“El gobierno de Mazen es un avance hacia la convivencia de Israel y Palestina”. Así saludaban Aznar y Blair el acuerdo entre Arafat y Mazen para la composición del nuevo gobierno palestino. La euforia se ha desatado en los principales centros de pode“El gobierno de Mazen es un avance hacia la convivencia de Israel y Palestina”. Así saludaban Aznar y Blair el acuerdo entre Arafat y Mazen para la composición del nuevo gobierno palestino. La euforia se ha desatado en los principales centros de poder imperialista y al fin se ha hecho pública la llamada “hoja de ruta”, que tiene que conducir al fin de un conflicto que dura más de cincuenta años. El hecho de que los vándalos que han arrasado Iraq celebren este acuerdo es sintomático del carácter del mismo.

Como explicábamos en el anterior número de El Militante, los planes para la estabilización americana de Oriente Medio pasan por el sofocamiento de la intifada y el definitivo abandono de las aspiraciones nacionales del pueblo palestino. Para conseguirlo, Sharon-Bush necesitan una dirección palestina abierta a cualquier chanchullo en la mesa de negociación y sobre todo dispuesta a enfrentarse a las milicias armadas que protagonizan la Intifada.

El primer paso se dió con la proclamación de Abu Mazen como primer ministro, el siguiente ha sido el acuerdo entre él y Arafat para que el Ministerio del Interior, decisivo en este proceso, quede en manos del primero. Con ello pretenden garantizar mano dura en la represión de la Intifada. Abu Mazen es el hombre de la CIA y su trabajo se hará notar.

¿Qué es la hoja de ruta?

La “hoja de ruta” es el nombre con el que se conoce el nuevo plan de “paz” presentado por EEUU, Rusia, UE y ONU. El mismo se divide en tres fases, siendo la primera la condición inexcusable para avanzar hacia las siguientes. Ésta tiene como objetivo “acabar con el temor y la violencia y normalizar la vida palestina y construir las instituciones palestinas”. Este eufemismo esconde el verdadero objetivo: doblegar la intifada, acabar con la voluntad de resistencia del pueblo palestino y así poder pasar a la siguiente fase con unos palestinos a la baja, dispuestos a la claudicación en la negociación final. Para ello era clave el control del Ministerio del Interior por Abu Mazen, ya que se incide en la cooperación en materia de seguridad entre los servicios de seguridad de la Autoridad Palestina y las fuerzas de defensa israelíes: “El aparato de seguridad de la AP, reconstruido y redefinido, inicia operaciones continuas, concretas y eficaces, con el fin de enfrentarse a todos los que se dedican al terrorismo y desmantelar la infraestructura y la capacidad de los terroristas. Esto incluye confiscar las armas ilegales…”. A cambio de este desarme de la Intifada las concesiones israelíes son ridículas: desmantelamiento de los asentamientos erigidos desde marzo del 2001 y retirada de las zonas ocupadas desde el inicio de la segunda Intifada. Decimos ridículos porque el grueso de los asentamientos judíos en los territorios ocupados no se han producido desde hace un año, sino en la década de los 90, durante el llamado proceso de paz, convirtiendo Cisjordania en un territorio salpicado de asentamientos que imposibilita la continuidad territorial de un hipotético Estado palestino.

Como vemos, esta primera fase es decisiva. De hecho no es descartable que pudiera conducir a una guerra civil entre palestinos. El instinto y la experiencia previa de la población les hace comprender que llegar a unas negociaciones desarmados y derrotados no les llevará a ninguna parte.

La primera respuesta a la publicación de la “hoja de ruta” no ha tardado ni 24 horas. Las Brigadas de los Mártires de Al-Aqsa de Al Fatah (partido mayoritario de Arafat) hicieron un nuevo atentado suicida en la estación de tren de la ciudad israelí de Kfer Saba. Los integristas de Hamas ya ha anunciado: “si el nuevo gobierno (…) se dedica a hacer la guerra a nuestros combatientes, entonces nuestro pueblo se reservará una acogida desfavorable”.

Abu Mazen no tiene autoridad para imponer sus planes: en una reciente encuesta, el 68% cree que su nombramiento es fruto de las presiones internacionales y un 75% aboga por mantener la Intifada.

Suponiendo que al final pudieran desarmar las milicias se entraría en la segunda fase de la “hoja de ruta”, cuyo objetivo es crear “un Estado palestino con fronteras provisionales y atributos de soberanía (…). Como se ha dicho, este objetivo puede alcanzarse cuando el pueblo palestino disponga de una dirección que actúe con decisión contra el terrorismo y tenga la voluntad y la capacidad de construir una democracia real basada en la tolerancia y la libertad”. Ya sabemos el significado que para el imperialismo tienen las palabras democracia, tolerancia y libertad. La traducción de este párrafo es que se conseguirá el acuerdo cuando los palestinos tengan un gobierno títere del imperialismo israelí dispuesto a tragar con todo.

En esta segunda fase “los estados árabes restablecen las relaciones con Israel anteriores a la Intifada” algo muy del agrado de la burguesía israelí que verá aumentados sus mercados y zonas de influencia.

Como última y tercera fase la “hoja de ruta” abordaría las características y estatus final del nuevo Estado palestino en el año 2005. En su texto no hay más que unas vagas referencias a como será ese Estado, sin apenas mencionar que pasará con Jerusalén o los millones de refugiados a los que se despacha con una “solución acordada, justa y realista al problema de los refugiados”.

¿Hacia dos Estados

conviviendo en armonía?

Recapitulando: esta “hoja de ruta” no traerá la liberación nacional al pueblo palestino. A cambio de que abandone la lucha se le promete un Estado en 2005. Cualquiera que conozca la historia y el desarrollo reciente del proceso de paz sabe que esto es una reedición a la baja de los acuerdos de Oslo de 1993. Aquellos acuerdos fracasaron cuando llegaron a su etapa final: definir las características del estado palestino. La burguesía israelí jamás permitirá el retorno de los refugiados, jamás renunciará al control de las fronteras de ese “Estado”, no renunciará al control de recursos claves como el agua, no se retirará del total de los territorios ocupados, no desmantelará todos sus asentamientos que impiden la continuidad territorial. No lo hizo Barak a mediados de 2000 y no lo harán ahora fruto de unas negociaciones donde los palestinos vayan derrotados. Esto lo entendió perfectamente la población y por eso estalló la segunda Intifada. Era un mensaje claro a Arafat: “estamos hartos de tus claudicaciones”.

Sólo sobre una derrota muy fuerte y posiblemente tras una guerra civil interna podrán imponer esa ficción de Estado a los palestinos.

La idea de dos estados capitalistas independientes conviviendo juntos pacíficamente es una utopía reaccionaria. Incluso una salida así, en las condiciones arriba explicadas, sería fuente de futuros conflictos. No sería una victoria del pueblo palestino sino una humillación más.

No hay liberación nacional posible sobre bases capitalistas. La voluntad de resistencia de la Intifada no basta para ganar. Sólo la lucha por una Federación de dos Estados socialistas —palestino e israelí— puede romper la espiral de sectarismo entre oprimidos palestinos e israelíes. Sólo sobre bases socialistas podrían absorber la vuelta de los millones de refugiados, compartir la capitalidad de Jerusalén, los recursos económicos y naturales, definir armónicamente las fronteras, etc.

Si la resistencia a la claudicación que preparan Arafat y Mazen la encabezan Hamas o los métodos de terrorismo individual y el nacionalismo burgués estrecho de las milicias de Al Fatah la derrota está garantizada.