La llegada de la pandemia ha asestado un golpe devastador a una economía ya en una profunda crisis. El confinamiento consiguió lo que cinco meses de maniobras de la oligarquía libanesa no habían logrado: vaciar las calles de manifestantes e imponer un parón al movimiento revolucionario que estalló el pasado 17 de octubre

Un colapso económico sin precedentes

El levantamiento social en Líbano había seguido el ejemplo del que dio comienzo dos semanas antes en Iraq y de los movimientos de masas de Sudán y Argelia, que meses antes habían derribado a sus respectivos dictadores. Las masas ligaron correctamente la situación de la economía con el corrupto régimen sectario, producto del imperialismo francés y las diferentes alas de la oligarquía libanesa.

La actuación de ese Estado corrupto ante la pandemia ha sido otro ejemplo de su incapacidad para solucionar ningún problema de las masas y de su capacidad para seguir robando y parasitando utilizando el veneno sectario. El Gobierno decretó el confinamiento el 15 de marzo y prometió una serie de ayudas, vitales en un país con unos servicios sociales colapsados y una sanidad en su mayoría privada. No se cumplió ninguna promesa, empezando por la de un bono de 400.000 libras libanesas para familia vulnerables.

El ejemplo más descarnado de lo que enfrenta la población trabajadora es el pavoroso desplome de la moneda. El Banco Central aún mantiene un cambio oficial de 1.507 libras por dólar, que no tiene nada que ver con la realidad cotidiana de la población. En el mercado paralelo de la calle, el dólar alcanzó las 2.500 libras en enero, las 4.000 a finales de abril y el 30 de junio llegó a las 9.000. Y no hay ningún dato que haga pensar que esta tendencia vaya a invertirse.

Del corralito se ha pasado a no poder retirar dólares de los bancos. Mientras la población apenas tiene acceso a unos ahorros que menguan a velocidad de vértigo, solo entre enero y febrero de este año más de 5.000 millones de dólares salieron de los bancos libaneses, la gran mayoría hacia cuentas en el extranjero.

La inflación se ha disparado. Algunos informes la cifran en un 55%, otros la elevan en algunos productos básicos hasta el 90%. Quizá el dato más gráfico sea que, en junio, los supermercados han dejado de marcar el precio en sus productos. Primero, los bancos se quedaron sin dólares, después las gasolineras sin gasolina y el 27 de junio se hacían públicos recortes en la fabricación y distribución del pan, al faltar trigo por el colapso de la moneda. Según el Banco Mundial, el 60% de la población ha caído bajo el umbral de la pobreza.

Líbano arrastra una de las mayores deudas externas del mundo: un 170% de su PIB, unos 82.000 millones de dólares. En marzo se produjo el primer impago de deuda externa de su historia. El Gobierno pidió la intervención del FMI, a quien solicitó inyectar 10.000 millones de dólares y que se liberen los 11.000 millones acordados en la conferencia Cedre de abril de 2018. Obviamente, tanto el FMI como los firmantes de Cedre exigirán las condiciones de aquella conferencia: reducción del déficit, aumento del precio de la energía, reestructuración bancaria, privatizaciones, etc; las medidas que iba a tomar el entonces primer ministro Hariri en octubre pasado y que provocaron el levantamiento social que acabó con su Gobierno.

La respuesta de las masas

El 21 de abril, tras las primeras 24 horas sin ningún nuevo contagio, el grito de Zaura! (revolución, en árabe) volvía a las calles, en este caso en una caravana de coches en Beirut. Aunque no tuvo la dimensión de las manifestaciones de meses anteriores, marcaba de nuevo el camino de la movilización. Así, la noche del 27 de abril se produjeron manifestaciones contra el hambre y la congelación de cuentas bancarias. Partiendo de la combativa ciudad de Trípoli —ciudad históricamente discriminada por el Estado— se extendieron a Beirut y al resto del país. Esta jornada fue bautizada como “noche de los molotovs”, por las decenas de oficinas bancarias atacadas con bombas incendiarias.

El Gobierno fue mucho más contundente en la represión que en los meses anteriores. Se desplegó el ejército y cargó duramente contra las protestas y los bloqueos. Llegó a utilizar fuego real y asesinó a un manifestante en Trípoli. Esto ha sido un punto de inflexión para sectores del movimiento que veían en el ejército un cierto papel de “símbolo nacional” no sectario. Ahora se ha revelado como lo que es: un firme defensor de la oligarquía y los bancos.

Aun sin una estrategia clara, las manifestaciones, los cortes de carreteras y bloqueos se han mantenido, impulsados desde abajo por la ira y por el hambre.

Maniobras sectarias

En las últimas semanas tanto el primer ministro Hassan Diab como los partidos que le respaldan (Hezbolá, Amal y el MPL cristiano maronita de Michel Aoun) han señalado al gobernador del Banco Central libanés, Riad Salamé, como principal responsable de la situación actual. Salamé lleva a la cabeza del Banco Central desde 1993. Hombre vinculado al gran capital, fue vicepresidente de Merrill Lynch y condecorado como caballero de la Legión de Honor francesa en 1997. Es alguien de quien la clase obrera y la juventud libanesa no pueden esperar nada. Lo que hay detrás son disputas entre sectores de la oligarquía a diferentes niveles. Por un lado, entre el bloque del Gobierno y Salamé para ver quién carga con la responsabilidad de la crisis ante la población y, por el otro, entre el propio Diab y el exprimer ministro Hariri, que no renuncia a volver de nuevo al cargo. En cualquier caso, no son más que intentos de echar arena a los ojos del movimiento, y ninguno de ellos va a significar una solución para las necesidades cada vez más urgentes de las masas.

Hezbolá es la fuerza más poderosa de este Gobierno, y vuelve a demostrar que no tiene un ápice de progresista. El presupuesto para 2020 es el del anterior Gobierno, que contempla, por ejemplo, un recorte del 7% en sanidad, sin que eso se haya modificado por la pandemia. A pesar de su retórica “antimperialista”, Hezbolá lleva participando en el Gobierno del Líbano desde 2006. Forma parte de los responsables del saqueo de la riqueza del país y ahora está dispuesto a negociar con el FMI ataques draconianos a las condiciones de vida de las masas a cambio de salvar el capitalismo libanés.

El 6 de junio se convocó una manifestación a la que también llamó a participar el bloque chií Hezbolá-Amal. Esa manifestación terminó con ataques de sus partidarios a manifestantes que pedían mantener las movilizaciones en la línea no sectaria de meses anteriores y el desarme de Hezbolá. Los enfrentamientos continuaron al día siguiente.

Sin embargo, la noche del 11 de junio, después de que la libra libanesa perdiera un 25% de su valor en dos días y alcanzase un cambio de 6.000 libras por dólar, las manifestaciones se extendieron de forma espontánea por todo Líbano. En Beirut, desde los barrios chiíes, simpatizantes de Hezbolá-Amal se unieron a la manifestación, durante la que se quemaron varios bancos y se produjeron enfrentamientos con la policía y el ejército. En las manifestaciones se pedía el cese de Salamé, la dimisión del Gobierno y elecciones anticipadas y se coreaban consignas antisectarias.

Es evidente que estas manifestaciones, como ocurrió en los meses anteriores, tienen un efecto en la base social de Hezbolá, y es evidente que Hezbolá maniobrará para intentar descarrilarlas aun participando en ellas. Su éxito dependerá de la capacidad del movimiento de seguir manteniendo su carácter no sectario, algo que hasta ahora ha sido una de sus fortalezas.

Una alternativa revolucionaria

Líbano se enfrenta a la barbarie, el caos económico es absoluto. No hay solución para las masas bajo el capitalismo. El único camino es llevar la revolución hasta el final. Y, como ha demostrado la experiencia, no es suficiente con la determinación del movimiento revolucionario, que ha sido total.

El movimiento se enfrenta a un enemigo que, a pesar de sus dificultades, tiene un programa y un aparato para defender sus privilegios. Es imprescindible oponerle una organización revolucionaria genuina, armada con el programa del marxismo internacionalista, que se base en las movilizaciones y organismos creados por el movimiento que sean el embrión del poder obrero. Un programa para derrocar a la oligarquía, cancelando el pago de la deuda externa y nacionalizando la banca, tomando así el control de la riqueza del país, junto a un llamamiento revolucionario internacional.

La situación en toda la zona era de inestabilidad absoluta antes de la pandemia. El crac en la economía va a tener consecuencias revolucionarias. La vuelta a las calles de las masas libanesas es un anticipo de lo que ocurrirá en un país tras otro, empezando por Iraq, donde también se han recuperado las movilizaciones. Una victoria revolucionaria en Líbano se extendería como la pólvora, a un nivel superior de lo que ocurrió en la primavera árabe en 2011 o en los estallidos revolucionarios en Argelia y Sudán en 2019.


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