Las trabajadoras venezolanas sabemos lo difícil de la situación en el resuelve del día a día. Aunque, pareciera que a todos y todas l@s trabajadores afectara por igual, es a las mujeres quien nos toca cargar con la peor parte. Ya que, antes de entrar en la crisis, las mujeres trabajadoras padecíamos de desigualdad laboral (por ejemplo), siendo, además, quienes nos encargábamos (y seguimos encargando) principalmente de las tareas del hogar, las cuales se complejizan cada vez más con un acceso restringido a servicios públicos tales como agua, gas y transporte. Por lo que no cabe duda, que ahora en esta situación, el retroceso más grande lo hemos sufrido las mujeres trabajadoras venezolanas. Decimos trabajadoras, porque queremos marcar diferencia, por ser mujeres no todas estamos en el mismo bando, hay un grupo (reducido) que vive con privilegios muy importantes. Hablamos de las mujeres que tomamos el metro, la camionetica o caminamos, las que sufrimos de empleos precarios y se nos hace difícil llegar a fin de mes, las que “literalmente” nos quitamos el pan de la boca para nuestr@s hij@s. no tenemos nada que ver con las ministras acomodadas o las empresarias millonarias de toda la vida, que extraen plusvalía de los trabajadores al igual que lo hacen los empresarios del genero masculino, esas que defienden y patrocinan la sociedad patriarcal que nos ha oprimido. ¡Así que no, no somos iguales por pertenecer al mismo género!

El aumento en la precariedad de nuestras vidas, ha llevado a muchas mujeres trabajadoras a aceptar condiciones de abuso, que son en gran medida toleradas porque no tenemos la independencia económica que garantice nuestro autocuidado ni el cuidado de nuestr@s hij@s. Seguimos permitiendo hombres maltratadores en el hogar porque son garantes de comida y techo. Estos hechos se subestiman, hasta que pasan desgracias, tal como lo expresan los más de 45 feminicidios registrados en nuestro país, sólo en los meses de enero y febrero de este año. Los feminicidios aumentan en cuanto aumenta la precariedad económica de las mujeres trabajadoras, es por eso que debemos organizarnos y exigir salarios que nos permitan cubrir el coste de la vida, no podemos tolerar sueldos miserables. Así como tampoco podemos aceptar que la maternidad sea tratada como una limitante para la equidad económica de las mujeres trabajadoras, pues las horas dedicadas al cuidado de los hijos e hijas de nuestra sociedad, siguen sin ser consideradas como trabajo productivo, pareciendo más bien un obstáculo para el trabajo remunerado. Tolerar sueldos miserables, o trabajos con grandes brechas salariales debido a que no se respetan las horas de crianza, ni se generan alternativas como guarderías para que la atención de las y los hij@s, es una forma de aceptar y normalizar la dependencia económica de la mujer. Si decimos no al maltrato debemos ligarlo a todas las situaciones que permiten que este se dé.

Es así, como las mujeres debemos alzar nuestra voz, para exigir un alto ante estas condiciones de vida, pero también es un deber no solo de mujeres, sino, de hombres revolucionarios y de las organizaciones de izquierda en nuestro país, luchar junt@s y organizarnos por unas mejores condiciones de vida para todas y todos. No podemos aceptar ningún recorte ni retroceso a derechos, como la salud, la educación de calidad, espacios de cuidado en el trabajo para las niñas y niños, debemos exigir que se mejoren. Debemos luchar para que no se pierda ningún puesto de trabajo, ni beneficios como el HCM, el transporte o los uniformes.

“Lograr la igualdad real entre el hombre y la mujer dentro de la familia es un problema arduo. Todos nuestros hábitos domésticos deberán ser revolucionados antes de que pueda suceder. Y, sin embargo, es obvio que si no hay verdadera igualdad entre marido y mujer en la familia, tanto en lo cotidiano como en sus condiciones de vida, no podremos hablar seriamente de su igualdad en el trabajo, en la sociedad o incluso en la política.” Trotsky 1920.


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