevo golpe a la moral de las bases revolucionarias.

La lucha entre la burocracia
y los revolucionarios
en el campo bolivariano

La nueva operación a la que ha tenido que enfrentarse el presidente Chávez y su ausencia del país por un tiempo no determinado ha vuelto a sembrar preocupación entre las bases. La oposición contrarrevolucionaria, con su cinismo y desprecio habitual por el sentir del pueblo y la vida humana, celebra cada noticia negativa respecto a la salud del presidente e intenta utilizar la enfermedad de éste para recuperar la iniciativa y golpear la moral de las masas. Entienden que sin Chávez, o con éste limitado, sus objetivos pueden verse facilitados por dos vías. La primera y más evidente la desaparición o menor protagonismo de un líder carismático con el que no pueden competir a la hora de ganar la simpatía de las masas. La otra, más sutil, que la derecha del movimiento bolivariano, con un Chávez ausente o gravemente mermado en sus facultades, pueda imponerse y empujar al PSUV y la revolución definitivamente hacia la derecha y descarrilarla.
La quinta columna burocrática enquistada en el chavismo también está intentando aprovechar la enfermedad del presidente para pasar a la ofensiva. Durante los meses de enfermedad de Chávez, aprovechando sus ausencias y su menor actividad por las operaciones, la quimioterapia y los períodos de reposo, han estrechado el anillo burocrático alrededor de Chávez intentando separarle de las bases, presentando cada reivindicación o protesta de éstas como contrarrevolucionaria. Existe una clara campaña para criminalizar e intentar marginar a los sectores de izquierda del movimiento revolucionario que luchan contra el burocratismo y exigen que la revolución resuelva de una vez los problemas de las masas.
En el caso, que obviamente ningún revolucionario desea, de que la enfermedad obligase a Chávez a reducir de manera significativa su participación, los sectores burocráticos y reformistas pasarán a la ofensiva contra las aspiraciones revolucionarias de las bases de un modo aún más claro. Desde el principio de este proceso revolucionario existe un sector derechista dentro del propio chavismo que vería con buenos ojos algún tipo de acuerdo o pacto con el sector supuestamente más moderado, o menos radical, de la contrarrevolución para frenar la revolución y renunciar a cualquier tentación de romper con el capitalismo.
El gobernador de Barinas y hermano del presidente, Adán Chávez, ha denunciado recientemente que hay muchos Judas Iscariote dentro de la revolución. Todo indica que con el argumento de la unidad los sectores más derechistas de la burocracia ya están planteando un cierre de filas y promoviendo la idea de que cualquier crítica a sus políticas y actuaciones favorece a la contrarrevolución. Antes o después es inevitable una lucha entre el ala izquierda y el ala derecha del movimiento bolivariano. Hasta ahora la táctica de la quinta columna ha sido esconderse, repitiendo el discurso de Chávez y haciendo todo lo contrario. Pero la situación de crisis del capitalismo mundial y agudización de la lucha de clases la empuja a tener que mostrar su verdadera cara e intenciones y enfrentarse a las bases revolucionarias.
La lucha no ha terminado, apenas está empezando. El único modo de ganarla es que las organizaciones más a la izquierda de la clase obrera (la UNETE, el movimiento por el control obrero, etc.) propongan un plan de acción y un programa que unifique todas las luchas y reivindicaciones obreras y populares y movilice a las masas en la calle contra la burocracia, permitiéndoles desplegar toda su fuerza y agrupar a todos los oprimidos para romper el control que actualmente siguen manteniendo los burócratas y capitalistas sobre el estado y la economía, desarrollar el control y el poder obrero y establecer un verdadero estado  socialista y una economía planificada democráticamente que satisfaga las necesidades sociales.


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