La contradicción entre las enormes expectativas de cambio social generadas por el gobierno de Lula y la continuidad de la política económica neoliberal, que ha caracterizado los ocho meses que lleva en el poder, está creando un ambiente político y soLa contradicción entre las enormes expectativas de cambio social generadas por el gobierno de Lula y la continuidad de la política económica neoliberal, que ha caracterizado los ocho meses que lleva en el poder, está creando un ambiente político y social cada vez más tenso en Brasil.

Hasta el momento, los únicas medidas realmente efectivas del gobierno han sido las encaminadas a garantizar el cumplimiento de las exigencias del FMI y la tranquilidad de los inversores internacionales. La primera ha sido la reforma de las pensiones, aprobada ya en el Congreso y sólo pendiente del visto bueno en el Senado. Es un ataque a los derechos de los funcionarios, que han protagonizado las primeras luchas de carácter nacional contra medidas del gobierno. Este último ha utilizado los privilegios de una minoría de los funcionarios para intentar desprestigiar al conjunto de los funcionarios ante el resto de la sociedad. Aunque la medida no está definitivamente aprobada, parece que en este primer enfrentamiento contra un sector social que ha contribuido a la victoria del PT, el gobierno saldrá con la suya.

La táctica del gobierno parece clara: aprovechar su tremendo respaldo social para tomar medidas que los anteriores gobiernos de la derecha no se atrevieron a dar. En la agenda está un reforma laboral, la independencia del Banco Central y la ya puesta en marcha reforma fiscal.

Crisis económica

En contraste, el plan Hambre Cero, buque insignia de los planes sociales de Lula, así como la ansiada reforma agraria, están teniendo más de palabras que de hechos. Lula justifica esta situación argumentando que después de una etapa de ajuste y estabilización, en la que Brasil quede definitivamente apartado el camino que siguió Argentina hace muy poco, vendrá un periodo de crecimiento y reparto de la riqueza. El problema es que, sin romper con la dinámica que impone el capitalismo, la justicia social no llegará nunca. Pesa a toda la “ortodoxia” del ministro de Hacienda Pallocci, el principal abanderado de la continuidad de la política económica, Brasil se encuentra en la práctica, en recesión. El PIB del segundo trimestre cayó un 1,6% en relación al primero, que ya había caído un 0,6%. En realidad, “éxitos” como la contención la inflación, están relacionados con una caída brusca de la demanda interna. En el segundo trimestre el consumo ha caído un 7,1%. También ha habido una drástica caída del poder adquisitivo de los salarios (17% en el primer semestre), así como una subida del desempleo, sobre todo en el sector industrial. De los inversores internacionales Pallocci ha recibido muchos aplausos, pero la inversión está cayendo de forma pronunciada.

Incluso los analistas más optimistas, confiados en una estabilización de la situación económica en el segundo semestre, nadie cree que el PIB de 2003 supere el 1% y muchos no se atreven a descartar un año de recesión. Las primeras cifras que se están desvelando de los presupuestos generales de 2004, el primer presupuesto elaborado por el gobierno de Lula, parecen indicar que la política de ajuste va a continuar.

Críticas cada vez más extendidas

Pese al enorme apoyo de Lula, la estricta política de ajuste fiscal (cuyo objetivo es cumplir con los acuerdos llegados con el FMI) y la perspectiva de que ésta no sea “transitoria” sino definitiva, aplazando indefinidamente el cambio social tan esperado, las tensiones son cada vez mayores, reflejándose en divisiones en la esfera dirigente del PT. A principios de septiembre la dirección del partido sancionó a ocho diputados federales por su abstención durante las votaciones de la reforma de las pensiones. Otros tres diputados serán expulsados, también por haberse opuesto a esa reforma. Estos hechos son muy significativos de un ambiente de cuestionamiento cada vez más mayor a la política económica del gobierno. Las críticas, más o menos veladas, muchas veces en forma de queja respecto al retraso que está sufriendo la política social del gobierno, está encontrando eco en cargos públicos importantes del PT, incluso de sectores afines a la política de moderación que ha adoptado el partido en los últimos años. Recientemente, un grupo de más de 200 economistas firmó un manifiesto público contrario a la política económica del gobierno, muchos de ellos economistas del PT. La crítica también se está arreciando por parte de los dirigentes de la CUT (principal central sindical, ligada ideológica e históricamente al PT), que están teniendo que pasar por una incómoda situación a consecuencia de la reforma de las pensiones.

En el campo hay un ola creciente de ocupaciones por parte de los campesinos del MST. De enero a agosto se han producido 171 ocupaciones de tierra, superando con creces la cifra de 103 alcanzada el año pasado. La victoria de Lula supuso una señal inequívoca para millones de pobres del campo: por fin tenían un gobierno “suyo” después

de décadas de injusticia y represión brutal. Sin embargo el gobierno ni siquiera ha empezado a discutir públicamente su proyecto de reforma agraria. El objetivo para el 2003 era de asentar a 60.000 familias, sin embargo, hasta agosto, la cifra era de 5.000. La timidez del gobierno en resolver una de las cuestiones decisivas en Brasil, el país que tiene la distribución de la tierra más injusta del mundo, como es la Reforma Agraria, no ha evitado que los terratenientes estén revitalizando organizaciones ultra reaccionarias como la UDR, organizando contramarchas a las promovidas por el MST, fortaleciendo su ejército de sicarios, etc... Hasta agosto han sido más de veinte los asesinatos producidos en el campo. La reciente detención de Rainha, uno de los líderes históricos del MST, también es sintomática de la enorme tensión que se está acumulando.

Perspectivas

Tenemos que estar muy atentos a lo que ocurra en Brasil en los próximos meses, cuyos acontecimientos tendrán enorme efecto en América Latina y en todo el mundo. Si Lula opta por seguir en la misma línea —y a corto plazo todo indica que está apostando fuertemente por seguir en esa dirección—, a pesar de la creciente oposición interna y social, es inevitable que tarde o temprano se desate una crisis muy seria en el PT, probablemente afectando de lleno a su actual dirección. Otra posibilidad es que, producto de las presiones de su propia base social, y ante el fracaso de la política de equilibrio fiscal para siquiera mejorar la coyuntura económica, Lula introduzca “correcciones”. En ese caso, probablemente serían correcciones tímidas, con efectos sociales muy limitados y sin cuestionar las bases del sistema capitalista. Sin embargo, pequeños cambios y gestos —como podría ser la dimisión del Pallocci, la introducción de algún tipo de control cambiario o algún roce serio con el FMI— podrían tener enormes consecuencias políticas en la medida que serían interpretados por millones de trabajadores, campesinos y jóvenes como el inicio del anunciado y esperado profundo cambio que el gobierno de Lula iba a propiciar. Eso podría animar a la participación, introduciendo un nuevo elemento clave en la situación. De momento, la enorme polarización social y política se ha expresado en el terreno electoral, pero tarde o temprano se trasladará a la calle y al campo. Ya estamos viendo los primeros síntomas. Esa es la dinámica que todos quieren evitar pero al final la realidad social y económica entrará en colisión con la idílica hoja de ruta que ha trazado Lula y la dirección del PT.