Perspectivas para la economía mundial

La crisis devastadora que corroe el capitalismo no es fruto de una pandemia difícil de controlar. Sus causas se han fraguado durante la última década y son el resultado de la dictadura del capital financiero y su recetario de austeridad y recortes. La desigualdad pavorosa, la desaparición creciente de las redes de protección social creadas por las luchas obreras, y una polarización social y política sin precedentes desde los años treinta del siglo XX, responden al salto cualitativo que han sufrido las contradicciones del sistema y a la pérdida de su equilibrio interno.

Los Gobiernos capitalistas y las instituciones financieras miran con asombro los datos e ignoran la dirección que tomarán los acontecimientos. Están perplejos y llenos de incertidumbre. A pesar del sólido apoyo que les proporcionan los dirigentes socialdemócratas y las nuevas formaciones de la izquierda reformista, temen nuevas explosiones revolucionarias que desborden los diques de contención que han levantado. Esta es la causa de sus insistentes llamadas a la “unidad nacional” mientras afilan cuidadosamente los cuchillos.

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Los Gobiernos capitalistas y las instituciones financieras miran con asombro los datos e ignoran la dirección que tomarán los acontecimientos. Están perplejos y llenos de incertidumbre

No es una exageración lo que decimos. Chile, Bolivia, Perú, Costa Rica, Guatemala, Colombia, Tailandia, Indonesia, India, Nigeria, Sahara, Bielorrusia, Polonia, Francia, EEUU…en todas estas naciones se han producido levantamientos populares y revolucionarios, huelgas generales o movilizaciones de masas que han derribado gobiernos, desbaratado los planes del imperialismo o colocado en la picota la agenda racista, de recortes y austeridad. Y todo esto en plena pandemia.

La situación objetiva se ha complicado mucho para la burguesía. En otras condiciones históricas, un desplome económico de la envergadura que vivimos conduciría a una guerra abierta entre las potencias. Aunque una perspectiva semejante está descartada por el riesgo de destrucción mutua, la lucha descarnada por el control de los mercados, de las materias primas, de la tecnología y las áreas de influencia se agudizará, haciendo inevitables nuevos conflictos militares regionales aún más devastadores.

En su informe de otoño, el FMI ofreció unas proyecciones para el conjunto de 2020 calamitosas: EEUU registrará una caída del PIB del 4,3%; Alemania del 6%; Francia del 9,8%; Italia  del 10,6%; Gran Bretaña del 9,8%; Estado español del 12,8% y el conjunto de la zona Euro del 8,3%. En Asia, Japón retrocederá un 5,3% y la India el 10,3%. La contracción en África y será más acusada todavía: el PIB de Nigeria y Sudáfrica, caerá un 4% y 8,3% respectivamente. En cuanto a Latinoamérica se desplomará en 2020 el 8,1%, y el número de personas bajo el umbral de la pobreza pasará de 185 a 231 millones, y en la pobreza extrema de 68 a 96 millones (CEPAL).

Según la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, la inversión extranjera directa (IED) a escala mundial se redujo a la mitad en el primer semestre de 2020 respecto a los seis primeros meses del año pasado, pero mientras el retroceso en EEUU y en Europa fue de un 61% y 29% respectivamente, en China fue solo de un 4%. China atrajo inversiones extranjeras por un total de 76.000 millones de dólares durante este período, mientras que Estados Unidos lo hizo por un valor de 51.000 millones.

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Según la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, la inversión extranjera directa (IED) a escala mundial se redujo a la mitad en el primer semestre de 2020

China está resistiendo mejor el embate de la crisis, mostrando las ventajas que ha acumulado frente a EEUU y Europa. Este es un hecho político y económico de trascendencia, y marca una dinámica histórica solo comparable al proceso de transformación que atravesó EEUU entre la primera guerra mundial y la conclusión de la segunda para convertirse en la potencia capitalista hegemónica.

Si hay pocas dudas de que el capitalismo de Estado chino no podrá escapar a las tendencias recesivas generales, y menos cuando se trata de una potencia netamente exportadora, sí puede defenderse más eficazmente porque dispone de un músculo productivo altamente competitivo, y cuenta con unas reservas de divisas y un superávit comercial muy superiores al resto de las naciones. EEUU sufrió duramente las consecuencias del crack de 1929, pero eso no impidió que su economía se fortaleciese respecto a los competidores de su época.

Según datos oficiales, la economía china creció un 4,9% en el tercer trimestre de este año, la única de las grandes potencias que lo hizo en términos interanuales. Según el informe de otoño del FMI, China acabará 2020 con un crecimiento del 1,9%, y Goldman Sachs prevé que se expandirá en 2021 un 7,5%.

El rebote que pronostica el FMI para el próximo año aleja a todas las economías de la visión optimista del mes de marzo, la famosa recuperación en V. EEUU crecerá un 3,1%, Alemania un 4,2%, Francia un 6%, Italia un 5,2%, Gran Bretaña un 5,9%, el Estado español un 7,2%, Japón un 2,3, e India un 8,8%. Tasas que no compensarán las caídas abruptas de este año.

Lo más significativo es que estos datos soslayan variables que el propio FMI reconoce posibles, como un nuevo recrudecimiento de la pandemia o el desplome del sistema financiero y bursátil por la enorme burbuja especulativa generada en estos años. Así se reconoce en su informe de otoño: “La incertidumbre en torno a la proyección de base es inusitadamente aguda. El pronóstico se basa en factores económicos y de salud pública que son inherentemente difíciles de predecir (…) Otra fuente de incertidumbre es la magnitud de los efectos generados por la debilidad de la demanda, la disminución del turismo y de las remesas. Un tercer conjunto de factores tiene que ver con el ánimo de los mercados financieros y sus implicaciones para los flujos internacionales de capital...”.[1]

El retroceso de la actividad en todos los ámbitos, especialmente acusado en la industria[2] y los servicios, se suma al de los intercambios comerciales que, según las previsiones de junio de la Organización Mundial del Comercio (OMC), podían caer en 2020 entre un 13% y un 32%. Todos estos elementos dan una idea de la envergadura de la crisis de sobreproducción.

La caracterización desde el punto de vista marxista es clara: la economía mundial atraviesa una grave depresión que se puede prolongar por bastante tiempo.

El mecanismo de la acumulación en la era de la decadencia capitalista

La economía ha podido sortear precariamente el colapso gracias a la inyección masiva de recursos públicos. Según el mencionado informe del FMI, los Gobiernos capitalistas han bombeado más de 12 billones de dólares en planes de rescate para sostener a las grandes empresas, la banca y los consorcios monopolistas. Este no es un aspecto menor. Si esa cantidad fabulosa de capital se hubiera destinado a la inversión productiva, a sostener el empleo, a la mejora de los salarios, a la resolución de las necesidades sociales más acuciantes, empezando por la inversión masiva en sanidad, educación y vivienda pública… es indudable que hablaríamos de una perspectiva muy diferente.

La deuda pública y privada se han convertido en una metástasis que corroe el organismo económico: en 2019 alcanzó el récord de 253,6 billones de dólares, equivalente a un 322% del PIB mundial. Del total, la mayor parte corresponde a las empresas, corporaciones y entidades financieras (aproximadamente el 222%), que está siendo comprada por los bancos centrales mediante las expansiones cuantitativas (EQ en sus siglas en inglés) y financiada con los planes de rescate que se han puesto en marcha. Este es el mecanismo perverso del proceso de acumulación en este periodo de recesión mundial.

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La deuda pública y privada se han convertido en una metástasis que corroe el organismo económico: en 2019 alcanzó el récord de 253,6 billones de dólares, equivalente a un 322% del PIB mundial

El FMI también señala que la deuda pública de las economías avanzadas en 2021 puede superar el 124,7% del PIB mundial, más que el pico alcanzado poco después de acabar la SGM en 1946, y que fue del 124,1%. En las últimas dos décadas la deuda pública global se duplicó al calor de la financiarización de la economía y del estallido de la burbuja tras la Gran Recesión de 2008. Pero tan solo en estos últimos 9 meses, el incremento ha sido de más de 20 puntos porcentuales.

Los hechos siguen confirmando el análisis marxista de la crisis capitalista y su naturaleza orgánica. Cuando se producen graves quiebras económicas, el Estado siempre protege los intereses nacionales de cada burguesía, como corresponde al instrumento de dominación de clase que es. Puede nacionalizar las pérdidas, pero nunca socializar las ganancias.

Los keynesianos de todos los colores siguen suspirando por qué el Estado juegue un papel “progresista” en una distribución más “social” de los recursos y de la riqueza, y poder mitigar así las consecuencias de la crisis. Pero estos anhelos no se corresponden con la dinámica objetiva del proceso de acumulación.

Si la burguesía aprobó de manera excepcional un gasto estatal considerable en la postguerra europea, llegando incluso a la nacionalización de sectores productivos y de servicios donde el desembolso en capital fijo era muy oneroso, estamos lejos de que se repita una situación semejante. Aquella orientación fue determinada por razones políticas de primer orden: tenían que contrarrestar el avance de la URSS en el continente y de la China maoísta en Asia, y resolver la crisis revolucionaria que atravesaban Francia, Italia y otros países.

Cuando la burguesía europea se vio obligada a conceder las reformas que dieron lugar al Estado del bienestar, partía de una destrucción masiva de fuerzas productivas y el apoyo efectivo del imperialismo norteamericano para reconstruirlas. Esto respondía a su vez a razones estratégicas como hemos mencionado, que tenían que ver con el fortalecimiento del bloque estalinista.

El imperialismo norteamericano emergió de la guerra como la potencia capitalista indiscutible: el dólar se convirtió en la divisa dominante aceptada por todas las naciones, poseía las mayores reservas de oro, era el gran acreedor del mundo y su aparato económico se benefició de las aplicaciones tecnológicas desarrolladas por la industria militar, lo que permitió también un progreso formidable de nuevas ramas de la producción. ¿Dónde está la similitud con la situación actual? Basta hacerse la pregunta para responderla.

La idea peregrina de un nuevo Plan Marshall, que al principio de la actual crisis desempolvaron los dirigentes socialdemócratas, ha sido desechada rápidamente. Pero los doctores democráticos del capitalismo no se resisten en insistir con este tipo de recetas, e incluso algunos organismos internacionales, con una larga trayectoria imperialista, se suman a ellas. Los economistas del FMI están alertando de que es necesario aumentar la presión fiscal sobre los ricos y mejorar los servicios de protección social. El temor a nuevos estallidos revolucionarios está detrás de todos estos consejos.

Pero ¿por qué no se llevan a la práctica? ¿Por qué las tasas Tobin, las tasas Google, las reformas fiscales para combatir el fraude, las normas contra los paraísos fiscales se quedan en meras declaraciones de intenciones cada vez más impotentes? La razón es evidente: la crisis ha permitido nuevas formas de acumulación capitalista y el enriquecimiento extraordinario de una plutocracia que gobierna el mundo con puño de hierro y que se considera intocable.

Esta dictadura del capital financiero rige la política y la economía en todos los continentes. Que la destrucción del medio ambiente se hace cada día más insoportable y constituye una amenaza real para la humanidad; que la miseria, el desempleo y la desigualdad se propagan aceleradamente... ¡Qué más da! La moral burguesa y la cuenta de resultados están fusionadas. Solo la revolución socialista podrá detener esta locura.[3]

El capital financiero, robustecido aún más por la inyección de liquidez de los bancos centrales, se ha hecho más omnipresente y parasitario, sin que ninguna barrera se haya interpuesto para impedirlo[4].  Y este proceso discurre paralelamente a una concentración y monopolización del capital a un grado nunca visto en la historia del capitalismo.[5]  La revista Nature[6] en un reciente estudio sobre el cambio climático, confirmaba hasta qué punto los recursos naturales del planeta, la producción agropecuaria, mineral, farmacéutica o de cualquier otro sector, se han concentrado en manos de un puñado ínfimo de grandes monopolios.

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El capital financiero, robustecido aún más por la inyección de liquidez de los bancos centrales, se ha hecho más omnipresente y parasitario, sin que ninguna barrera se haya interpuesto para impedirlo

El Estado lejos de imponer cordura alimenta esta dinámica, confirmando las palabras de Lenin: “…en la época del capital financiero, los monopolios del Estado y los privados se entretejen formando un todo y, tanto los unos como los otros, no son en realidad más que distintos eslabones de la lucha imperialista que los más grandes monopolistas sostienen en torno al reparto del mundo”.[7]

La acumulación en base al mercado de deuda y la ingeniería financiera ha traspasado cualquier límite razonable. Por eso el estallido por la covid se ha hecho tan explosivo y simultáneo. La pandemia es el accidente que ha expresado la necesidad: la economía mundial está pagando la factura por las grandes tasas de beneficio que el capital financiero acumuló tras la Gran Recesión de 2008 mediante la especulación y a la inyección de liquidez pública. Si en este periodo la crisis de sobreproducción no se resolvió, con unos niveles mediocres de inversión productiva y creación de empleo, ahora se ha vuelto mucho más virulenta y destructiva.

La locura se extiende con el beneplácito de las instituciones públicas. Pongamos algunos ejemplos. En una de las subastas del Banco Central Europeo (BCE) del pasado agosto, los bancos privados solicitaron préstamos por una cifra superior a 1,3 billones de euros. ¿Cuáles eran las condiciones? Un 0,5% de interés negativo, es decir, el banco central premiaba por pedir el dinero, y otro descuento del 0,5% si los bancos demostraban que esos créditos se destinarían a familias y empresas de sus respectivos países. El negocio es redondo.

Desde 2015, el BCE ha aumentado su balance de “creación de dinero” mediante las operaciones QE hasta los 6,2 billones de euros. Casi el 50% del PIB de la eurozona. Pero ni siquiera hemos visto una tendencia modesta de inflación ante tamaña expansión de liquidez. La razón es obvia: la demanda está completamente deprimida. Lo que realmente persigue el BCE no es estimular la economía real, sino comprar la deuda soberana, de la banca, hipotecaria o corporativa, mayoritariamente incobrable, a cambio de dinero contante y sonante.

El ejemplo de la economía norteamericana también es muy significativo. Ya hemos analizado el calado del desplome de su PIB. Otros datos van en la misma dirección: aunque el paro ha remontado y la tasa de desempleo se sitúa en un 7,9%, la cifra global de destrucción de puestos de trabajo no se ha compensado. Si entre marzo y abril se evaporaron 20,8 millones de empleos, desde entonces se ha recuperado la mitad, con un ritmo que ha experimentado una fuerte desaceleración en septiembre (600.000 nuevos empleos, frente a los 4,8 millones de junio y los 2,7 millones de mayo).

Mientras tanto, el índice S&P, que recoge la cotización bursátil de las 500 mayores compañías norteamericanas, cerró el segundo trimestre con la mayor ganancia desde 1998, un 20%. El Dow Jones, índice de las 30 grandes corporaciones, obtuvo un incremento del 18%, el mejor resultado desde 1987. Y las empresas tecnológicas cotizadas en el Nasdaq también se dispararon en el segundo trimestre hasta lograr el 31%, un máximo en casi dos décadas.

Las mayores empresas estadounidenses por capitalización de mercado, Apple, Amazon, Alphabet (propietaria de Google), Microsoft y Facebook, que tienen un valor combinado de más de ocho billones de dólares, han jugado un papel relevante en esta locura. Según The Wall Street Journal, su cotización se ha mantenido en un promedio 44 veces superior a sus ganancias esperadas. En agosto, la capitalización de Apple superó los dos billones de dólares, ganando más de un billón desde el mes de marzo cuando estalló la pandemia.

La parte esencial de estas ganancias ha sido obtenida por la recompra masiva de acciones de las propias empresas, las famosas repo (derecho a comprar una acción a un precio acordado en algún momento en el futuro) y donde el capital inyectado por los Estados juega un papel esencial (aquí se localiza en última instancia una parte considerable del chorro de liquidez de los bancos centrales).

Guerra de clases

“La acumulación de la riqueza en un polo es, al mismo tiempo, acumulación de miseria, sufrimiento en el trabajo, esclavitud, ignorancia, brutalidad, degradación mental en el polo opuesto”. Hoy la afirmación de Marx está plenamente confirmada.

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“La acumulación de la riqueza en un polo es, al mismo tiempo, acumulación de miseria, sufrimiento en el trabajo, esclavitud, ignorancia, brutalidad, degradación mental en el polo opuesto”

El último informe anual de Oxfam Intermón señala que el 1% más rico tiene el doble de patrimonio que 6.900 millones de personas; 2.153 multimillonarios más que 4.600 millones de personas, o que los 22 hombres más poderosos del mundo atesoran más riqueza que todas las mujeres de África. Nunca existió en la historia de la humanidad una desigualdad tan extrema.

Pero esta desigualdad no es un accidente. La extorsión de la fuerza de trabajo es una de las características de esta fase de decadencia capitalista. La precarización generalizada y los bajos salarios han dado lugar en los países desarrollados a la proliferación de la figura del trabajador que, a pesar de tener uno o dos empleos, se mantiene al borde de la pobreza o en la pobreza, sin capacidad de reacción ante cualquier tipo de gasto imprevisto o sin poder llegar a fin de mes.

Según la OIT, a principios de 2020 más de 700 millones de trabajadores en el mundo ganaban menos de 3,2 euros al día, y de ellos 265 millones menos de 1,90 euros. 2.000 millones estaban empleados informalmente y el 55% carecía de cualquier tipo de cobertura social. Lógicamente estas cifras han sido ampliamente superadas en estos meses de pandemia.

Los datos de fallecimientos por la COVID 19, más de 1,5 millones en todo el mundo, de contagiados, más de 60 millones, y sus profundas secuelas sanitarias dan una dimensión del actual Apocalipsis. Los factores sanitarios y económicos precipitan decisiones políticas de gran trascendencia, y viceversa, las medidas tomadas por la clase dominante tienen a su vez vastas consecuencias en la base material.

Solo recurriendo al método dialéctico, esto es, al análisis del fenómeno social en su evolución, reduciendo lo exterior y aparente a sus elementos motrices esenciales, es decir, al estado de las fuerzas productivas y la lucha de clases, nos aproximaremos correctamente a las perspectivas y trazaremos las prioridades de nuestra intervención.

¿Cuál es el factor determinante en la situación política general? Sin duda alguna el temor a la revolución y al enorme poder acumulado por la clase obrera tanto en los países desarrollados como en los ex coloniales, un poder que no tiene precedente en ninguna otra etapa de la historia del capitalismo. Y este temor es lo que explica las insistentes llamadas a la unidad nacional, que sigue siendo la estrategia central de la burguesía. Lenin escribió en La bancarrota de la Segunda Internacional: “Jamás un Gobierno necesita tanto el acuerdo entre todos los partidos de las clases dominantes y la sumisión ‘pacífica’ de las clases oprimidas a esta dominación como en tiempo de guerra”. Y ahora vivimos una guerra de clases encarnizada.

Como es público y notorio, la izquierda parlamentaria, la vieja y la nueva, ha respondido positivamente a la interpelación de la burguesía. A pesar de ello, la estrategia de la unidad nacional se enfrenta a obstáculos para su puesta en práctica. No queremos decir que esta no progrese gracias a los reformistas, pero el declive general del capitalismo y la crisis de la democracia burguesa lejos de atenuarse se refuerzan y, en última instancia, minan el programa de la unidad nacional a medio plazo.

Los ejemplos de lo que decimos son variados y con diferentes grados. En América Latina la burguesía y el imperialismo no dejan de cosechar fracasos. Las recientes elecciones en Bolivia, donde el MAS ha vuelto a lograr la mayoría absoluta contundente, es uno de ellos. A pesar de la huida de Evo Morales y de la sumisión de su fracción parlamentaria, de la represión salvaje del Estado, de las calumnias de los medios de comunicación, las masas han asestado un golpe durísimo a la reacción burguesa y al imperialismo.

En Chile han invertido enormes energías para desbaratar el levantamiento revolucionario iniciado en octubre de 2019. Gracias a la colaboración del PCCh y la CUT, que se han sumado “críticamente” a la estrategia de Convención Constituyente pactada por Piñera y el PS, el régimen pudo sortear el momento más crítico. Sin embargo, la situación es todo menos estable. La victoria abrumadora del apruebo en el plebiscito del pasado 25 de octubre muestra la enorme fuerza del movimiento, y cómo las maniobras electorales pueden retrasar pero no impedir que siga expresándose.

El proceso de la revolución puede reatar el hilo con fuerzas renovadas, empujado por la profunda crisis social y económica que no dará tregua. Las aspiraciones y reivindicaciones de las masas no podrán esperar a que la denominada “convención constitucional” finalice sus tareas en 2022.

Estos ejemplos subrayan una de las ideas que hemos enfatizado en los últimos años: la correlación de fuerzas es tan favorable a la clase obrera, que el imperialismo y la clase dominante del continente fracasan una y otra vez cuando intentan recurrir a soluciones golpistas, un hecho que diferencia este periodo de los años setenta y el éxito que tuvieron al establecer dictaduras militares sangrientas.

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Lo que permite a la burguesía retomar una y otra vez el control de los acontecimientos no es la violencia contrarrevolucionaria, sino la ausencia de un partido marxista con influencia de masas

Por supuesto, no queremos decir que la burguesía haya renunciado a esta opción. Es más, la tendencia a las medidas autoritarias para contener el giro a la izquierda y neutralizar el auge de la lucha de clases se está manifestando con fuerza. Pero tiene límites. El factor fundamental que permite a la burguesía retomar una y otra vez el control de los acontecimientos no es la violencia contrarrevolucionaria, sino la ausencia de un partido marxista con influencia de masas que presente una alternativa de poder.

EEUU en un punto de inflexión

Trump ha sido derrotado en las elecciones más polarizadas y con más participación de la historia de EEUU. Los resultados muestran que la mayor potencia capitalista del planeta sufre una herida política que no deja de sangrar. Trump resiste sí, pero al final no ha podido con el levantamiento popular que incendió el país de una punta a otra denunciando la violencia policial racista, ni con una catástrofe sanitaria, social y económica que certifica el fin del sueño americano.

Los resultados arrojan numerosas claves para entender el presente y el futuro de la lucha de clases en EEUU. Primero, la consolidación de una base electoral masiva para el trumpismo y lo que representa, que inevitablemente condicionará los acontecimientos venideros y someterá a una fuerte presión al futuro Gobierno demócrata. Segundo, la prueba de que existe una mayoría de la población dispuesta a presentar batalla a la reacción populista de extrema derecha y a las causas que la alimentan, y que trasciende los comicios del 3 de noviembre.

Biden puede reivindicar ser el candidato más votado de la historia, pero la derrota de Trump se ha logrado a pesar de él y de todo el establishment demócrata. Las lecciones de estos años no han pasado en balde, y el avance en la conciencia de millones de oprimidos constituye un factor movilizador de primer orden.

La causa fundamental de la derrota del magnate neoyorkino hay que buscarla en la extraordinaria movilización que se ha multiplicado desde su toma de posesión. Las multitudinarias marchas de las mujeres que recibieron su mandato, las luchas de la juventud contra la legislación antiinmigración, el cambio climático o la utilización de armas y, destacando por encima de todo, una rebelión social contra la violencia racista y supremacista del aparato policial que ha unificado en líneas de clase a decenas de millones de trabajadores blancos, afroamericanos, latinos y  jóvenes de todas las comunidades, han tenido una traducción clara en las urnas.

La irrupción de las masas es lo que ha empujado a Trump fuera de la presidencia, y no la mediocre campaña de un candidato como Biden incapaz de socavar la base social de su contrincante.

Más de 16 millones de norteamericanos que en las elecciones de 2016 no acudieron a las urnas lo han hecho esta vez, situando la participación en torno a un 67% del censo. La candidatura de Biden ha obtenido 81.271.132 sufragios, un 51,38% del total y 306 votos electorales. Respecto a los resultados de 2016 (65.853.514) significa un incremento de más del 23,4% y de más de 15 millones de votos. Trump logra 74.209.298 papeletas, el 46,91% del total y 232 votos electorales. En relación a 2016 (62.984.828) ha aumentado su votación en 17,8 puntos y más de 11 millones.

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La irrupción de las masas es lo que ha empujado a Trump fuera de la presidencia, y no la mediocre campaña de un candidato como Biden incapaz de socavar la base social de su contrincante

El candidato del partido verde, Howie Hawkins, al que apoyaban diferentes organizaciones de la izquierda socialista, se queda tan solo con 399.100 votos, el 0,25%, un 75% menos de lo que obtuvieron en las elecciones de 2016 (1.457.218) y su peor registro desde 2008.

Estos resultados hay que mirarlos a través del prisma de una legislación electoral antidemocrática, que incluye un colegio electoral que es el que decide la elección del Presidente (no el sufragio universal directo), y que además puede suprimir los derechos de millones de votantes, como sucede en numerosos Estados con la mayoría de las personas encarceladas y con una parte considerable de las personas excarceladas.

Si señalamos lo más sobresaliente de la campaña, Trump no se cansó de insistir en sus soflamas más incendiarias contra el socialismo. Nunca se habían pronunciado más las palabras socialista, extrema izquierda, comunismo… por boca de un Presidente que aspiraba a la reelección. Trump acusó a Biden de ser igual que Castro y Chávez, utilizó en numerosas ciudades el eslogan “contra el socialismo vota Trump”, emplazó a sus seguidores a organizar la resistencia armada contra la extrema izquierda y, finalmente, impugnó el recuento a las pocas horas de haberse iniciado.

Nada de esto es casual. Trump, como han confirmado estas elecciones, no es un aventurero sin perspectiva, ni un verso suelto que actúa motivado por impulsos que requieren de atención profesional. Su discurso refleja la descomposición de la sociedad norteamericana y la desesperación de amplios sectores de la pequeña burguesía que han perdido las certezas del pasado y son presas de un miedo histérico ante un futuro incierto. Estos sectores, que tradicionalmente han tenido un peso social formidable, no renuncian a un modo de vida que les ha granjeado grandes privilegios, y miran con horror la escalada de la lucha de clases, el crecimiento de la izquierda y la influencia de las ideas del socialismo entre la juventud y los trabajadores. Estas capas han declarado la guerra al actual estado de cosas y Trump les ha proporcionado una bandera por la que luchar.

En este magma social participan también sectores atrasados de los trabajadores, desmovilizados y profundamente desmoralizados por la desindustrialización y el desempleo crónico, los bajos salarios y la pérdida de un estatus que les proporcionaba una estabilidad esfumada para siempre. Absolutamente escépticos con lo que les ofrece el stablishment demócrata, han mantenido su apoyo a Trump con la ilusión de que mejoraría la situación económica.

Este bloque inflamado por la desesperanza contrarrevolucionaria y el resentimiento ha enseñado su puño. Son realmente una amenaza para los derechos democráticos, económicos y sociales de los trabajadores, la juventud y de todos los oprimidos que soportan una desigualdad lacerante. Pero este bloque, que ha sido combatido en las calles en una lucha sin cuartel desde hace cuatro años, sale finalmente derrotado a pesar de un sistema electoral monopolizado por los dos grandes partidos de la clase dominante.

Las masas que se han levantado contra Trump no han tenido otra opción para batirle en las urnas que recurrir a la herramienta disponible en este momento, y mucho más después de que Bernie Sanders, al que millones de personas respaldaron en las primarias demócratas, se retirara y capitulara ante el aparato del partido.

Sí, las masas en lucha han votado a Biden con la nariz tapada para derrotar a Trump, pero no han depositado la menor confianza en sus políticas. La mayoría sabía perfectamente que el candidato demócrata era parte del problema, no de la solución.

Es más que evidente que la campaña de Biden no ha generado ilusión. Ha sido un oponente mediocre que ha paseado su servilismo ante las grandes corporaciones, negándose a incluir en su programa ninguna de las propuestas que Bernie Sanders defendió durante las primarias. Esto es lo que explica que Trump haya podido mantener intacta su potencia electoral o incluso reforzarla en algunos estados.

Elementos revolucionarios

Según revelaron las encuestas, el 97% de los votantes de 2016 volvió a hacerlo cuatro años más tarde por el mismo partido. La prensa norteamericana publicaba que el 82% de los que votaron por Biden pensaban que “Trump probablemente transformará su país en una dictadura” y el 90% de los votantes de Trump que los demócratas querían convertirlo en “un país socialista”.

La extrema polarización en las urnas refleja mucho más que el “simple” apoyo a dos candidatos del sistema. Una lectura semejante, después de todo lo que ha acontecido en estos cuatro años, además de sectaria enmascara la realidad: las masas no han dejado de buscar un camino independiente en su acción.

Las elecciones son una parte del conjunto de factores que miden la temperatura del conflicto entre las clases, y teniendo en cuenta el carácter antidemocrático del entramado electoral de los EEUU y la ausencia de un partido de los trabajadores, la auténtica correlación de fuerzas y el enorme potencial existente para cambiar la sociedad solo puede reflejarse de manera muy distorsionada.

Lenin planteó la cuestión de este modo: “A un marxista no le cabe duda de que la revolución es imposible sin una situación revolucionaria; pero no toda situación revolucionaria desemboca en una revolución. ¿Cuáles son, en términos generales, los síntomas de una situación revolucionaria? Seguramente no incurriremos en un error si señalamos estos tres síntomas principales: 1) La imposibilidad para las clases dominantes de mantener inmutable su dominación (…) Para que estalle la revolución no suele bastar con que ‘los de abajo no quieran’, sino que hace falta, además, ‘que los de arriba’ no puedan seguir viviendo como hasta entonces. 2) Un agravamiento, fuera de lo común, de la miseria y los sufrimientos de las clases oprimidas. 3) Una intensificación considerable, por estas causas, de la actividad de las masas, que en tiempos de ‘paz’ se dejan expoliar tranquilamente, pero que en épocas turbulentas son empujadas, tanto por toda la situación de crisis, como por los de ‘arriba’, a una acción histórica independiente”.

¿La lucha de clases en EEUU ha presentado rasgos revolucionarios? La respuesta es afirmativa. La catástrofe por la que atraviesan amplísimos sectores de trabajadores afroamericanos y blancos, y también la juventud de las capas medias empobrecidas, explica el carácter de la explosión social que hemos vivido. El levantamiento popular que estalló tras la muerte de George Floyd, con todo lo que puede tener de espontáneo, se ha ido incubando durante años de desigualdad galopante, ataques a los derechos democráticos, brutalidad policial y racismo sistémico. El movimiento se ha unificado apuntando directamente a la oligarquía económica, al establishment político y al aparato del Estado.

Este abismo social es el combustible que ha inflamado la lucha de clases y propulsado el giro a la izquierda. La dinámica se aceleró hace cuatro años, cuando irrumpió la candidatura de Bernie Sanders y su discurso por una “revolución política” contra el 1% de Wall Street, y se afirmó con la elección de candidatos a la izquierda del aparato demócrata. Lo que realmente es asombroso, y pocos lo han resaltado, es que a pesar de de la capitulación de Sanders el movimiento continuó creando nuevos cauces para expresarse. El levantamiento contra la violencia policial racista es mucho más que un fenómeno puntual. Representa esa acción histórica independiente de las masas a la que se refería Lenin.

Trump y el sector de la burguesía que lo respalda identificó correctamente la esencia de los acontecimientos, y por eso desataron su hostilidad abierta contra los impulsores de una lucha que empuja con fuerza la conciencia hacia ideas socialistas. Frente a la política de la Casa Blanca, el aparato del partido demócrata trató por todos los medios de encauzar la rebelión hacia el terreno electoral vaciándola de contenido revolucionario y clasista. Sobre estas bases lanzó a su candidato Joe Biden, consiguiendo además el apoyo de Sanders para rodearle de una credibilidad de la que carece. Pero no engañaron a millones de trabajadores y jóvenes, que saben perfectamente que el establishment demócrata comparte el mismo punto de vista que los republicanos en los asuntos fundamentales, tanto en la guerra comercial, en el rescate a la banca y Wall Street o en su inexistente política social. Su voto no ha sido a favor de Biden, sino contra Trump.

Sería un error hacer una lectura mecánica y reduccionista de los resultados electorales. Cabe recordar que hace apenas unos meses, el presidente se encerraba en el búnker de la Casa Blanca y llamó a disparar a los manifestantes decretando el toque de queda. ¿Qué pasó entonces? A pesar de la violencia policial y del despliegue la Guardia Nacional, el movimiento no se arredró, todo lo contrario. Según las estimaciones que publicó The New York Times, más de 16 millones participaron en las manifestaciones que se sucedieron ininterrumpidamente en cientos de ciudades de ese gigantesco país. ¡No hay nada igual en la historia reciente!

¿Acaso se puede comparar la fuerza de este movimiento con las protestas callejeras de la ultraderecha, de los proud boys y el resto de grupos a los que Trump ha jaleado sin descanso? Por supuesto no queremos infravalorar los peligros que representan estas organizaciones. Pero son mucho más débiles que las masas en acción, sobre todo si estas se basan en el programa del socialismo revolucionario.

Precisamente esta amenaza, percibida por millones de jóvenes, de mujeres, de inmigrantes, de afroamericanos, de trabajadores y trabajadoras es lo que explica que, a pesar de ser un candidato mediocre y estar completamente desconectado de las aspiraciones radicales que esta lucha ha colocado en primer plano, Biden haya logrado la mayor votación presidencial de la historia (y Trump la mayor de un candidato derrotado).

La gran distorsión en EEUU es que no existe un partido independiente de la clase trabajadora, y ese espacio quedó históricamente cautivo por los demócratas. Aunque son un partido burgués, siempre cuidaron sus relaciones con la burocracia sindical y la del movimiento comunitario y por los derechos civiles, a fin de domesticarlos y asimilarlos a la política de colaboración de clases. Dicho esto, la dialéctica del proceso de toma de conciencia y de la organización obrera no se agota en este punto.

La extraordinaria irrupción de Black Lives Matter y de la candidatura de Bernie Sanders, o el crecimiento de los Socialistas Democráticos de América (DSA) que se aproximan a los 70.000 adherentes, muestra que las condiciones para crear ese partido de los trabajadores han madurado. La derrota de Trump lejos de frenar este proceso lo alimentará.

El trumpismo

Como hemos señalado, la polarización es un proceso objetivo que se expresa en dos direcciones. La cúpula del partido demócrata confiaba en que se beneficiarían de la inercia generada por las extraordinarias movilizaciones contra el racismo, y de la terrorífica gestión que Trump ha hecho de la pandemia. Igual que con Hillary Clinton hace cuatro años, esperaban una gran oleada azul. Pero la campaña electoral de Biden lejos de herir al candidato republicano le ha seguido entregando apoyos.

Trump resistió en muchas de las áreas deprimidas del famoso “Rust Belt” (cinturón del óxido) del Medio Oeste, de composición mayoritariamente obrera. Es cierto que Biden ha recuperado Michigan, Wisconsin y Pennsylvania por la mínima, pero se aleja de las grandes mayorías demócratas del pasado y sigue cediendo Ohio a los republicanos.

Algunos analistas han destacado que Trump obtiene los mejores resultados de un candidato republicano entre la población afroamericana, pero el crecimiento de su apoyo es limitado y sería una exageración considerarlo un fenómeno de fondo. Los ejemplos en sentido contrario son abrumadoramente numerosos y relevantes, como la mayoría aplastante contra Trump en Clayton, el suburbio afroamericano de Atlanta que ha sido decisivo para dar a los demócratas su primer triunfo en Georgia en 24 años.

Se ha especulado también mucho sobre los votos latinos, pero los análisis más serios muestran una escisión en líneas de clase. En Florida las encuestas pronosticaban una batalla reñida entre los dos candidatos, pero la balanza se inclinó decisivamente para Trump cuando en el condado de Miami-Dade la diferencia de casi 30 puntos que en 2016 logró Hillary Clinton, se redujo para Biden a poco más de 7. Ese resultado fue clave para que los 29 votos del Colegio Electoral de Florida se fueran a la cuenta de Trump. Según la encuesta que realizó a pie de urna la cadena NBC News, Trump ganó la mayoría del voto cubano, venezolano y colombiano de Miami tras una campaña centrada en denunciar a Biden como socialista. Incluso este hecho no puede ocultar que los votantes de Florida hayan aprobado una resolución para aumentar el salario mínimo a 15 dólares la hora.

El voto de la clase trabajadora latina más humilde, empleada en tareas domésticas, hostelería o en las grandes explotaciones agrícolas, explica el vuelco histórico en Arizona y el significativo retroceso republicano en Texas, aunque es cierto que el candidato democrata ha perdido un poco de terreno en algunos condados de mayoría latina en Nuevo México y California en relación a las grandes diferencias que logró Clinton en 2016.

Lo fundamental, como señalaron los sondeos a pie de urna de Edison Research, es que la base electoral de Trump apenas ha cambiado desde 2016. Obtiene sus mayores apoyos de hombres blancos, de más de 65, rentas altas —superiores a 100.000 dólares anuales—, en zonas rurales, que se declaran católicos, protestantes o evangélicos. Este sector de clase media ha entendido a la perfección su mensaje durante la pandemia: la economía está por encima de la vida y la salud de los trabajadores. Por eso, aunque las cifras de víctimas del coronavirus superen los 240.000 y sean más de 5 millones los contagiados, las fuentes de ingresos de estos sectores han pesado decisivamente en su voto.

Millones de pequeño burgueses, y en EEUU hay muchos, han girado hacia la extrema derecha aterrorizados por el cambio de época que viven, porque sienten que sus privilegios están amenazados por una movilización social que logra conquistas como el salario mínimo de 15 dólares la hora, construye sindicatos y organizaciones sociales combativas contra el ideario reaccionario, machista y racista que siempre ha imperado entre los pequeños y medianos propietarios. Trump consolida una base firme entre estas capas acomodadas, llamadas a rebato en estos comicios como si les fuera la vida en ello, y entre sectores de la clase obrera blanca del interior del país golpeados por la crisis.

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Millones de pequeño burgueses, y en EEUU hay muchos, han girado hacia la extrema derecha aterrorizados por el cambio de época que viven, porque sienten que sus privilegios están amenazados

Presentándose a la vez como una garantía de supervivencia frente a la amenaza interior y exterior, ¡contra China, América primero!, movilizó reservas sociales considerables, pero ha sido incapaz de poner freno a la decadencia del capitalismo estadounidense, traer las fábricas a casa o doblegar el poderío tecnológico y productivo chino. Su demagogia se dirige contra el establishment político o los medios de comunicación, pero la oligarquía financiera se ha enriquecido mucho más bajo su mandato.

La democracia burguesa en el punto de mira

El candidato republicano ha jugado con fuego al agitar un discurso extremadamente reaccionario y espolear conscientemente la polarización. Pero no es más que la expresión de un fenómeno objetivo, que refleja un cambio político profundo. La burguesía estadounidense se encuentra dividida sobre la forma de proteger sus intereses, sobre el mejor modo de asegurar su dominación de clase. Ahora que Biden ha triunfado, incluso dentro de los republicanos se alzan voces que piden respeto a las instituciones y la vuelta a un entendimiento que pueda “coser las heridas de un país dividido”.

Trump sigue en sus trece denunciando el carácter ilegítimo del recuento y prometiendo recurrir a los tribunales para impugnar el resultado. Pero no parece que vaya a prosperar en sus maniobras. Incluso sectores que han estado con él en estos cuatro años dando pábulo a todas sus ocurrencias y apuntalando sus excesos, como la cadena de televisión Fox, han rechazado las acusaciones de fraude, aunque es evidente que la burguesía norteamericana no hace ascos a este recurso como se demostró en las elecciones robadas a Al Gore en 2000, cuando los tribunales pararon el recuento en Florida y dieron la victoria a George W. Bush. Ahora el contexto es muy diferente. Si respaldan a Trump en su denuncia y paralizan el funcionamiento del sistema electoral, la crisis que sufre la democracia burguesa en EEUU entraría en una fase de caos descontrolado. Las masas no aceptarían algo semejante. Las movilizaciones desatadas tras el asesinato de George Floyd podrían palidecer. El movimiento volvería a escena, no para cantar parabienes a Biden, sino para enfrentarse a Trump y a todo lo que representa con una determinación extraordinaria. Sería una segunda vuelta en las calles que muy pocos quieren.

Desde el punto de vista de los intereses a corto plazo de la clase dominante se impone volver a la normalidad, lograr estabilidad y “consenso” para enfrentar un periodo impredecible, a tenor de las dimensiones de la crisis mundial. Dentro del partido republicano ya han salido personalidades acusando el miedo a despertar nuevamente un tsunami social. Cuando tres cadenas de televisión cortaban la emisión del discurso del presidente en directo, lo hacían siguiendo instrucciones muy precisas. ¡Poner en duda el sistema electoral, las instituciones y la “democracia al estilo americano” no favorece a Wall Street!

La voz de los grandes capitalistas a los que representa el aparato demócrata trata de capear el temporal y calmar los ánimos a marchas forzadas, mandando los mensajes más conciliadores: nuestra democracia es fuerte, nuestras instituciones funcionan. El problema para ellos es que el partido republicano se ha fusionado con Trump, o mejor dicho, el trumpismo se ha convertido en la base social y electoral del partido republicano y, lejos de entrar en declive, ha demostrado su consistencia.

El futuro inmediato, por tanto, se presenta complicado para la clase dominante. Todos los factores que han dado lugar a esta polarización extrema no solo no han desaparecido, se van a recrudecer. Las divisiones y la tensión social no se evaporarán porque expresan la profunda crisis de la forma de dominación capitalista que azota a la primera potencia mundial, pero que se extiende también a otras naciones. La burguesía lucha por mantener el control de la situación, cuando los elementos en los que se han basado para hacerlo pacíficamente durante muchas décadas están seriamente cuestionados y no sirven como antaño. Es el fruto de la decadencia de un sistema enfermo y gangrenado.

Por un partido de los trabajadores con un programa socialista

La legislatura para el candidato más votado de la historia será mucho más parecida a una pesadilla que a un camino de rosas.

Cuando Barack Obama asumió la presidencia en 2008, en pleno estallido de la crisis financiera, sí existía una enorme confianza en él. En aquel momento había superado por más de 10 millones de votos al republicano John McCain (69,5 millones frente a 59,9 millones), pero sus ocho años en la Casa Blanca supusieron una tremenda frustración por la marcha atrás en las principales reformas que había anunciado, especialmente las referidas a una sanidad pública universal y a la lucha contra el racismo sistémico. En las elecciones de 2012 fue reelegido, pero se dejó en el camino cerca de 4 millones de votos.

La administración Obama sembró el terreno para dos grandes acontecimientos: la impresionante campaña de Bernie Sanders durante las primarias demócratas en 2016 y su “revolución política contra el 1% de Wall Street”, y dejar una herencia envenenada que llevó a la candidata Hillary Clinton a perder las elecciones frente a Trump.

Las cosas ahora son muy diferentes a 2008. La nueva recesión mundial tendrá efectos más calamitosos sobre la economía estadounidense, y agudizará aún más la guerra con China. La destrucción de los servicios públicos en EEUU, la pobreza y la desigualdad es mucho mayor que hace doce años. Biden no tiene ni la credibilidad ni la popularidad de Obama. Es un líder decrépito al que le han colocado al lado una figura como Kamala Harris, de cara a prepararla para las presidenciales de 2024 y mantener el guiño hacia la comunidad afroamericana. Ambos pretenden continuar con las políticas capitalistas evitando nuevos estallidos e intentando coser las costuras sociales desgarradas, pero eso es algo más que improbable en las actuales circunstancias.

¿Acaso Biden cambiará sustancialmente el actual estado de cosas? Por supuesto que no. La pandemia de la COVID19 además de costar ya más muertes estadounidenses que la Segunda Guerra Mundial y la de Vietnam juntas, ha dejado imágenes insólitas para el país más rico del mundo, como las colas del hambre o los entierros en zanjas de los parques públicos. Pero Biden miró para otro lado y criticó con la boca pequeña a Trump por su gestión sanitaria, sin cuestionar las bases objetivas que han desencadenado esta matanza. Ciertamente la pauperización de la clase trabajadora y de amplios sectores de las capas medias no empieza con Trump, es un legado transmitido por las anteriores administraciones demócratas y republicanas.

Biden continuará ayudando a manos llenas a los grandes monopolios, aprobando los planes de “rescate” y la compra de deuda corporativa que sea necesaria para sostener sus cuentas de resultados, exactamente igual que hizo Obama. Y se olvidará por completo de los millones que le han dado la presidencia. El futuro inquilino de la Casa Blanca ha dejado claro cuales serán sus prioridades: alentará la guerra comercial con China manoseando el nacionalismo económico, igual que Trump, para desviar la atención de los graves problemas domésticos que se acumulan. No llevará a cabo ninguna depuración ni desfinanciación de la policía racista, y no tocará los negocios multimillonarios de la sanidad privada salvo que la lucha de masas lo obligue. Tampoco acabará con una deuda estudiantil universitaria que supera 1,5 billones de dólares, ni con la degradación de la enseñanza pública o la falta de vivienda digna y asequible. En cuanto al racismo se limitará a nuevos brindis al sol, pero mantendrá a los trabajadores y la juventud afroamericana bajo las mismas condiciones de desigualdad.

Por tanto, la cuestión que se pone sobre la mesa ahora es cómo avanzar después de la derrota de Trump. El giro a la izquierda en amplias capas de la sociedad norteamericana está fuera de discusión, pero la ausencia de una organización política de la clase trabajadora y la juventud es un obstáculo para que ese potencial transformador se concrete en una alternativa anticapitalista de masas.

La experiencia ya ha mostrado que el partido demócrata ni ha sido ni será la herramienta que necesitamos para esta batalla. Es un instrumento de la burguesía, está a su servicio y, por tanto, no sirve para derrotar los recortes sociales, el racismo o la violencia policial. Pensar que trabajando dentro del partido demócrata es posible acumular las fuerzas necesarias para levantar un partido de los trabajadores es una utopía reaccionaria. Las lecciones de la candidatura de Bernie Sanders han sido concluyentes sobre este asunto. La cuestión es que, a diferencia de Sanders, que ha malogrado el enorme apoyo que cosechó negándose a construir una organización independiente, la izquierda organizada sí puede dar pasos adelante consistentes para aglutinar a millones de trabajadores y jóvenes. La tarea no se presenta sencilla, pero derrotar a Trump tampoco lo era.

En esta estrategia se necesita abandonar el cretinismo parlamentario y entender las limitaciones del terreno electoral. Un partido de los trabajadores y la juventud no renunciará jamás a participar en los comicios locales o generales, peleando por utilizarlos como una tribuna para la propaganda y la organización. Pero no se trata de crear una maquinaria electoral sino de construir un partido para la lucha de clases, enraizado en los barrios, empresas, fábricas y centros de estudio, en el movimiento obrero y sindical, en las movilizaciones vecinales y comunitarias, en las organizaciones antirracistas, en el movimiento feminista…, y hacerlo defendiendo un programa de clase, socialista e internacionalista para dar respuesta, y también victorias, a las aspiraciones de millones.

Una alternativa así podría arrancar del discurso demagógico de Trump a sectores de las capas medias y de la clase trabajadora que hoy se encuentran en la trinchera equivocada por pura desesperación y porque nadie les ofrece una vía para resolver sus problemas inaplazables. Las condiciones para recorrer este camino son evidentes gracias a la lucha de estos años. El movimiento de apoyo a Bernie Sanders dejó claro que una alternativa así era perfectamente posible, y lo mismo pone de manifiesto el crecimiento en militancia e influencia del DSA.

Los asesores de Biden ya se han lanzado a tumba abierta a proclamar una nueva era de “unidad nacional”, y contarán con un potente eco en los medios de comunicación, incluido sectores del republicanismo más tradicional. Pero la cruda realidad de la crisis dejará en evidencia este señuelo y continuará agitando la conciencia de millones, que avanzarán más en sus conclusiones políticas.

Nada es automático en la lucha de clases. EEUU ha entrado en un periodo convulso y la tarea de las corrientes y organizaciones que se reclaman de la izquierda revolucionaria no es lamentarse de las oportunidades pérdidas, ni adoptar mensajes y enfoques sectarios que los alejen de los activistas. Es necesario establecer un lenguaje común con los millones que se han movilizado en las calles y en las urnas, para elevar su comprensión de las tareas del momento y la necesidad de forjar una organización marxista revolucionaria.

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EEUU ha entrado en un periodo convulso y la tarea de las organizaciones que se reclaman de la izquierda revolucionaria no es lamentarse de las oportunidades pérdidas, ni adoptar enfoques sectarios que los alejen de los activistas

Todo lo que ocurre en la primera potencia mundial tiene consecuencias inmediatas en el resto del mundo. La derrota de Trump envía muy malas noticias a Bolsonaro en Brasil, a Salvini en Italia, a Johnson en Gran Bretaña, a Alternativa por Alemania o a la ultraderecha de Vox. Pero la amenaza del trumpismo sigue viva y puede rebrotar incluso con más fuerza en el futuro, pues se alimenta de la crisis orgánica del capitalismo.

La tarea más importante de nuestra clase en este período es prepararnos para esta batalla, y hacerlo pasa por construir la alternativa revolucionaria que los oprimidos de EEUU y del mundo entero necesitamos para vencer.

La lucha por la hegemonía mundial

La profundidad de la recesión se ha apuntalado por decisiones y contradicciones que emergieron mucho antes de la pandemia. Reflejando esta dinámica, las Relaciones Internacionales (RRII), tal como las conocíamos hace treinta años (después del colapso del estalinismo), han saltado por los aires. Los bloques estables se han roto y nuevas alianzas se están tejiendo. La guerra de Afganistán se ha saldado con una derrota humillante para el imperialismo norteamericano, que ha tenido que urdir un acuerdo precario con los talibanes. Lo mismo podemos decir de Iraq, que el año pasado fue escenario de un movimiento formidable en Bagdad y otras grandes ciudades contra el Gobierno y sus mentores iraníes, duramente reprimido pero que situó las cuestiones sociales y de clase en el primer plano.

El avance de Irán como potencia regional, después de la derrota del Estado Islámico en Siria, tampoco puede ocultar que el régimen de los mulás se sustenta sobre un polvorín. Las grandes luchas obreras de estos últimos meses dan la medida de la furia y el enorme descontento contra la oligarquía reaccionaria que gobierna el país como una dictadura teocrática, y la recesión puede acrecentarlos extraordinariamente. Los mulás están cuestionados en otros escenarios, como en Líbano, donde la revolución ha tumbado sucesivos presidentes y Gobiernos, socavado la influencia de Amal y Hezbolá (aliados de Irán). Algo parecido sucedió en Sudán, aunque el proceso revolucionario ha sido desviado por la estrategia de la oposición, que ha capitulado ante la junta militar para llegar a un acuerdo de “transición democrática”.

Las mismas razones explican la profunda crisis política que vive Israel, donde la burguesía sionista ha perdido mucho terreno para movilizar a la población tras sus objetivos expansionistas y militaristas, y una nueva generación de trabajadores y jóvenes ocupa la calle desafiando las políticas de la élite gobernante. La crisis de Gobierno, que tres elecciones consecutivas no han podido resolver, muestra la inestabilidad que se ha instalado en la sociedad israelí, inédita en los últimos treinta años. El acuerdo entre la Casa Blanca y Netanyahu para el establecimiento de relaciones entre Israel y los Emiratos Árabes Unidos busca reforzar el bloque imperialista en la zona, muy dañado y agrietado frente a las incursiones exitosas de Irán, Turquía, China y Rusia.

La sacudida de la lucha de clases no se limita a estas áreas. También Asia ha entrado en una nueva fase de inestabilidad: la huelga general de Indonesia o las grandes movilizaciones de jóvenes y trabajadores que golpean Tailandia son una ruptura con el periodo anterior, marcado por el fuerte crecimiento de sus economías, hoy colocadas ante una crisis muy dura.

Es evidente que el fracaso del integrismo islámico ha dejado paso a formas de lucha mucho más clasistas. Por supuesto, la ausencia del factor subjetivo está detrás de todas las distorsiones y perversiones que adoptan los procesos revolucionarios en el mundo excolonial. Pero la cuestión a resaltar es hacia dónde apuntan las tendencias fundamentales, y es innegable que el espacio para la izquierda revolucionaria y el programa marxista es el más propicio en décadas.

Las tensiones interimperialistas se han recrudecido en todas las áreas de importancia estratégica. En Turquía, Erdogan atraviesa serias dificultades. Enfrentado al ascenso de la lucha de clases y a una recesión alarmante, está tratando de exacerbar el chovinismo gran turco mediante todo tipo de maniobras militares en el exterior y el aumento de la represión en el interior. El carácter bonapartista de su régimen se ha acentuado hasta el extremo. Su éxito relativo en Siria, donde controla parte de su franja norte y combate a las milicias kurdas, o frente a la UE, de la que ha obtenido miles de millones de euros por su papel de guardia fronterizo contra los refugiados, le ha llevado a sobrevalorar sus fuerzas.

En el Mediterráneo se está enfrentando a Grecia por las reservas gasísticas y petroleras. También ha alimentando la guerra en el Cáucaso entre el ejército de Azerbaiyán contra Armenia y la República de Artsaj por la región del Alto Karabaj. Un movimiento para acrecentar su influencia en la región (mediante el control de Azerbaiyán) y debilitar la influencia rusa (que respalda a Armenia), pero que no ha conseguido los resultados esperados. Si citamos el caso de Turquía es porque ilustra muy bien la nueva fase de balcanización y giros que sacuden las RRII del siglo XXI.

Los realineamientos y las rupturas entre los grandes bloques se han convertido en algo habitual, como expresión de la grave recesión económica, la decadencia del imperialismo norteamericano y europeo, y la extrema polarización social y política que recorre el mundo.

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Los realineamientos entre los grandes bloques se han convertido en algo habitual, por la grave recesión económica, la decadencia del imperialismo norteamericano y europeo, y la extrema polarización social

La salida de Gran Bretaña de la UE es consecuencia de este proceso general, y los intentos desesperados de Alemania por mantener Europa unida bajo su batuta, más de lo mismo. La burguesía alemana no puede competir en el mercado mundial si no se defiende con la barrera arancelaria que representa la UE frente a EEUU y China. Pero el futuro de la unidad europea sobre las actuales bases no está asegurado, y está condicionado por la gran batalla que en estos momentos protagonizan los dos colosos.

En numerosos materiales hemos explicado que el nacionalismo económico de Trump y la guerra de aranceles contra China no surgen de un cielo azul. Son el fruto maduro de la desesperación de la burguesía estadounidense. Pero tal como están demostrando los hechos, con estas recetas no resolverán nada y empeorarán aún más la situación de la economía estadounidense.

El capitalismo ha creado una división internacional del trabajo y un mercado mundial de los que ninguna economía nacional puede desacoplarse. La autarquía y el nacionalismo económico constituyen un sueño reaccionario como quedó claro en los años treinta del siglo pasado. Tras él se esconde además el más agresivo de los imperialismos.

La guerra económica estalla por las contradicciones insoportables del capitalismo en su etapa de decadencia senil y, de profundizarse, aumentará los costes de producción en EEUU, China y Europa, con un fuerte impacto en unos mercados que son absolutamente interdependientes. Ocurrió tras el crack de 1929, y ya está ocurriendo ahora a una escala ampliada. Basta señalar algunos datos: el 77% de lo que importa EEUU de China corresponde a productos semifacturados utilizados para producir mercancías en las industrias americanas. Y lo mismo ocurre con China, que produce el 75% de los smartphone del mundo y el 90% de los ordenadores, pero donde el 87% de su electrónica y el 60% de su maquinaria son fabricadas por empresas de capital extranjero, muchas de ellas de EEUU. La internacionalización de las cadenas de producción no es un capricho, corresponde a la tendencia innata de las fuerzas productivas a superar la camisa de fuerza del Estado nacional y son la fuente esencial en el beneficio de las grandes corporaciones.

Cuando Trump emplaza a las firmas estadounidenses a repatriar sus instalaciones en China choca con la dinámica objetiva del capitalismo. ¿Acaso las multinacionales norteamericanas no amasaron beneficios estratosféricos con la deslocalización industrial hacia China durante los años noventa y la década de los 2000? Cumplir los deseos de Trump supondría un enorme desembolso de capital fijo y un aumento de los costes de producción y salariales. Pero algo tienen que hacer, y de hecho lo están haciendo: saquear los recursos públicos de EEUU, recortar hasta el hueso el gasto social, especular como nunca en bolsa y reducir brutalmente los salarios de la clase obrera norteamericana en aras de mejorar la competitividad.

Muchos comentaristas están hablando de una nueva “Guerra Fría”. Pero la comparación no es correcta. Hay una diferencia radical con respecto a la Guerra Fría de la segunda mitad del siglo XX: la antigua URSS nunca fue la potencia económica que es China, y las dos mayores economías del mundo no se encontraban tan interconectadas financiera y productivamente como lo están ahora.

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La antigua URSS nunca fue la potencia económica que es China, y las dos mayores economías del mundo no se encontraban tan interconectadas financiera y productivamente como lo están ahora

Lo cierto es que las medidas de Trump han fracasado. Su política de aranceles no ha supuesto una reducción del déficit con China, que ha vuelto a crecer de 28.400 millones de dólares en junio de 2020 a 31.600 millones en julio, hasta acumular 163.300 millones de dólares en los primeros siete meses del año. Como señaló un informe de la Reserva Federal de Nueva York, han sido las compañías estadounidenses las que “han soportado prácticamente todos los costes” de esos nuevos aranceles, lo que ha reducido los beneficios y la inversión.

Ninguna administración norteamericana ha evitado que el músculo económico de China deje de fortalecerse. En realidad, la burguesía estadounidense ha contribuido más que ninguna a su desarrollo, y ahora paga las consecuencias. China ya es la segunda economía más grande del mundo con un PIB (en dólares corrientes) de más de 14 billones (17,9% del PIB mundial), según las estimaciones de JP Morgan. Ha superado a la eurozona, 13,4 billones (17,1% del PIB mundial), que se queda en tercera posición, y acorta distancia con EEUU, con un PIB de 21,3 millones de dólares (27,3% del PIB mundial). China ya se posicionó en 2018 como la principal potencia exportadora con el 12,8% de la cuota global, seguida de EEUU (8,5%) y Alemania (8%). Asimismo se ha consolidado como el segundo mayor receptor de Inversión Extranjera Directa, alrededor del 10% mundial, solo por detrás de los EEUU.

El carácter especial del capitalismo de Estado chino y de su régimen político, una dictadura bonapartista, le ha permitido bandear los efectos de la Gran Recesión mucho mejor que sus principales rivales. Apoyándose en el peso de su industria estatal y de una banca en gran medida también controlada por el Estado, y gracias a sus enormes reservas económicas, gracias a décadas de superávit comercial, ha podido llevar a cabo una centralización y asignación de recursos más eficiente que cualquier otra gran potencia. Pero estas ventajas competitivas, evidenciadas en su capacidad de reacción frente a la pandemia, no evitan que China siga estando sometida a las leyes y contradicciones del mercado mundial y a la crisis de sobreproducción.

No es tampoco un asunto menor que el régimen chino, gracias al progreso de las fuerzas productivas de las tres últimas décadas, la urbanización creciente del territorio, la emergencia de una nueva clase media y la posibilidad de asimilar una ingente cantidad de mano de obra proveniente del campo en las grandes fábricas, haya podido mantener una base de apoyo bastante estable. Pero esta situación también podría cambiar en función de la evolución de la depresión económica mundial.

China se ha convertido en una nueva superpotencia que amenaza la supremacía norteamericana en todos los terrenos. Es un fenómeno que muestra similitudes con el avance de EEUU en el último cuarto del siglo XIX y el primero del XX respecto a Inglaterra. En esos cincuenta años, la economía estadounidense avanzó con botas de siete leguas y su expansión imperialista se consolidó definitivamente acabando con la hegemonía británica. Ahora, el proceso está siendo incluso más acelerado.

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China se ha convertido en una nueva superpotencia que amenaza la supremacía norteamericana en todos los terrenos. Como EEUU en el último cuarto del siglo XIX y el primero del XX respecto a Inglaterra

Según la última encuesta de la revista Fortune, entre las 500 empresas más grandes del mundo China situaba 89 firmas en 2013, mientras que en 2019 eran 119. EEUU ha sido relegada a segunda posición con 99, si bien es cierto que tiene 22 entre las 50 primeras (China solo cuenta con dos, Huawei en quinta posición y Alibaba en la vigésimo octava), y ese casi centenar de empresas sumaban 8,7 billones de dólares frente a los 7,9 de las chinas.

En cualquier caso lo que hay que estimar es la progresión geométrica del capitalismo chino en tan solo tres décadas. Según datos de la Comisión Europea, en 2019 China fue el principal usuario mundial de patentes, y es el segundo país con más empresas que invierten en I+D (507) después de EEUU (769), aunque en términos de capital desembolsado es la tercera, por detrás de Japón y EEUU. La velocidad del progreso de la estructura empresarial china, y de su liderazgo tecnológico, preocupa y con razón a los imperialistas norteamericanos y europeos. En 2019 Huawei desplazó a Apple del segundo al tercer puesto mundial en venta de móviles, alcanzando el 16% de la cuota de mercado frente al 13% de Apple. Hoy 5 de las 10 mayores compañías de Internet y telefonía son chinas, mientras en 2009 todas eran norteamericanas.

El imperialismo chino no solo desafía abiertamente al estadounidense, en Europa tratan de establecer una cabeza de puente a través de Serbia, Grecia e Italia, donde el capital chino está realizando adquisiciones de empresas estratégicas. La UE está alertando de estos movimientos e intentando restringirlos con prohibiciones legales y nuevos aranceles.

En América Latina la penetración alcanza dimensiones sin precedentes, y su influencia política se deja sentir frustrando algunas de las maniobras más sonadas del imperialismo norteamericano, como en el caso de Venezuela (en una década ha prestado al Gobierno de Maduro en torno a 60.000 millones de euros). Hace unos meses, China también firmaba un acuerdo con Irán para invertir 400.000 millones de dólares en energía e infraestructura durante los próximos 25 años. Además ha conquistado África: es el primer inversor en volumen de capital, en torno a 72.000 millones de dólares entre 2014 y 2018, el mayor acreedor con cifras que pueden rondar los 145.000 millones de dólares y el primer socio comercial.

Por supuesto, EEUU todavía sigue conservando el liderato en terrenos cruciales, como el mercado de divisas: el dólar estadounidense participa en el 88% de todos los intercambios comerciales del mundo. Posee también los mercados bursátiles que concentran más volumen de negocio: la bolsa de Nueva York tenía una capitalización de 23 billones de dólares a finales de 2019 y el Nasdaq de 11 billones. Le siguen la bolsa de Tokio con 5,7 billones y Londres con 5 billones. Pero si tomamos en conjunto las bolsas chinas, Hong Kong, Shanghái y Shenzhen, su capitalización total ronda los 10,5 billones. Igual que en otros registros, el avance es rápido y sostenido.

Los datos de la expansión imperialista de China llenan las revistas especializadas y también la prensa popular. Lo visto en esta pandemia ha aumentado el prestigio y la influencia de China no solo entre los círculos dirigentes de numerosos países, también entre la población. Por eso la respuesta de la clase dominante estadounidense no puede esperar, y en este asunto sí que hay una clara unidad de criterio.

La escalada de enfrentamientos entre EEUU y el gigante asiático no ha dejado de aumentar. El levantamiento popular de Hong Kong ha sido uno de ellos. El que la oposición “democrática”, liderada por elementos prooccidentales, haya conseguido sostener durante un año la lucha en las calles, muchas veces desbordada por la iniciativa de la juventud, no ha logrado hacer mella en el régimen de Xi Jinping, que mantiene en lo esencial su agenda para Hong Kong.

A este choque se suma el conflicto del mar del Sur de China, donde Washington considera ilegales las reclamaciones de soberanía de Beijing que se han saldado con diversos enfrentamientos con las flotas de Vietnam y Filipinas. También son relevantes los conflictos de China con la India y Australia, dos aliados prioritarios de EEUU en la zona que llevan las de perder. China ha invertido alrededor de 60.000 millones de dólares en infraestructuras pakistanís como parte del llamado corredor económico China-Pakistán, que a su vez forma parte de la nueva Ruta de la Seda. La vieja alianza de EEUU con Pakistán está muy deteriorada, y Trump ha girado con fuerza hacia el Gobierno de Modi en India para tratar de mantener su influencia en el continente.

La burguesía norteamericana ve también con enorme preocupación el avance del poderío militar del gigante asiático. El gasto armamentístico chino equivale al menos al 14% del total mundial, 261.082 millones de dólares anuales (el de EEUU es muy superior por el momento, 731.735 millones). Lo llamativo es que los aliados de EEUU perciben la gravedad de esta escalada y están tomando medidas. El primer ministro australiano, Scott Morrison, ha anunciado un gasto militar de 186.000 millones de dólares para la próxima década, un incremento del 40%.

Pero estas tensiones no han sido obstáculo para que los 10 países del Sudeste asiático que forman la ASEAN —la alianza contra el comunismo promovida en los años 60 por EE.UU—, más Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda se hayan unido a China en la recientemente constituida Asociación Económica Integral Regional (RCEP en sus siglas en inglés). Esta asociación va a dar lugar a la mayor área de libre comercio del mundo, abarcando a algo más de un 30% de la población mundial y un 29% del PIB mundial. Este acuerdo es sin duda un éxito político para el gobierno chino, que consigue sentar las bases no solo para una progresiva reducción de la influencia de EE.UU. en la zona, sino para abrir una vía hacia un acuerdo con Chile y Perú, dos firmes aliados de EE.UU. en el languideciente Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TTP) promovido por Obama y paralizado por Trump.

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Cuando observamos la dinámica del enfrentamiento interimperialista y los cambios bruscos de las RRII podemos establecer una comparación histórica con el mundo de entreguerras del siglo XX

Cuando observamos la dinámica del enfrentamiento interimperialista y los cambios bruscos de las RRII podemos establecer una comparación histórica con el mundo de entreguerras del siglo XX. Un periodo de revolución y contrarrevolución en el que la clase obrera se movió enérgicamente hacia la toma del poder, pero fue traicionada cruelmente por los aparatos socialdemócratas y estalinistas. Ese fracaso permitió el triunfo del fascismo y finalmente abrió las puertas a una guerra imperialista devastadora. Como hemos analizado, la perspectiva de un conflicto militar de esas dimensiones está descartada en el corto plazo, pero algunas de las manifestaciones políticas más radicales y amenazadoras de aquel periodo están emergiendo con toda crudeza. La tarea para la que nos preparamos tiene, por tanto, la misma trascendencia histórica y no puede postergarse.

Notas.

[1] www.imf.org/es/Publications/WEO/Issues/2020/09/30/world-economic-outlook-october-2020.

[2] Por citar un ejemplo representativo, solo en la industria del automóvil europea se esperan 100.000 despidos en 2021 (Previsiones de la Asociación Europea de Proveedores Automovilísticos).

[3] Según la revista Forbes, en los EEUU hay 607 plutócratas con una fortuna personal superior a los mil millones de dólares (925 millones de euros), y la crisis actual las está robusteciendo. Las cifras las aporta el último informe del Institute for Policy Studies, con sede en Washington DC: tan solo en las tres semanas que van del 18 de marzo al 10 de abril, estos milmillonarios incrementaron su riqueza en 282.000 millones de dólares (261.000 millones de euros); en ese mismo periodo 22 millones de estadounidenses se apuntaban a las listas del desempleo.

[4] Según los datos proporcionados por el Banco de Pagos Internacionales de Basilea, en 2018 el valor total de derivados financieros fuera del mercado bursátil ascendía a 544 billones de dólares, una cantidad equivalente al 640% del PIB mundial de aquel año. En 2019 los bancos estadounidenses poseían 157 billones de dólares en derivados, es decir, el doble del PIB mundial y un 12% más de lo que acumulaban en 2008 y, de ellos, los cuatro grandes (JP Morgan, Bank of America, Citigroup y Wells Fargo), acumulan el 50% de todos los títulos del Tesoro que tiene la banca norteamericana. También la llamada banca en la sombra —la red financiera constituida por transacciones bilaterales, opacas e interdependientes, fuera del sistema bancario regulado— ha experimentado un crecimiento espectacular. Según el último informe del Consejo de Estabilidad Financiera, en 2017 movía 51,57 billones de dólares, un 57,3% más que hace diez años. Solo en la UE, el sector de la banca en la sombra representa el 40% de su actividad financiera según cifras del Consejo Europeo de Riesgo Sistémico.

[5] Recientemente se ha producido la fusión bancaria más importante desde 2008, entre BB&T (BBT) y SunTrust (STI), que dará lugar a la sexta entidad financiera más grande de los EEUU. Los seis grandes bancos y entidades financieras acapararán más del 65% de todos los activos y depósitos de EEUU. También se ha producido la fusión entre Charles Schwab y TD Ameritrade, la primera y tercera mayores empresas de corretaje bancario y bursátil (brokers) de EEUU, dando lugar a una gigantesca entidad que contará con 24 millones de cuentas de clientes en todo el planeta, cinco billones de dólares en activos y generará unos ingresos anuales que rondarán los 17.000 millones de dólares. Gestoras de fondos de inversión como BlackRock, actualmente la mayor del mundo, gestiona capitales por valor de 6,3 billones de dólares, el equivalente al PIB combinado de Alemania y Francia. En un estudio de Mckinsey Global Institute, se señala que el 80% de todos los beneficios empresariales que se obtienen en el mundo los genera el 10% de los grupos cotizados en Bolsa. Tres corporaciones, BlackRock, Vanguard y State Street, ya son las mayores accionistas del 40% de todas las compañías estadounidenses, y del 88% de las 500 mayores empresas del país. Aquí está la dictadura del capital financiero, cuyo poder palidece con el que describió Lenin en 1916.

[6] Según dicho informe, cuatro multinacionales controlan el 84% del mercado de pesticidas, diez el 56% del mercado de fertilizantes, otras diez el 83% del mercado farmacéutico para ganado y solo tres compañías el 60% del mercado de semillas. En el sector de la minería, cinco multinacionales acaparan el 91%, 88% y 62% de la producción mundial de platino, paladio y cobalto, y diez multinacionales el 64%, 52%, 50% y 45% de la producción de níquel, hierro, cobre y zinc respectivamente, así como el 34% y 30% de la de plata y oro. El 72% de las reservas de petróleo y el 51% de las de gas están en manos de diez compañías multinacionales, mientras que otras tantas producen el 30% del cemento mundial. También son diez las que acaparan el 25% de la producción mundial de papel y cartón, y trece las que concentran entre el 11 y el 16% de la pesca mundial y entre el 20 y el 40% de las reservas pesqueras. Cinco multinacionales controlan el 90% del comercio mundial de aceite de palma, otras tres el 60% de la producción de cacao, diez el 40% de la producción de café, ocho el 54% de la producción de soja, tres el 42% de la producción de plátano y cinco el 48% de la producción de salmón.

[7] Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo.


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