A las pocas horas de helar la sangre a millones de personas con una amenaza que ningún criminal imperialista se había atrevido a lanzar desde Hitler, “esta noche morirá una civilización”, Donald Trump se ha visto obligado a declarar el alto el fuego y abrir una negociación con Irán.

Digan lo que digan este genocida y su aliado sionista, e independientemente del resultado de las conversaciones, este retroceso tiene una lectura muy clara. La guerra imperialista  que desató el imperialismo estadounidense junto al régimen nazisionista el pasado 28 de marzo se ha vuelto contra ellos y el saldo, por el momento, es una evidente derrota.

Trump y el imperialismo USA contra las cuerdas

Las condiciones que servirán de punto de partida para la negociación en Islamabad, y que son las planteadas por Teherán, muestran sin ningún género de dudas hasta qué punto ha tenido que recular Estados Unidos.  Cese de todos los ataques contra Irán;  control conjunto de Ormuz por Irán y Omán (los dos países que atraviesa el estrecho) y desembolso a Teherán de una tasa a las petroleras y navieras que lo utilizan para reconstruir las infraestructuras destruidas; reparaciones de guerra por parte de los agresores;  compromiso de estos -avalado y ratificado por la ONU- de que no se producirán nuevos ataques, y retirada de las sanciones y restricciones a los planes de enriquecimiento de uranio iraní impuestas por el imperialismo estadounidense.

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A las pocas horas de helar la sangre a millones de personas con una amenaza criminal, “esta noche morirá una civilización”, Donald Trump se ha visto obligado a declarar el alto el fuego y abrir una negociación con Irán. 

Por mucho que Trump intente presentar la apertura del estrecho como una victoria esto no se lo traga nadie. Ormuz ya estaba abierto, y fue precisamente la guerra que lanzó la que provocó su cierre. Pero es que además su reapertura actual, bajo claro control de Irán, no significa siquiera una vuelta a la situación anterior sino una demostración de fuerza y una victoria para Teherán.

La histeria con que ha sido recibido el alto el fuego por parte de Israel es un buen indicador de la magnitud del golpe que han recibido. A las pocas horas de que Washington lo declarara, Netanyahu descargó la ofensiva más letal contra el Líbano desde el inicio de la guerra, asesinando 303 personas en pocos minutos.

El vicepresidente estadounidense Vance y otros representantes norteamericanos apoyaron públicamente la agresión sionista. Trump la calificó cínicamente como una “escaramuza aparte”, demostrando una vez más su desprecio absoluto por la vida humana y que está muy acostumbrado a faltar a la palabra dada.

Pero Irán respondió inmediatamente: volvió a golpear a Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Catar y cerró de nuevo Ormuz, dejando claro que el alto el fuego y la negociación eran “inviables si no incluían al Líbano y Hezbolá”.

Prácticamente todos los aliados tradicionales de EEUU, empezando por los de Oriente Medio y siguiendo por la Unión Europea, Canadá y Japón exigieron públicamente sumar al Líbano al cese de las hostilidades y a la negociación. Trump obligó a Netanyahu a reunirse con el Gobierno libanés mientras le pedía que “bajase un poco” los ataques y los llevase a cabo con “más disimulo”. Pero Irán ha insistido en que si continúan, en su territorio o en el Líbano, Ormuz seguirá cerrado.

Toda esta sucesión de acontecimientos muestra los enormes escollos para un posible acuerdo de paz. Pero también pone en evidencia que EEUU e Israel están en un laberinto del que no saben cómo salir y que no se encuentran en un buen momento para imponer sus condiciones.

La situación en Israel

El proyecto racista y supremacista del Gran Israel cuenta con el respaldo del conjunto de la burguesía israelí, que obtiene beneficios muy importantes de la producción de armas, de las tecnologías de la información vinculadas a la guerra, y de la brutal opresión sobre la población palestina en Gaza y Cisjordania.

Los capitalistas sionistas esperaban como agua de mayo el negocio turístico e inmobiliario que habían diseñado para Gaza y el sur del Líbano con el patrocinio del capital estadounidense y mundial. Pero la guerra está aplazando y poniendo en cuestión esos planes, alimentando las tensiones dentro de la clase dominante.

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Hay enormes escollos para un posible acuerdo de paz. Pero también se ha puesto en evidencia que EEUU e Israel están en un laberinto del que no saben cómo salir y que no se encuentran en un buen momento para imponer sus condiciones. 

Todas las encuestas apuntan a una posible derrota de Netanyahu en las elecciones de la segunda mitad del año, pero ninguna de las formaciones burguesas de la oposición critica a su Gobierno por atacar a Irán e invadir el Líbano sino  por su “aceptación del alto el fuego” sin “haber conseguido los objetivos”. Por su parte la autodenominada izquierda sionista, aunque se hace eco del malestar e inquietud ante la prolongación de la guerra, acompaña esas críticas de loas constantes al ejército, manteniendo su apoyo a la ocupación y el proyecto supremacista.

A pesar de ello, y de la total censura de informaciones, el estancamiento de la guerra y el rechazo internacional a la misma están teniendo un impacto. Los drones y los misiles de Irán y Hezbolá caen todos los días, cuestionando el discurso triunfalista del Gobierno. El Ministerio de Sanidad israelí reconoce 19 muertos y 7.451 heridos, aunque probablemente son bastante más.

El presupuesto militar representa ya casi el 10% del PIB y el genocidio en Gaza ha consumido 80.000 millones de dólares entre 2023 a 2025, con un coste semanal de 600 millones que la ofensiva contra Irán y Líbano ha elevado al doble. Los recortes en sanidad, educación y demás gastos sociales por el sostenimiento del militarismo sionista están alentando un malestar social creciente.

La economía mundial al borde del abismo

Washington y Tel Aviv  poseen la maquinaria de destrucción y muerte más brutal que ha conocido la Historia. Lo han demostrado perpetrando un holocausto contra el pueblo palestino  en Gaza y Cisjordania que, no lo olvidemos, continúa bajo la farsa de su plan de paz con el aval de la comunidad internacional, y la pasividad de China y Rusia.

Esa maquinaria militar ha asesinado en poco más de un mes a 4.500 personas (entre Irán y Líbano), causado miles de heridos y expulsado de sus hogares a más de un millón de personas. Según el propio ejército estadounidense han destruido 13.000 objetivos militares y civiles solo en territorio iraní. Pero de los objetivos políticos, económicos y geoestratégicos que tenían con esta guerra no han conseguido ni uno.

La economía mundial se tambalea ante  “el mayor riesgo para la seguridad energética de la historia”, como explica  el presidente de la Agencia Internacional de Energía (AIE) Fatih Birol: “La cantidad de petróleo y gas natural que hemos perdido es mayor que la que se perdió en las dos grandes crisis del petróleo de los años setenta y mayor que la carencia del gas ruso tras la invasión rusa de Ucrania. Esta crisis es más grande que esas tres crisis históricas juntas. No se trata solo de petróleo y gas. También se ven afectados productos fundamentales como los fertilizantes, los petroquímicos o el helio, lo que tendrá relevantes implicaciones para las cadenas de suministro globales. Incluso cuando termine la crisis, el mercado no volverá a ser como antes. Los riesgos de seguridad en Oriente Próximo seguirán muy presentes para Gobiernos e industrias de todo el mundo. Creo que el vaso se ha roto y será muy difícil recomponerlo para volver a dejarlo como estaba”[1].

Los mismos mercados financieros que hicieron caja con el genocidio palestino y se frotaban las manos durante los primeros compases de esta guerra con los beneficios del sector militar y energético, ahora presionan desesperados para que Trump le ponga fin.

Según un estudio de ING basado en las previsiones de resultados de las mayores empresas del mundo, una subida prolongada de los precios del gas y el petróleo y el aumento de tipos de interés reduciría a la mitad los dividendos por acción: del 19% y 15,6% previstos para 2026 y 2027, al 10% y 8% respectivamente.

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Los mismos mercados financieros que hicieron caja con el genocidio palestino y se frotaban las manos durante el principio de esta guerra con los beneficios del sector militar y energético, ahora presionan desesperados para que Trump le ponga fin. 

Una extensión del conflicto podría impactar en los mercados generando una cascada de golpes que concluiría en una recesión mundial. “Cuando el precio del petróleo sea lo suficientemente alto, los mercados bursátiles se desplomarán, lo que provocará una recesión mundial", advirtió Andy Xie, exjefe de la división de Asia de Morgan Stanley. “En Asia, el lugar donde primero se está sintiendo el impacto de la guerra el Banco de Japón ya confirma (…) que la guerra de Irán ya está teniendo un impacto en las cuentas de las empresas (…)”[2].

China y Rusia reforzados por la guerra, y el régimen de los ayatolás también

El fiasco militar, la  inestabilidad geopolítica, la sangría de recursos económicos y el rechazo social a esta guerra han puesto un enorme interrogante sobre la capacidad de EEUU para seguir desempeñando el papel de potencia hegemónica capaz de imponer respeto a sus adversarios y garantizar seguridad y estabilidad a sus aliados.

Como han podido comprobar las monarquías reaccionarias del Golfo Pérsico, incluidos los paraísos financieros de Dubai y Abu Dhabi, ya no hay garantías serias de protección bajo el ala de Trump. Por primera vez ven seriamente amenazados los cimientos de su poder, y ya nada será igual.

Por el contrario, el régimen de los ayatolás se ha visto -al menos de momento- claramente reforzado. Como hemos señalado en declaraciones anteriores[3], se trata de una dictadura teocrática profundamente reaccionaria, un enemigo jurado de la clase obrera que oprime brutalmente  a las mujeres, a la comunidad LGTBI y a las minorías nacionales, que persigue con saña a la izquierda, y particularmente a las fuerzas comunistas desde hace décadas, y no duda en reprimir sangrientamente las manifestaciones populares.

Pero las bombas de Trump y Netanyahu han provocado un cierre de filas con el régimen y una honda indignación y rechazo en el pueblo iraní. Completamente lógico. Intentar borrar de la faz de la tierra la civilización persa, despreciar de una manera tan colonial el orgullo nacional iraní, han galvanizado el sentimiento de resistencia activa entre la población. Todo lo contrario a lo que ocurre dentro de los EEUU.

Las masas iraníes están viendo de un modo claro y concreto que del imperialismo  y el sionismo solo pueden esperar muerte, miseria y más opresión. La única esperanza para ellas es una revolución basada en su autoorganización y acción directa y un programa socialista que expropie a la burguesía y la élite militar, burocrática y religiosa que controla la tierra y los grandes bancos y empresas.

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Las bombas de Trump y Netanyahu han provocado un cierre de filas con el régimen y una honda indignación y rechazo en el pueblo iraní y han galvanizado el sentimiento de resistencia activa entre la población. Todo lo contrario a lo que ocurre dentro de los EEUU. 

Junto al régimen iraní, China y Rusia salen reforzados en su influencia política y económica, y experimentarán un espaldarazo aún mayor durante los próximos meses y años. La decadencia, la impotencia y la desesperación que transmite el imperialismo estadounidense, que ya nadie niega, representa la  mayor amenaza para la estabilidad del sistema. 

Moscú ha incrementado exponencialmente sus ingresos por la escalada de los precios del gas y el petróleo, mientras reafirma su victoria en la guerra de Ucrania y consolida sus áreas de influencia más próximas y otras que considera estratégicas en África. Los efectos económicos de la guerra han reabierto el debate en la UE sobre la compra de gas a Rusia y la necesidad de marcar distancias con Washington en este y otros temas.

Por su parte, China ha reivindicado su posición como potencia capitalista que aspira a la hegemonía. Desde el punto de vista económico y diplomático se presenta como un socio fiable que ofrece estabilidad y acuerdos comerciales e inversiones en lugar de  bombas, misiles, aranceles y amenazas.

Pero esta guerra también está representando un salto cualitativo desde el punto de vista de su potencial militar. La superioridad económica y tecnológica del bloque liderado por China y Rusia está teniendo una traducción en el campo de batalla. Aunque, de momento, Beijing y Moscú parecen seguir apostando por que la superioridad económica y el desgaste de EEUU les proporcionen una posición de liderazgo mundial en poco tiempo, evitando en la medida de lo posible una confrontación armada directa, su apoyo a Irán en esta guerra, especialmente en medios logísticos, tecnológicos y en suministro de armamento, lo dice todo.

Irán ha respondido militarmente con un despliegue de drones y misiles, mucho más baratos, y en cantidades tan apabullantes que han provocado una severa crisis en la capacidad de EEUU e Israel para reponer su arsenal al ritmo necesario, especialmente de interceptores, claves para sus sistemas defensivos.

La resistencia iraní ha abierto un enorme boquete a las finanzas de los atacantes, que no son capaces de aumentar recursos y suministros para lograr un desenlace favorable a corto plazo. Y si tomamos todos estos factores, y añadimos la incertidumbre de una recesión pavorosa, es inevitable que las contradicciones y divisiones internas del imperio estadounidense se agudicen.

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La decadencia, la impotencia y la desesperación que transmite el imperialismo estadounidense, que ya nadie niega, representa la  mayor amenaza para la estabilidad del sistema.  

El enemigo principal de Trump está en casa

Este es un punto clave que ha forzado a Trump a dar un paso atrás y aceptar las condiciones de Teherán para negociar. La oposición interna a la guerra ha crecido con fuerza, y las movilizaciones de masas contra la agenda reaccionaria y totalitaria del presidente se hacen más grandes.

El 28 de marzo las manifestaciones del No Kings congregaron a más de siete millones de personas en más de 3.000 ciudades. Y en ellas retumbaron las consignas contra el ICE, las políticas racistas y totalitarias, y el No a la Guerra.

A miles de kilómetros, la imagen de miles de hombres y mujeres iraníes organizando cadenas humanas alrededor de las centrales eléctricas e instalaciones nucleares que Trump y Netanyahu prometían arrasar, impactó sobre millones de trabajadores y jóvenes en EEUU y otros países.

En ese contexto, el intento de estos genocidas de desatar un holocausto como el de Gaza en Irán, un país con 92 millones de habitantes, es evidente que podría provocar un levantamiento de masas. Así se lo hicieron saber amigos y enemigos. Las voces exigiendo su inhabilitación por incapacidad mental se dispararon, incluyendo a figuras destacadas del MAGA, reflejando la oposición masiva a la guerra.

Trump ha fracasado en su plan de derrocar al régimen de los ayatolás para hacerse con el control del gas, del petróleo y otras riquezas de Irán. Tampoco ha podido dar la vuelta de tuerca definitiva a la escalada militar en Oriente Medio, infligiendo una derrota de graves consecuencias a China y Rusia, y debilitando de forma decisiva su influencia en una región de enorme importancia geoestratégica.

La guerra se ha vuelto contra Washington. Cada día de contienda les cuesta más de 1.000 millones de dólares. Pero todo este despilfarro descomunal de recursos sigue sin traducirse en ninguna ventaja militar decisiva sobre el terreno. Al contrario, todos los planes que barajan para intentar cambiar la dinámica militar, la hipotética toma de la isla de Jarg, bombardeos contra centrales eléctricas, infraestructuras gasísticas y petroleras... han tenido que ser aplazados por miedo a una respuesta equivalente de Teherán contra las monarquías del Golfo y las dudas acerca de que, lejos de garantizar la victoria, provoquen un resultado aún más catastrófico en la economía mundial.

Las presiones de sectores decisivos de la clase dominante estadounidense y de sus aliados para dar marcha atrás, abrir esta negociación y salir de Irán cuanto antes son enormes. Pero no será fácil. Un acuerdo en los términos planteados por Teherán dejaría al imperialismo estadounidense desnudo, provocaría una crisis mayor en la OTAN y abrirá paso a una derrota electoral de los candidatos trumpistas en las elecciones de medio mandato. Cualquier solución es mala para los intereses de Washington.

Uno de los principales escollos en la negociación será la cuestión del Líbano. Pero Washington tiene medios para presionar a Tel Aviv y establecer algún tipo de acuerdo, lo que no evitará que el régimen sionista vuelva a la carga en cuanto tengan oportunidad.

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La agresión imperialista de EEUU e Israel han vuelto a sacudir la conciencia de millones en todo el mundo. Toda una generación no está dispuesta a soportar esta barbarie. Sobre estas condiciones las ideas de la revolución socialista no harán más que fructificar. 

La borrachera de éxito tras masacrar impunemente al pueblo palestino y hacerse con el control de Venezuela con tanta facilidad ha sido un factor importante en el momento y la forma como Trump y Netanyahu decidieron lanzar esta guerra. Pero las causas que alimentan la escalada militarista y supremacista de EEUU  hunden sus raíces en la crisis interna y la decadencia del capitalismo estadounidense.

El maravilloso movimiento de masas de la juventud y la clase obrera estadounidense, y la derrota en esta guerra, puede ser la tumba política de Trump, y esto significaría también un golpe tremendo a la ultraderecha  en todo el mundo.

No se puede establecer una perspectiva cerrada de lo que sucederá en las próximas semanas, si el alto el fuego se consolidará y los bombardeos dejarán de escucharse en el Líbano e Irán. Pero una cosa es indiscutible. La agresión imperialista de EEUU e Israel han vuelto a sacudir la conciencia de millones en todo el mundo y están sirviendo de escuela política para toda una generación que no está dispuesta a soportar esta barbarie. Sobre estas condiciones las ideas de la revolución socialista no harán más que fructificar.

 

Notas:

[1] Fatih Birol (AIE): “Al principio, los gobiernos subestimaron la magnitud de la crisis energética”

[2]  La guerra ya amenaza con borrar la mitad de los beneficios del mundo pese a la confianza ciega de los mercados en las empresas

[3] La guerra se vuelve contra Trump y coloca al mundo ante una catástrofe económica

Periódico de la Izquierda Revolucionaria

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