El 4 de febrero, coincidiendo con la visita de los representantes de la troika a Atenas para supervisar las medidas tomadas para hacer efectivo el tercer “rescate”, tuvo lugar la tercera huelga general contra el gobierno de Syriza. Entre las nuevas medidas se encuentran el enésimo recorte de las pensiones, el aumento de la edad de jubilación, la bajada del subsidio del gasóleo a los agricultores, el aumento de los intereses del 3 al 5% para la población con deudas, o la privatización y entrega al capital extranjero de prácticamente todos los bienes del Estado, empezando por el principal puerto comercial del país, El Pireo, que ya está en manos del grupo chino Cosco Limited con el 51% de las acciones.

El acuerdo con la troika obliga a Grecia a crear un fondo de privatizaciones cuyos ingresos solo podrán ser utilizados para hacer frente al pago de la deuda. Pero, por si fuera poco, el gobierno de Syriza ha aprobado los desahucios de primera vivienda para quien no pueda pagar la hipoteca.

Brutal reforma de las pensiones

La reivindicación central de esta huelga ha sido el rechazo a la durísima reforma de las pensiones. De llevarse a cabo significaría una subida de las cotizaciones de los trabajadores y un nuevo recorte de 1.800 millones de euros en esta partida (el equivalente al 1% del PIB), tras once recortes consecutivos desde 2010 que las han hecho caer un 40%. Todo ello en un país donde la fuente principal de ingresos del 51,8% de las familias son las pensiones.
La huelga, que ha incorporado a nuevos sectores, ha sido un completo éxito, y ha tenido un seguimiento masivo: parálisis total del transporte, apoyo del 95% en el sector privado, e incorporación masiva del pequeño comercio con una participación del 90%, que no se movilizaba desde hacía años. También han parado los taxistas, abogados, médicos, agricultores, profesores, portuarios... La Federación de Marinos amplió la huelga a 48 horas. Los agricultores, uno de los sectores más golpeados (con una subida del impuesto sobre la renta del 13% al 26%, y de sus cotizaciones del 7% al 27%), llevan semanas realizando cortes de carretas y realizaron una marcha a Atenas el 13 de febrero. El descontento social y la capacidad de lucha de los trabajadores se han puesto también de relieve en las enormes manifestaciones celebradas en las principales ciudades, siendo la más masiva la de Atenas con cerca de 100.000 personas, según los sindicatos. Entre las consignas y gritos coreados en las calles y recogidos por los medios de comunicación se encontraban: “tenéis que retirar la reforma de pensiones o marcharos”, “os votamos para salvarnos, no para que acabéis con nosotros” o “pensiones de 300 euros a los 80 años, ¡eso es el capitalismo!”.
Y todo ello en un clima de efervescencia y movilizaciones sectoriales que no ha cesado desde que se convocara la primera huelga general el pasado 12 noviembre, con un fuerte impacto especialmente en el sector público, y que ya reunió a 40.000 manifestantes en Atenas.

El movimiento obrero se recupera de la traición

Apenas un año después de la histórica victoria electoral de Syriza en Grecia y tras cortar en seco las expectativas de una transformación social profunda con su claudicación vergonzosa y vertiginosa ante los grandes poderes económicos (consumada tras el referéndum del 5 de julio), Tsipras se ha encontrado con la fuerza, la determinación y la movilización de los trabajadores, la juventud y los oprimidos griegos, que no están dispuestos a resignarse y aceptar sin más las mismas políticas de empobrecimiento masivo que aplicaron el PASOK y la derecha durante los últimos seis años.

Con la convocatoria de elecciones anticipadas el 20 de septiembre Tsipras tenía dos objetivos fundamentales: laminar la oposición interna en Syriza, suficientemente amplia como para crear dificultades a sus planes de recortes, y legitimar “democráticamente” su giro a la derecha. Syriza consiguió una victoria indiscutible (35,47%), más de siete puntos por encima de Nueva Democracia. Ahora bien, muy relevante fue la abstención sin precedentes (rozando el 44%), la pérdida de 325.000 votos respecto a enero —el 14,5% de su electorado— y que a diferencia del triunfo obtenido nueves meses antes, festejado con entusiasmo dentro y fuera de Grecia, el 20S predominó una atmósfera de desencanto. Como dijimos en su momento interpretar esta victoria como un respaldo a su brutal giro a la derecha poco tenía que ver con la realidad. Un amplio sector de la clase trabajadora optó por el mal menor, en unas circunstancias críticas en las que no vio una alternativa mejor. Syriza ganó a pesar de esta traición histórica, no gracias a ella. Esa victoria no significaba el fin de la movilización, aunque esta podría tardar más o menos en recuperar el vigor anterior debido al impacto que supuso la traición de Tsipras.

Frente único para luchar contra los recortes

Ahora es fundamental dar continuidad al éxito de la huelga del 4 de febrero, planteando un plan de movilización ascendente hasta echar atrás los recortes y la defensa de un programa de ruptura con el capitalismo, que defienda el rechazo al pago de la deuda, la anulación de todos los compromisos con la troika, la nacionalización de la banca y de las grandes empresas bajo control democrático de los trabajadores y un llamamiento internacionalista a la clase obrera europea para formar una Federación Socialista de Pueblos de Europa. Todas las fuerzas de la izquierda, empezando por el KKE y Unidad Popular (la escisión de Syriza), tienen que formar un frente único para poner en práctica estas dos tareas fundamentales, impulsando asambleas y comités en todos los barrios, en las fábricas y en los centros de estudio. También hay que apelar a la base de Syriza, que ha participado masivamente en la huelga general del 4 de febrero. Eso implica que hay que cortar de raíz con el sectarismo —que ha impedido que el KKE avance más—. También es fundamental evitar la indefinición o la ambigüedad a la hora de defender una alternativa a los planes de la troika. Muchas de las medidas propuestas por los dirigentes de Unidad Popular en las elecciones del 20 de septiembre eran positivas (no al Memorándum, no al pago de la deuda ilegítima...) pero estaban desligadas de una estrategia clara de ruptura con el capitalismo, de una alternativa socialista para Grecia y para Europa, y de un plan de organización y movilización que lo acompañara. Además, los principales dirigentes formaron parte del gobierno hasta agosto, cuando el giro a la derecha era evidente, sin diferenciarse con la nitidez y contundencia necesaria y sin apelar en ningún caso a la movilización de los trabajadores con un plan concreto de lucha. Estas carencias le restaron coherencia y credibilidad.

La frustración de la perspectiva de un cambio social profundo (el 85% de la población está insatisfecha y el 71% de los votantes de Syriza, decepcionados) favorece las condiciones políticas para que en el medio plazo la derecha y la ultraderecha aumenten su apoyo (encuestas de enero dan por primera vez ventaja a ND sobre Syriza). El hecho de que los neonazis de Amanecer Dorado se hayan afianzado como tercera fuerza política (7%) es una seria advertencia. Si continúa el hundimiento de la economía, el crecimiento del desempleo y la miseria; si las clases medias empobrecidas que han apoyado a Syriza viven la frustración de sus expectativas, y la crisis de los refugiados continúa sin solución en una sociedad duramente golpeada; en definitiva, si no se produce una salida revolucionaria a esta situación de descomposición la reacción puede ampliar su base social. Pero hoy por hoy la correlación de fuerzas sigue siendo claramente favorable a la clase obrera y a la transformación socialista de la sociedad. Es importante aprovechar al máximo este nuevo impulso de la movilización para construir una alternativa marxista y revolucionaria.

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