¡La clase obrera tiene la fuerza para barrer a los mulás!

Desde hace un mes el levantamiento de la juventud y la clase trabajadora iraníes contra la dictadura de los mulás se extiende de forma imparable a pesar de la dureza y la crueldad de la represión.

Estamos ante el mayor levantamiento popular en los 43 años de república islámica, ese régimen que aplastó la revolución de 1978-79, destruyó las enormes conquistas conseguidas por la clase obrera y los campesinos sin tierra, asesinó masivamente a los militantes de la izquierda, condenó a las mujeres a una opresión infame e implantó una feroz dictadura capitalista revestida con los ropajes de la jerarquía chií.

La entrada en la lucha de los trabajadores de la industria de los hidrocarburos el pasado lunes 10 de octubre, marca un cambio cualitativo en la situación. La perspectiva de una crisis revolucionaria en Irán aparece ya en el horizonte. La clave será la acción de la clase obrera iraní como fuerza independiente y dotada de sus propios órganos de lucha y organización. La experiencia de las “shuras” (consejos obreros) en la revolución de 1979 contra el sha ofrece valiosas lecciones para que esta vez la movilización en ascenso no sea descarrilada y culmine en una victoria que no se detendrá dentro de sus fronteras.

La pobreza ahoga a la población trabajadora mientras el régimen endurece la represión

La última década y media ha sido muy dura para las masas de Irán. La expansión económica de los últimos años, notable en sectores intensivos en tecnología, se ha hecho a costa del empobrecimiento generalizado de las familias trabajadoras. Desde 2005 los salarios reales han caído en un 30% en las ciudades y casi un 50% en el campo. El brusco ascenso de la inflación a partir de 2021 y la retirada en los primeros meses de este año de los subsidios a la importación de alimentos básicos, han condenado al 80% de la población a una situación de pobreza.

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La entrada en la lucha de los trabajadores de la industria de los hidrocarburos el pasado lunes 10 de octubre, marca un cambio cualitativo en la situación. 


Desde 2017 a 2019 Irán vivió una oleada de protestas masivas por la subida del precio de los combustibles. La respuesta del régimen fue la represión más salvaje, que culminó con el Noviembre Sangriento de 2019. La irrupción de la pandemia impuso una tregua forzosa que el régimen aprovechó para cerrar filas y poner a punto su aparato represivo, que, con más de 400.000 efectivos en el ejército, 150.000 en la Guardia Revolucionaria y 100.000 en la odiada milicia Basij, está preparado para ahogar en sangre cualquier intento de rebelión popular.

La elección en agosto de 2021 de Ebrahim Raisi como nuevo presidente es una buena muestra del giro represivo del régimen. Raisi fue uno de los responsables directos de la matanza de más de 30.000 presos políticos de izquierda en 1988 y su nombramiento debe considerarse como una advertencia a la población de que la teocracia de los mulás resistirá con uñas y dientes cualquier desafió serio a su poder totalitario.

Como ya ocurrió en el pasado, cada vez que el régimen se siente amenazado endurece sus medidas represivas contra las mujeres. Hace pocos meses se proclamaron nuevas leyes, recogidas en el Plan para Extender la Castidad, que hacen aún más estricto el código de vestimenta femenino y que limita y reglamenta todavía más el comportamiento de las mujeres en la esfera pública. Fueron precisamente dos actos criminales de la policía contra dos mujeres jóvenes (una violada y otra apaleada hasta la muerte) los que sirvieron de chispa para hacer estallar la enorme rabia acumulada durante mucho tiempo por la juventud iraní.

Esta rabia, que no se amedrenta frente a una represión que ya ha costado cientos de muertos, es un claro indicador de que las y los jóvenes de Irán han cortado radicalmente con el régimen, que a sus ojos es abiertamente ilegítimo. Esta deslegitimación de la dictadura religiosa tendrá importantes consecuencias en el futuro y contribuirá a la rápida politización de las luchas salariales, como ya estamos viendo entre los trabajadores del petróleo y el gas.

Las protestas de los últimos años no solo han erosionado la autoridad del régimen, también han acabado con el papel de cauce para el malestar social que desempeñaba el llamado sector “reformista” del Gobierno. Esta capa de funcionarios, que entre 1997 y 2005 tuvo en sus manos la presidencia del país, se demostró inútil para contener la protesta social y, sobre todo, para evitar que se dirigiese contra los pilares de la dictadura.

Una dictadura capitalista estratégicamente vinculada al imperialismo chino

La contrarrevolución protagonizada por los mulás a partir de 1979 tuvo como objetivo central salvar al capitalismo iraní ante la crisis revolucionaria abierta tras la caída del sha, al tiempo que reforzaba su independencia frente al imperialismo norteamericano y británico.

El carácter retrógrado del régimen de los mulás no fue un obstáculo para que impulsaran un notable desarrollo industrial a partir de los años 90, tras finalizar los ocho años de guerra con Iraq. A partir de 1997, la inversión pública masiva en sectores de tecnología punta y vinculada a la defensa, con un crecimiento anual medio del 16%, cambió la faz del país y convirtió a Irán en una potencia imperialista regional, capaz de exportar capital a numerosos países excoloniales y de intervenir decisivamente en los acontecimientos políticos del Oriente Medio, especialmente en Siria, Iraq, Líbano o Yemen, que en gran medida se comportan como sus satélites.

Este desarrollo fue resultado también de la alianza estratégica que la burguesía iraní estableció progresivamente con el capitalismo de Estado chino, que facilitó a Irán recursos tecnológicos que le permitieron superar las sanciones económicas impuestas por Estados Unidos y el imperialismo occidental y convertirse en un país puntero en aeronáutica o nanotecnologías.

Al tiempo que desarrollaban y modernizaban la industria, el régimen reforzó el poder económico de sus instituciones. Gran parte de las inversiones industriales y tecnológicas se canalizaron a través de empresas del ejército, de la Guardia Revolucionaria y de las fundaciones religiosas (bonyads) administradas por la jerarquía chií. Estas fundaciones, por ejemplo, administran una red de empresas que controla el 20% de la economía y emplea a más de cinco millones de trabajadores.

A finales de la década de los 90 el Gobierno iraní inició una política de privatizaciones, que recibió un fuerte impulso a partir de 2006. Gracias a ello un buen número de jefes militares y de la Guardia Revolucionaria, así como lo más selecto de la jerarquía chií, se convirtieron en grandes empresarios multimillonarios, varios de los cuales aparecen en la lista Forbes de las personas más ricas del planeta. Las privatizaciones sirvieron también para estrechar los vínculos del régimen con la burguesía comercial iraní, coloquialmente conocida como el bazaar, que hoy está prácticamente fusionada con el poder clerical.

Esta fusión del régimen de los mulás con la burguesía iraní, unida a la solidez de su alianza con China y Rusia, explican la cohesión interna del régimen y la ausencia de grietas llamativas en la clase dominante, a diferencia de las que surgieron a finales de los años 70 precipitando la caída de la dictadura del sha.

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La burguesía comercial iraní, coloquialmente conocida como el bazaar, hoy está prácticamente fusionada con el poder clerical. 


Pero, aunque esa cohesión interna pueda favorecer la continuidad del régimen a corto y medio plazo, no podrá evitar que la lucha de clases siga profundizándose. Como se está demostrando ahora, el recurso a la represión más despiadada no es suficiente.

Las lecciones de la revolución de 1978-79

La rebelión contra el sha en 1978-79 condujo a Irán a la revolución socialista. Hoy, con un desarrollo industrial mucho más intenso, con una clase obrera y una juventud que cuenta con un nivel educativo incomparablemente mayor e inmersos en una nueva crisis del capitalismo mundial, las condiciones para la revolución iraní y la toma del poder por su clase obrera son más favorables que nunca. Pero la victoria no está garantizada, y por ello es fundamental extraer las lecciones de la grave derrota de 1979 e identificar los errores de la izquierda que la facilitaron.

A finales de la década de los 70 del siglo pasado Irán sufría la dictadura despiadada del sha Reza Palevi, que contaba con el incondicional apoyo político y militar del imperialismo norteamericano desde que, en 1953, el sha, asesorado por la CIA, encabezó un golpe de Estado contra el primer ministro Mohamed Mosaddeq, un político burgués que había osado nacionalizar el petróleo.

La represión brutal de la policía política del sha, la tristemente célebre Savak, no pudo evitar que las huelgas económicas y las protestas de los campesinos sin tierra se radicalizaran hasta el punto de desembocar en un auténtico levantamiento popular en 1978.

Al mismo tiempo, en varias de las naciones oprimidas por el régimen, principalmente en Baluchistán, en el Kurdistán y Azerbaiyán iranies y en Juzestán, la población se levantó en armas y liberó zonas importantes de estos territorios en los que el ejército iraní no conseguía entrar.

La clase dominante, aterrorizada, impulsó un golpe palaciego contra el sha, que fue depuesto en enero de 1979. Pero ya era demasiado tarde. Los campesinos empezaron a ocupar las tierras de los grandes latifundistas y los obreros industriales a ocupar las empresas y a organizar la producción a través de sus consejos (“shuras”). La población de los barrios pobres de las grandes ciudades se organizó en comités vecinales para asegurarse los medios necesarios para una vida digna.

En apenas quince días el nuevo Gobierno burgués se vio completamente desbordado, y fue entonces cuando, con la colaboración del Gobierno francés, decidió jugar su última carta: la de recurrir al imán Jomeini y a la jerarquía chií en un intento desesperado para frenar la revolución.

Jomeini cumplió a la perfección su papel y, apoyándose en el odio popular al imperialismo norteamericano, consiguió frenar el proceso revolucionario. La guerra desencadenada por Iraq, con el apoyo de Estados Unidos y las monarquías del Golfo, creó las condiciones adecuadas para que el proceso revolucionario se revirtiera completamente y se convirtiese en una abierta contrarrevolución capitalista envuelta en la bandera del integrismo.

Pero nada de esto hubiera sido posible si la izquierda iraní no hubiese cometido enormes errores, que la dejaron impotente ante la contrarrevolución burguesa.

El más grave de ellos, compartido tanto por el Tudeh (el Partido Comunista iraní) como por los Fedayin (maoístas con una fuerte base estudiantil y campesina) y los Muyahiddin-e-Jalq (una amalgama de marxismo e islamismo), fue la concepción etapista de la revolución. Siguiendo la estrategia de colaboración de clases establecida por el estalinismo en los años 30, estos grupos consideraban que en Irán aún no había llegado el momento de la revolución socialista. La clase obrera tenía que esperar pacientemente a que la burguesía iraní culminase una supuesta revolución “nacional y democrática” que desarrollaría plenamente el capitalismo, poniendo en marcha reformas constitucionales y parlamentarias que brindarían los máximos derechos para la clase obrera y los campesinos sin tierra. Esta etapa de democracia burguesa abriría, en algún momento futuro e indeterminado, el camino a una transición gradual al socialismo gracias a la fuerza numérica de los trabajadores y al fortalecimiento de sus organizaciones.

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La revolución iraní de 1978-79 podría haber culminado con el triunfo del socialismo, sin los enormes errores cometidos por la izquierda. Foto: 8 de marzo de 1979, manifestación contra la obligación de usar el hiyab. 


En consecuencia, la izquierda estalinista, que tenía la influencia decisiva entre la clase obrera y la juventud iraníes, apoyó al imán Jomeini y sus Gobiernos. El Tudeh, incluso, participó en el Gobierno de Jomeini hasta 1982, a pesar de que ya era evidente su carácter abiertamente contrarrevolucionario.

Uno de los primeros objetivos de la contrarrevolución islámica fue desmantelar las “shuras” en nombre de la paz social y la colaboración entre empresarios y trabajadores. El Tudeh colaboró en este desmantelamiento y en devolver a sus propietarios las fábricas ocupadas. Su “recompensa” fue una campaña de detenciones masivas a partir de 1983 y el asesinato de decenas de miles de sus militantes.

Cuando ya en 1979 la contrarrevolución arremetió contra los derechos de las mujeres e impuso, entre otras muchas medidas opresivas, el velo obligatorio, las organizaciones de la izquierda iraní secundaron la medida. Según lo que explicaban en aquel momento, el velo era una medida “antiimperialista” y, supuestamente, solo las mujeres de la burguesía y las clases medias se negaban a aceptarlo. Las mujeres dirigentes de la izquierda no dudaron en ponerse el velo y en promover la aceptación sumisa a las medidas opresivas del régimen contra la mujer. El resultado fue que el apoyo a la izquierda entre el amplísimo sector de mujeres iraníes ya emancipadas de prejuicios religiosos disminuyó drásticamente, y el desconcierto y la desmoralización resultante fue aprovechado por la jerarquía religiosa para establecer un amplio abanico de medidas que condenaron a las mujeres iraníes a un papel subordinado.

Por último, la izquierda iraní no comprendió el papel progresista y revolucionario de las luchas por la liberación nacional de los pueblos oprimidos bajo el régimen del sha. De acuerdo con su concepción etapista, la izquierda estalinista consideraba que los movimientos de liberación nacional, aunque progresistas, deberían esperar pacientemente a la culminación de la famosa revolución “democrático-nacional”. El resultado de esta política fue contribuir al aplastamiento de los pueblos baluchi, kurdo, azerbaiyano y árabe y creó un abismo de desconfianza entre las naciones oprimidas y las masas iraníes que pervive hasta el día de hoy.

Hacia la revolución socialista

El evidente agotamiento del régimen de los mulás, y la decisión de la clase dominante iraní de mantenerlo a toda costa, plantean la perspectiva de una crisis revolucionaria que se desarrollará de manera tortuosa y contradictoria.

Igual que en la revolución de 1978-79, la decisión de las masas obreras y campesinas de romper con la situación de miseria a la que se ven condenados, la voluntad de emancipación de las naciones oprimidas, y la rebelión de las mujeres y la juventud, que no soportan ni un minuto más la brutal condena a la que las somete el régimen, auguran una mayor extensión y radicalización de las protestas. Como ocurrió en 1978-79, ese choque entre las clases conducirá directamente a poner en el orden del día la cuestión del poder.

Por supuesto, el triunfo la revolución no está garantizado y encuentra en su camino importantes obstáculos. El mayor de ellos es la debilidad política de la izquierda revolucionaria, mientras que las formaciones de origen estalinista siguen atadas a sus concepciones etapistas, buscando a esa quimérica “burguesía nacional y democrática” llamada a culminar la primera fase de la revolución.

Tampoco hay que minusvalorar el riesgo de las injerencias y maniobras del imperialismo occidental. Bien directamente, como en el caso de los kurdos, o bien a través de Arabia Saudí y las monarquías del Golfo, como en el caso de Juzestán, el imperialismo está tendiendo puentes con los círculos dirigentes de los movimientos nacionalistas, con vistas a utilizarlos contra un posible estallido revolucionario en Irán.

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En Irán se abren grandes posibilidades para el desarrollo de una izquierda revolucionaria. 


Frente a estos peligros, el reforzamiento de las organizaciones independientes de la clase obrera, entre los que destacan el Consejo Organizador de Trabajadores de las Contratas del Petróleo y el Consejo Coordinador de Sindicatos de Profesores, así como otras organizaciones obreras creadas en los últimos años y que, a pesar de la dura represión, han protagonizado importantes luchas, como el Sindicato de Conductores de Autobús de Teherán, el Sindicato de Trabajadores del Azúcar de Haft-Tappeh o el Sindicato de Metalúrgicos de Ahwaz, indican que la clase obrera está más preparada para jugar un papel independiente en esta crisis política. 

La respuesta represiva del régimen ya está acelerando la politización de las luchas sindicales y contra la carestía, y la conciencia y la autoorganización de amplios sectores de la clase trabajadora va a dar un salto hacia adelante. En Irán se abren grandes posibilidades para el desarrollo de una izquierda revolucionaria que, armada con el programa del socialismo para derrocar al régimen, sea capaz de unificar las demandas inmediatas de la clase trabajadora, la determinación de la juventud y las mujeres iraníes, y las luchas de los pueblos y naciones oprimidas por la dictadura.


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