En los últimos años hemos visto el despertar de la clase obrera europea con luchas importantes en Italia, Grecia, Alemania, España y otros países, pero durante la última década Francia ha sido el país donde la lucha de clases ha alcanzado cotas más a En los últimos años hemos visto el despertar de la clase obrera europea con luchas importantes en Italia, Grecia, Alemania, España y otros países, pero durante la última década Francia ha sido el país donde la lucha de clases ha alcanzado cotas más altas. También es el país donde las contrarreformas sociales están siendo más abruptas. Los jóvenes y los trabajadores del resto de Europa debemos analizar y extraer lecciones de los acontecimientos franceses porque nos estamos enfrentando o nos enfrentaremos a corto plazo a los mismos ataques por parte de nuestras respectivas clases dominantes.

1995: el punto de partida

Hace diez años, en noviembre y diciembre de 1995, Francia experimentó la mayor expresión de la lucha de clases desde los acontecimientos revolucionarios de 1968. Durante tres semanas y media las masas francesas lucharon contra el gobierno de derechas de Alain Juppé. Cientos de miles de trabajadores del sector público (ferrocarriles, correos, teléfonos, transporte, profesores, sanidad, mineros, bomberos, trabajadores de ayuntamientos y gobiernos locales) participaron en las huelgas y movilizaciones. El punto culminante fue el 12 de diciembre, con más de dos millones de personas participando en 250 manifestaciones por todo el país. Esta huelga del sector público tuvo un profundo impacto en la conciencia de la clase obrera.

Aunque no todos los sectores participaron directamente en la huelga, particularmente el privado, sí que aprendieron de ella y les inspiró. Precisamente, una de las características más importantes de la lucha de clases en Francia desde 1995 ha sido la movilización de sectores hasta ese momento inertes. Camioneros, trabajadores del comercio y la distribución, limpiadoras de hoteles, vigilantes de parking, cobradores, bomberos... Incluso se organizaron y movilizaron las asociaciones que agrupaban a los “sin techo”, también se produjeron ocupaciones de edificios obligando al alcalde de derechas de París a tener que visitarlos, los parados ocuparon centros de trabajo, se produjeron manifestaciones de inmigrantes ilegales, etc. Ese proceso de movilización llegó a contagiar a las capas medias. Por ejemplo, la Confédération Paysanne, que agrupa a los pequeños campesinos, organizó protestas espectaculares contra los bancos y las grandes multinacionales.

Uno de los elementos más importantes que dio gas a la lucha fue el enorme apoyo con el que contaban los huelguistas entre la población, de más del 65%, a pesar de los enormes problemas que las huelgas creaban para su vida cotidiana. Los trabajadores franceses demostraron una vez más su fuerza colosal y crearon una honda preocupación a la clase dominante.

Todos estos acontecimientos, la radicalización de la clase obrera en su conjunto, el despertar de capas inertes de la sociedad y el giro a la izquierda de las capas medias, indicaban que la sociedad se dirigía a una etapa de agudización del enfrentamiento entre las clases. Sin embargo, la clase dominante consiguió impedir que la huelga se extendiera al sector privado, lo que hubiera llevado a una situación de insubordinación general con efectos políticos muy peligrosos para sus intereses. En esta tarea, el gobierno contó con la inestimable ayuda de las direcciones sindicales reformistas que siguieron la táctica de dividir el movimiento, movilizando a las distintas capas y sectores de la clase obrera para que entraran en acción en momentos diferentes. Si la clase obrera hubiera tenido en ese momento una dirección adecuada, una verdadera dirección revolucionaria, uniendo a todos los sectores y ligando las reivindicaciones sociales a la lucha contra el capitalismo, no se podría descartar un escenario prerrevolucionario.

A pesar de todo, el movimiento alcanzó tal magnitud que el gobierno Juppé tuvo que dar marcha atrás en sus ataques y dos años después la derecha consiguió la mayor derrota de su historia y la izquierda una victoria sin precedentes.

El fracaso del reformismo

La llegada al poder del gobierno de coalición del Partido Socialista Francés y el Partido Comunista Francés (PSF y PCF) encabezado por Jospin, generó enormes ilusiones entre los jóvenes y trabajadores franceses. Pero aceptar la lógica del capitalismo tiene sus consecuencias. El gobierno de Jospin hizo algunas reformas pero no cambió nada de lo fundamental. La reforma más sonada fue la ley de las 35 horas semanales, que aunque representó un tímido paso adelante para las condiciones laborales de los trabajadores, también incluía toda una serie de concesiones a los empresarios. Al final la ley quedó restringida prácticamente al sector público y a las grandes empresas privadas, afectando sólo a uno de cada tres trabajadores. Uno de los teóricos objetivos de esta ley era la reducción de la jornada laboral para repartir el empleo y de este modo aliviar el problema del paro, pero en la mayoría de los casos sólo sirvió para incrementar los ritmos de trabajo, produciendo lo mismo o más en menos tiempo y por menos salario.

Entre 1997 y 2001 Francia consiguió un crecimiento económico notable pero no repercutió en las condiciones de vida de los trabajadores, los años del gobierno Jospin se caracterizaron por la pérdida de empleo fijo a favor del empleo temporal y eventual con salarios más bajos. Además el gobierno de “izquierdas” siguió con las privatizaciones iniciadas por los anteriores gobiernos de derechas y privatizó más que los gobiernos de Balladur y Juppé juntos. No es de extrañar que finalmente el PSF y el PCF perdieran las elecciones y que el propio Lionel Jospin obtuviera una escandalosa derrota en las elecciones presidenciales de 2002 al no conseguir superar la primera vuelta.

2003: una derrota

que abrió la puerta

a ataques sin precedentes

Después de la derrota electoral de la izquierda, el gobierno de derechas encabezado por Raffarin inició una ofensiva brutal contra el nivel de vida y los derechos laborales y sociales de los trabajadores franceses, un ataque sin precedentes contra el estado del bienestar y los servicios públicos.

En la primavera de 2003 la clase obrera y la juventud francesas irrumpieron de nuevo en la lucha con movilizaciones contra la “reforma” de las pensiones y la “ley de descentralización” que abría la puerta a la gestión privada de los servicios municipales, de nuevo salieron a las calles más de dos millones de personas y más de cuatro millones fueron a la huelga. Sin embargo, el movimiento tuvo un carácter parcial y desigual. Después de semanas de lucha el movimiento acabó en derrota debido, una vez más, a la política de las direcciones sindicales, que se negaron a convocar una huelga general y no extendieron la lucha al sector privado.

La dirección nacional de la CFDT (de origen socialcristiano) traicionó abiertamente firmando un acuerdo con el gobierno el 15 de mayo, dos días después de que dos millones de personas salieran a las calles. Fue tan escandalosa la traición que incluso la dirección de su federación ferroviaria sólo se enteró por la radio de la firma del acuerdo. Muchas de sus federaciones abandonaron para irse a la CGT (de tradición comunista) dejando a la CFDT seriamente debilitada.

La dirección de Force Ouvrière (FO, con una dirección socialdemócrata y que agrupa a los sectores laborales peor remunerados y de las categorías laborales inferiores), se negó a convocar una huelga general. Y la CGT, que salió enormemente fortalecida, convirtiéndose en el sindicato más poderoso, agrupando a los sectores más combativos y conscientes de la clase obrera francesa, tampoco actuó como requería el movimiento, en todo momento fue a remolque de los trabajadores negándose también a la convocatoria de una huelga general y a la unificación de la lucha.

La derrota de 2003 abrió la puerta a toda una serie de ataques contra los derechos fundamentales de los trabajadores. Se aprobó la contrarreforma de las pensiones que aumentaba la edad de jubilación (de 62 a 65 años) y favorecía los planes de pensiones privados. Se modificó la ley laboral para facilitar el empeoramiento de las condiciones labores y la inseguridad en el empleo. Aprobó la “reforma” del subsidio de desempleo que el 1 de enero de 2004 dejó sin subsidio de la noche a la mañana a 800.000 parados (la tasa de paro actual supera el 10% de la población activa), continuó con la privatización de empresas públicas dejando tras de sí miles de despidos y entre otras cosas también aumentó la duración del contrato temporal hasta los cinco años.

Estancamiento económico

La fase de crecimiento económico iniciada en 1997 perdió ritmo en 2001 para finalmente llegar a una situación de estancamiento en 2002 (1,1%) y en 2003 (0,5%). En el 2004 consiguió recuperarse algo, creciendo un un 2,3%. El motor principal de ese repunte fue el aumento del consumo familiar, que subió un 2,3% (por encima del poder adquisitivo, que subió un 1,5%) contribuyendo en 1,2 puntos al crecimiento de la economía. Pero el aumento del consumo en ningún caso significa que las familias estén recibiendo más ingresos sino que están ahorrando menos: en el mismo período la tasa de ahorro familiar ha caído un 1,5%. Si los salarios no aumentan no podrá mantenerse el mismo ritmo de consumo.

A diferencia de Francia, Alemania también ha conseguido un ligero crecimiento económico, pero en su caso ha sido fruto del aumento de las exportaciones. El problema para Francia es que sus exportaciones siguen el ritmo descendente, su balanza comercial ha sido la peor desde 1991, después de tres años de superávit en 2004 tuvo un déficit de 7.765 millones de dólares, si el euro sigue revalorizándose y el dólar bajando este problema tiene difícil solución. La economía francesa ha mostrado más que signos evidentes de estar sufriendo una profunda crisis económica, los expertos económicos han bajado la perspectiva de crecimiento para este año. La previsión del Instituto de Estadísticas Nacionales es un crecimiento del 0,6% para el primer trimestre un 0,3% para el segundo, cifras insuficientes y que no resolverán ninguno de los problemas de la economía francesa.

Menos salarios

y más beneficios

Recientemente se conocieron los beneficios récord de las empresas que forman el CAC 40 (el índice de la bolsa de París), 57.000 millones de euros, un 64% más que en 2003. Pero los grandes beneficios no se traducen en más inversión, puestos de trabajo y salarios. Según demuestra un estudio de la Bolsa Cheuvreux las inversiones de las 45 primeras empresas francesas cayeron un 12% entre 2001 y 2004, los ingentes beneficios se han dedicado en su mayor parte al reparto de dividendos entre los accionistas, los dividendos han aumentado un 30% en los últimos tres años. Al mismo tiempo la tasa de desempleo supera por primera vez en años el 10%.

Todo esto se ha traducido en aumento de las desigualdades sociales y en una desigual distribución de la riqueza. Según el Observatoire des Inégalités: “El 10% más pobre recibe sólo el 2% de los ingresos totales, mientras que el 10% más rico recibe el 28%... El 10% más rico tiene el 46% de la riqueza nacional a su disposición, mientras que el 50% más pobre tiene menos del 10%”. Los salarios de los trabajadores caen (en el sector público han perdido un 5% de poder adquisitivo en 2004) mientras los altos ejecutivos se embolsan cifras escandalosas. El director de Danone en 2001 ganó 2,4 millones de euros después de cerrar 6 centros en Europa. El director de Sanofi-Synthélabo (segundo grupo farmacéutico francés) ganó 1,9 millones de euros, 150 veces más que el salario mínimo anual de un trabajador francés.

¿Cómo es posible que suban los beneficios si los capitalistas no aumentan las inversiones? El economista jefe de La Caisse des Dépôts, Patrick Artus, lo explica perfectamente: “Según nuestros estudios, la mitad del aumento de los beneficios proceden de la distorsión de la distribución de los ingresos, en beneficio del Capital y en detrimento del trabajo”, seguidamente cita el dato del aumento de la productividad de un 1,8% en 2004 mientras que los salarios reales sólo crecieron un 0,5%. Y continúa: “La otra mitad del aumento de los beneficios procede de la reducción de costes a través del traslado de la producción a otras zonas”. Muchas empresas están utilizando la amenaza de la deslocalización para chantajear a los trabajadores y obligarles a que acepten trabajar más y ganen menos (Bosch, Elextrolux, Doux...).

Los trabajadores

y los estudiantes entran de nuevo en acción

El año 2005 empezó de nuevo con movilizaciones de masas. Los trabajadores del sector público han pasado a la ofensiva y exigen recuperar el 5% de poder adquisitivo que han perdido estos últimos años. Además se oponen a las privatizaciones, el gobierno francés planea llevar adelante el plan de privatizaciones más grande de Europa, tiene previsto privatizar inmediatamente EDF (electricidad), GDF (gas), Sanef (autopistas), Areva (fábrica de reactores nucleares), correos, ferrocarriles y un largo etcétera, en total quiere recaudar 19.000 millones de euros, y de este modo aliviar el enorme déficit público francés (55.000 millones de euros, aunque el déficit acumulado se calcula que supera los 100.000 millones de euros).

Los trabajadores franceses ya saben que privatización equivale a despidos y no están dispuestos a seguir siendo el chivo expiatorio de los males del sistema capitalista. Durante el mes de enero se movilizaron prácticamente todos los trabajadores del sector público, una vez más las direcciones sindicales fragmentaron el movimiento para evitar una huelga general, aunque finalmente, ante la presión de los trabajadores, tuvieron que convocar manifestaciones el 5 de febrero para que pudieran manifestarse tanto el sector público como el privado (ver EM nº 180, La clase obrera francesa se moviliza contra los ataques del gobierno Raffarin), además de los estudiantes que en pleno período vacacional consiguieron reunir a 100.000 estudiantes en París para protestar contra la reforma educativa que incluye la famosa reválida, limitar el acceso a la universidad, etc.,

La postura de las direcciones sindicales es la negociación con el gobierno y los empresarios, pero es tal el descontento y el enfado entre los trabajadores que finalmente tuvieron que convocar una huelga general del sector público el 10 de marzo y volvió a salir a las calles casi un millón de personas. La convocatoria de la huelga fue iniciativa de las federaciones sindicales del sector público, al margen de las direcciones nacionales de sus respectivos sindicatos que no les quedó más remedio que apoyar y hacer un llamamiento al sector privado para que aquellos trabajadores “que quisieran” participaran en las manifestaciones.

Aunque oficialmente no se convocó huelga en el sector privado hubo cientos de empresas que quedaron paralizadas por la huelga espontánea de los trabajadores: Coca Cola, Exxon, L’Oréal, LU, Michelin, Nestlé, Renault, Rhodia, Rhône Poulenc, Sanofi-Aventis, Total, Yoplait, el sector metalúrgico y un largo etcétera, al día siguiente el periódico derechista Le Figaro resumía lo que había sido la huelga en su portada: “Francia paralizada”. También aparecieron encuestas que mostraban un apoyo del 66% de la población a la huelga.

Regresar a las condiciones laborales del siglo XIX

Los medios de comunicación informaron de la huelga porque coincidió con la visita de los miembros del COI a París e insistieron mucho en que el motivo de la huelga era la eliminación de la Ley Aubry (35 horas). Pero el ataque del gobierno Raffarin va mucho más lejos y debe ser una advertencia para el resto de los trabajadores europeos de lo que está por venir en este contexto de crisis del capitalismo.

El gobierno planea reformar el Código Laboral y ha propuesto una “reforma” de 50 puntos que de aplicarse supondría regresar a la explotación capitalista del siglo XIX y eliminar conquistas sociales conseguidas por la clase obrera durante cien años de luchas y sacrificios. Resulta significativo que el que ha redactado esta reforma sea el director de recursos humanos de Renault, está claro que esta “reforma” representa lo que quieren los capitalistas no sólo franceses, sino también del resto de Europa.

La nueva ley daría inmunidad patronal en caso de infracción laboral, subordina la ley al contrato individual, generaliza la flexibilidad laboral y la precariedad salarial. Anula la protección legal en caso de incapacidad física, suprime las obligaciones de los empresarios en caso de despido individual o colectivo, anula el salario mínimo interprofesional, a partir de ese momento el punto de referencia para negociar subidas salariales no sería el aumento del IPC sino la productividad del trabajador. Se sustituirán los comités de empresa y delegados sindicales por “comisiones de diálogo social” desprovistos de poderes de negociación con el empresario, el convenio colectivo se anula y cada empresario negociará con sus trabajadores y un largo etcétera de contrarreformas que supone dejar a los trabajadores a merced de la explotación empresarial.

Avanza el NO a la Constitución Europea

Los capitalistas europeos están alarmados por la situación en Francia y ante la posibilidad de que gane el NO en el referéndum sobre la Constitución Europea previsto para el próximo 29 de mayo. Ya se han publicado varias encuestas y en cada una de ellas gana el NO con una proporción cada vez más alta; la última hasta la fecha, publicada por el periódico Le Figaro, daba un 52% al NO. La postura ante el referéndum ha dividido completamente al PSF y la dirección ha amenazado con expulsar a todo aquel que se manifieste públicamente a favor del no, aunque hizo un referéndum entre sus militantes y salió a favor del SÍ, las encuestas demuestran que el 65% del electorado socialista está a favor del NO, la proporción más alta de todos los partidos políticos. Otro factor importante es que la CGT, el principal sindicato, ha pedido oficialmente el NO.

La preocupación de la burguesía francesa se reflejaba en un editorial de Le Monde: “Cada conflicto social contiene los gérmenes del rechazo, incluso del odio, a Europa. ¿Sube el paro? Europa. ¿Se cierra una planta de producción? Europa. ¿Se cierra una oficina de correos? Europa. ¿Se estancan los salarios? Europa. ¿Sube el coste de la vida? Europa”.

La clase dominante, desde sus medios de comunicación, ha pedido al gobierno que atrase por ahora sus “reformas” para no caldear más el ambiente y conseguir en las semanas que quedan hasta el referéndum cambiar esta tendencia. Le Monde, el principal periódico de la burguesía francesa, al día siguiente de la huelga general recomendaba al gobierno que aumentase en un 1% su oferta de subida salarial a los funcionarios y concluía: “a dos meses y medio de un importante referéndum sobre la Constitución Europea, Chirac no puede seguir completamente insensible a las demandas sociales”. El gobierno por ahora parece haber hecho caso, no en conceder las reivindicaciones de los trabajadores, sino en retrasar todos los puntos conflictos que pueden provocar un estallido social. Por ahora ha atrasado la negociación sobre el Código Laboral para el 15 de junio intentando así calmar los ánimos, con la esperanza de conseguir un SÍ en el referéndum.

El mismo editorial de Le Monde del día siguiente a la huelga resumía perfectamente la situación y el papel de las direcciones sindicales: “El gobierno es afortunado por que la respuesta de los sindicatos ha sido responsable... han conseguido controlar el descontento social con un día de acción multisectorial, así lo pueden controlar mejor que con el estallido de huelgas ‘salvajes’ y ‘espontáneas”.

La crisis que afecta al capitalismo europeo y mundial es muy dura. En todos los países los trabajadores nos enfrentamos a los mismos problemas, recortes, privatizaciones, ataques a nuestras conquistas sociales y derechos laborales. Los capitalistas y los dirigentes reformistas nos cuentan las maravillas de la “construcción europea”, pero esa cortina de humo para encubrir contrarreformas y ataques a los trabajadores es cada vez más ineficaz. Eso es lo que detrás del rechazo de los trabajadores franceses a la Constitución Europea.

El gobierno y los capitalistas franceses sólo han hecho una retirada táctica, el sistema necesita estas “contrarreformas” para su propia supervivencia y por esa razón una vez pasado el trámite del referéndum volverán al ataque. Los trabajadores franceses han pasado a la ofensiva y no están dispuestos a aceptar más sacrificios para enriquecer a una pequeña minoría. Empezando por Francia, todo está preparado para un nuevo estallido de la lucha de clases y para que el fantasma de la revolución vuelva a recorrer la “vieja” y “tranquila” Europa, poniendo fin, de una vez por todas, a la utopía reformista de la “paz social”.


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