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Más que nunca, es imprescindible un programa socialista

La tragedia siria se mantiene y profundiza. Al enorme coste en vidas humanas (se calcula en 80.000, 8.000 de ellas niños, y se prevé llegar a 150.000 este año), hay que sumar la impresionante cifra de refugiados externos (millón y medio, de los cuales un millón corresponde a lo que llevamos de año), que se hacinan sin apenas medios en Turquía, Jordania, Irak y Líbano; la paralización casi absoluta de la producción industrial y del sector primario; y el hambre que persigue a sectores importantes de las masas. La internacionalización del conflicto también se agrava, desestabilizando el Líbano. Todas las potencias, de la zona y mundiales, quieren sacar su tajada, aunque a la vez dudan sobre cómo hacerlo y discuten entre ellas. Como ejemplo de ello, mientras Estados Unidos (junto a Rusia) está en vísperas de reunir en Ginebra (por primera vez) a Gobierno y rebeldes, buscando un acuerdo, la Unión Europea decide levantar el embargo de armas a éstos a partir de agosto.

Tras dos años de guerra civil, no se vislumbra a corto o medio plazo el triunfo de ninguno de los dos bandos. En las últimas semanas los enfrentamientos se centran en la localidad de Kusair, cercana a la frontera libanesa. El asedio de la ciudad, en manos rebeldes, ha acabado con su toma, presuntamente de forma completa, según anuncio del Gobierno; esto le permitiría desbloquear el tránsito de armamento para la defensa de la región de Damasco, obviamente clave para la pervivencia del régimen bonapartista burgués de Bashar Al-Assad. La debilidad de éste se refleja bien en que ha necesitado la intensa participación de la milicia chií libanesa Hezbolá en la batalla (30 milicianos murieron).

Las tropas rebeldes controlan la mayoría del interior rural de Siria, así como gran parte del noroeste, en torno a Alepo. La gran batalla sobre esta ciudad (la segunda más grande) se mantiene (con diferentes ritmos) desde el verano pasado, manteniendo los batallones agrupados en el Ejército Libre Sirio (ELS) el control de la mayor parte (estas siglas no parecen representar a un ejército disciplinado, sino más bien es una etiqueta popular con la que se identifican casi todos los batallones). En cuanto a la zona de Damasco, los rebeldes consiguieron el control de gran parte de los suburbios y aldeas cercanas, e incluso pudieron atacar el centro administrativo de la capital, pero la resistencia feroz del régimen, aniquilando barrios enteros, les obligó a retroceder.

La revolución árabe, en el origen de la insurrección

Para entender la estabilización de la guerra hay que entender cómo empezó todo. Como en tantos otros países árabes, el eco de la revolución iniciada en Túnez fue un impulso para expresar el descontento latente entre las masas. Los avances conseguidos tras el golpe de Estado baasista de 1970 y la nacionalización de gran parte de la economía fueron en buena medida revertidos en la última fase del mandato de Hafez Al-Assad (padre del actual dictador), y en el de Bashar, gran impulsor de la apertura al capital extranjero (y al imperialismo USA, con el que ha llegado a acuerdos). El régimen baasista fue progresivamente sustituyendo su principal sostén político: en la medida que disminuían las mejoras sociales, aumentaba la represión pura y dura. No hay que olvidar que el inicio de la insurrección siria fue el implacable machaque de quince niños, culpables de hacer una pintada en Deraa, donde pedían libertad y la caída de Al-Assad; fueron detenidos, torturados con picanas, violados, castrados. La manifestación en la ciudad, exigiendo su liberación, dio lugar a la primera matanza: el régimen respondió con las balas de un comando antiterrorista movilizado desde Damasco en helicópteros. La idea, tan difundida por ciertos medios de izquierda, de que la única motivación y origen de la oposición siria es el intento del imperialismo por acabar con un régimen socialista (curiosamente, la Constitución del año pasado eliminó cualquier referencia al socialismo y a la unidad de la nación árabe, reconociendo a la vez todo tipo de garantías para la inversión privada), es falsa de cabo a rabo. Hay gente que es capaz de ver las más inauditas confabulaciones y complots, unas veces reales, otras increíbles; pero es incapaz de imaginar que las masas se movilicen por propia iniciativa, sin que detrás esté ninguna mano oscura

La oleada de manifestaciones en la primavera y verano de 2011 fue respondida de igual forma, con una criminal represión. Las filas del ELS se nutren de miles de afectados, directa o indirectamente, por la respuesta sangrienta del régimen. Sin embargo, el odio hacia éste no es suficiente para garantizar su caída. El programa social y político que un Ejército rebelde adopte es clave en un sentido u otro, incluso más que el armamento o la estrategia militar. La clave del triunfo de la guerra campesina en China o Vietnam, o de la resistencia en Yugoslavia y otros países europeos (en la Segunda Guerra Mundial), no fue el insuficiente armamento e instrucción, fue el reparto de tierras entre los campesinos e incluso la expropiación (en la práctica) de la industria. Pero la resistencia siria ha adolecido de un programa socialista, que implica el control de la economía por parte de los trabajadores, campesinos, etc., al servicio de elevar sensiblemente el nivel de vida de las masas. La puesta en práctica de ese programa exige, a su vez, un llamamiento claro (y medidas prácticas consecuentes) a la unidad de la clase obrera y el resto de oprimidos, por encima de banderas nacionales y religiosas. Precisamente Siria (a diferencia de, por ejemplo, Líbano) es un país donde la integración nacional era fuerte (con la excepción de la minoría kurda, localizada en el nordeste) y la diferenciación religiosa muy relativa, quedando en gran parte la religión relegada al ámbito familiar y personal.

Sin embargo, el vacío no existe, y la falta de un programa de clase ha dado el protagonismo a ideas y métodos reaccionarios. La cortedad de miras de muchos dirigentes de los rebeldes (“sólo queremos que caiga la dictadura”), les lleva inevitablemente a caer en los brazos de diferentes potencias imperialistas, y en el sectarismo. La gravísima simplificación de que “hay que liberar la mayoría suní de la dictadura de la minoría alauita” inevitablemente lleva a promover o al menos aceptar los atentados terroristas que están realizándose en zonas de mayoría alauita, y a fomentar las ideas reaccionarias de los wahabíes y salafistas (integristas suníes). De hecho, el peso de los fundamentalistas es cada vez mayor, no sólo por el protagonismo criminal de la banda Al Nusra (fusionada con al-Qaeda), sino por la hegemonía ideológica del islamismo en el ELS y los organismos políticos de la oposición. Evidentemente, el discurso sectario suní, no sólo aleja a las masas alauíes del apoyo a los rebeldes, sino que no ayuda a que el grueso de las otras minorías (drusos, cristianos, chiíes, refugiados palestinos…) se implique en la lucha. Incluso ha habido graves enfrentamientos con milicias kurdas por el control del Kurdistán sirio. Pero no sólo eso. Muchos habitantes suníes también han tenido la experiencia negativa de los métodos y políticas reaccionarias de diferentes ejércitos rebeldes en amplias zonas, y en la ciudad de Raka (la más importante de entre las que controlan totalmente); los enfrentamientos entre diferentes batallones, la arbitrariedad en la toma de decisiones, y en muchos casos la imposición de la sharia o ley islámica, y la represión de la mujer, chocan frontalmente con las aspiraciones de las masas de un profundo cambio social. En Alepo ha habido protestas contra los saqueos de casas por parte de milicianos.

Hacia la internacionalización de la guerra

Los grandes enemigos de la revolución árabe (y de la revolución en general), la clase dominante de Arabia y Katar, de Turquía, de Estados Unidos y la UE, se presentan como los “amigos de la resistencia siria”. USA permite el envío de armas de la península arábiga al ELS, Turquía también arma a través de la frontera, e incluso hay bastantes indicios de la llegada de armamento norteamericano desde Jordania. Pero esas armas no son a cambio de nada, o mejor dicho a cambio sólo de dinero. El imperialismo pretende controlar la situación y mejorar sus posiciones en la zona, bien obligando a Assad a hacerles más concesiones, bien sustituyendo su régimen por uno en principio más dúctil (lo cual estaría por ver, porque está descartado ningún régimen estable, incluso no se podría descartar la división del país). El régimen sirio, también busca sus propios aliados, en potencias imperialistas no menos reaccionarias. Básicamente, Irán y Rusia, que también arman a su Ejército.

Turquía está amenazando con la intervención en la zona norte de Siria, aunque necesitaría presentarla como defensiva (y esto es difícil), para poder esconder sus intereses imperialistas. El 11 de mayo un coche bomba mató a 46 personas en el pueblo turco de Reihanli, un salvaje atentado del que el Gobierno islamista de Erdogan acusó al de al-Assad. Independientemente de quiénes fueron los autores, es evidente que le viene muy bien a Erdogan para intentar doblegar la masiva oposición de las masas turcas a una posible guerra. En Irak las tensiones sectarias van a más (en mayo ha habido unos 500 muertos), producto de los atentados terroristas y de la oleada represiva del Gobierno de mayoría chií (culpable de la muerte de 200 manifestantes, mayoritariamente suníes, cerca de Kirkuk); los acontecimientos en Siria pueden agudizar este proceso. Pero el canal por el que más fácilmente el conflicto sirio puede traspasar sus fronteras en estos momentos es Líbano. Se trata de un país (artificialmente separado de Siria, en su momento, por el imperialismo francés y británico), de gran pluralidad religiosa, que ha sido históricamente ensangrentado por los enfrentamientos sectarios estimulados desde las altas oficinas de París, Washington, Tel Aviv o Teherán. En estos momentos la tensión en este pequeño país es máxima. Los combates callejeros en Trípoli (segunda ciudad libanesa), entre sunitas y alauíes, han causado, en una sola semana, 30 muertos; cuatro soldados acaban de morir en un ataque desde el otro lado de la frontera líbano-siria; y varios misiles han caído en barrios chiíes de Beirut, feudos de Hezbolá, mientras éste se implica cada vez más en la defensa del régimen de Al-Assad. El Gobierno, que integra en equilibrio precario a los principales partidos confesionales (cristianos, suníes y chiítas), podría romperse en cualquier momento, y una vuelta a una guerra civil como la de 1975-90 no se puede descartar.

La implicación de la potencia militar más fuerte de la zona, Israel, Israel, es un factor de mayor desestabilización. Su militarista clase dominante pretende sacar partido de la situación, aprovechando para debilitar lo más posible a Hezbolá –que fue capaz en 2006 de echar a las tropas sionistas fuera del sur del Líbano-, con esa sutileza propia de la burguesía israelí: como un elefante loco en una cacharrería. Las continuas incursiones aéreas sionistas en Damasco y otras zonas, bombardeando diferentes instalaciones, teóricamente para evitar el traspaso de armamento químico a Hezbolá, no sólo aporta un poco más al drama del pueblo sirio, sino que también contribuye más a la extensión del conflicto. Si el sionismo continuara por ese camino, la situación podría desbordarse por completo, lo que evidentemente no interesa al imperialismo USA.

Divisiones entre los imperialistas

En estos momentos el imperialismo está absolutamente dividido. Un sector de los imperialistas estadounidenses, comandado por el estratega Zbigniew Brzezhinski, es partidario de intervenir en Siria con cuidado, indirectamente, ya que “el conflicto sirio es una guerra sectaria en una región volátil”. Se trataría de apoyar, sobre todo con dinero y diplomáticamente, a los sectores más proimperialistas de los rebeldes sirios, mientras se presiona a Assad para que se retire y se pueda llegar a algún tipo de acuerdo. Lo podemos llamar el modelo Yemen. Tienen miedo a fomentar en exceso a bandas islámicas que más tarde puedan rebelarse contra los intereses americanos. Claro que la división entre proimperialistas (“moderados”) e “integristas radicales” es bastante fina, y muchas veces depende de quién pague mejor en un determinado momento… De hecho, la gran mayoría de los políticos y militares conectados al imperialismo juegan la baza del discurso islamista. De momento, Obama parece seguir esta táctica. Esto es lo que está detrás de la convocatoria de la II Conferencia de Ginebra que, por primera vez, va a reunir a Gobierno y oposición sirios, con el patrocinio de USA y Rusia. El problema es que es demasiado tarde para llegar a un acuerdo: Al-Assad ha demostrado que prefiere morir matando, antes que abandonar el poder; y el odio hacia él de la mayoría de la población es demasiado grande como para no considerar traidor a cualquiera que pacte con él.

La otra postura es la del congresista republicano John McCain, favorable a una intervención clara y decidida, eso sí, sin despliegue de soldados estadounidenses. Es decir, armamento masivo, entregado de forma abierta, a los rebeldes, y cobertura aérea. La mejor forma –considera- de mantener el ascendiente sobre éstos es empujarles a sustituir a El-Assad y después cobrar los servicios prestados. El modelo Libia. Claro que esto también tiene sus peros. El peligro más claro es apuntalar de esta forma, no sólo a Al Nusra-Al Qaida, sino a otras bandas armadas que según las tan variables circunstancias pueden desarrollar intereses contrapuestos; es decir, Estados Unidos no puede controlar un inexistente Ejército disciplinado, sometido a su exclusiva influencia, sino que se vería obligado a poner orden en una maraña de bandas, muchas de las cuales se pueden vender al mejor postor (y no sobran patrocinios en la zona)… Por otra parte, aunque los bombardeos aéreos del imperialismo pueden ayudar mucho, técnicamente hablando, al avance de los rebeldes, también puede tener contraindicaciones, en el sentido de permitir al régimen de El-Assad utilizar con más éxito la bandera anti-imperialista, y estimular la resistencia de sectores de las masas. Por último, sería difícil conseguir que las tropas turcas e israelíes no quieran sacar provecho de la situación, y más aún impedir la ruptura de Líbano.

Al imperialismo británico y al francés se les ve más decididos en cuanto a Siria. Ondean la denuncia de los criminales ataques con gas sarín de las tropas del régimen (curioso: ¡los mismos que han callado ante la utilización del mismo gas en Palestina!) para empujar a Estados Unidos. Francia (esta vez con Gobierno socialista) continúa con la misma política que con respecto a Libia: es favorable a la intervención inmediata, directa… pero que sean los americanos los que la lideren…  Laurent Fabius, el ministro de Exteriores, lo dejó claro: “Francia no resolverá la situación por sí sola”. También el belicista canciller británico, David Cameron, tuvo que matizar que no propone “que haya botas británicas que pisen suelo sirio”. Al parecer, nadie se atreve a enfrentarse a movimientos de masas en sus propios países, todos quieren que sean otros los que manchen sus botas de sangre… pero todos quieren también el botín.

El último paso en aumentar el intervencionismo, con la ayuda militar directa a los rebeldes, es el reciente comunicado del Consejo Europeo de Exteriores (los ministros europeos del ramo), amenazando con la retirada del embargo de armas a Siria (es decir, la venta de armamento al ELS) el 1 de agosto, si no hay un acuerdo. Sin embargo, incluso este acuerdo, logrado por los pelos, es muy pacato, ya que realmente implicaría permitir el traspaso de armamento “para la protección de civiles” a los sectores “moderados” de la oposición… Más bien parece un intento de presionar en las conversaciones de Ginebra. Un intento frustrado: ni a Al-Assad le interesa ceder –ahora que recupera posiciones-, ni tampoco a los rebeldes (¿para qué?, si la alternativa es acceder a más armamento).

De manos del imperialismo, de las diferencias potencias que como alimañas se lanzan sobre el herido cuerpo del pueblo sirio, del Gobierno baasista que prefiere masacrar a éste antes que ceder un milímetro, no puede venir nada por lo que valga la pena luchar. Por no hablar de los reaccionarios islamistas de cualquier rama. Sólo la clase obrera puede liderar una oposición realmente revolucionaria, antiimperialista, al podrido régimen de Al-Assad. Sólo ella puede dirigir al resto de los oprimidos, no para un nuevo reparto entre los imperialistas, no para una nueva opresión, no para sustituir ninguna opresión nacional por otra de signo contrario, sino para compartir las riquezas de toda la zona, expropiando a la clase dominante, controlando democráticamente las industrias, las tierras, unificando toda la región en una federación socialista. La toma del poder por parte de los oprimidos, en Turquía, Egipto, Túnez o cualquier otro país, sería un potente foco de luz en el túnel en que se encuentra la revolución en Siria.